Lo que me quedó

CAPITULO 18?

Desperté antes que él.

La casa estaba en silencio, envuelta en esa calma que se espera unsábados por la mañana, cuando el mundo parece suspenderse por unas horas. No había alarmas, ni prisas, ni obligaciones esperándome del otro lado de la puerta. Solo él. Solo nosotros.

Alexander dormía boca arriba, con el ceño relajado. Me giré de lado para observarlo mejor. Siempre me había gustado verlo así.

Levanté la mano despacio, con miedo de despertarlo, y con la yema de los dedos rocé el borde de su boca.

Ese contacto me arrastró a otro tiempo.

Recordé cuando éramos más jóvenes, cuando él iba a verme a escondidas después de mis clases. Caminábamos tomados de la mano, y yo sentía cómo la suya me envolvía con fuerza, firme, como si al hacerlo me prometiera que nada podía pasarme mientras estuviera a su lado. Mis padres siempre exigían perfección: buenas notas, buena conducta, buena imagen. Pero él… él era el lugar donde podía soltar el aire que llevaba retenido todo el día.

Cuando me abrazaba, no tenía que explicar nada.
Cuando me besaba la frente, me sentía suficiente.
Cuando me decía que todo iba a estar bien, yo le creía.

Él siempre estaba ahí cuando más lo necesitaba. Y ese recuerdo me apretó el pecho con una mezcla de nostalgia y certeza.

Lo amo.

Nunca dejé de hacerlo.
Nunca dejaré de hacerlo.

Me sacó de mis pensamientos cuando se remueve ligeramente y abre sus ojos. Tarda un segundo en enfocarme, pero cuando lo hizo, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Buenos días —murmuró, con la voz aún cargada de sueño.

—Buenos días —respondí en el mismo tono.

Se estiró un poco y levantó la mano para apartarme un mechón de cabello, colocándolo detrás de mi oreja con un gesto suave, cuidadoso. Luego se acercó despacio y me besó. No fue un beso apresurado ni demandante. Fue lento, deliberado, como si quisiera tomarse su tiempo conmigo.

Cuando se separó, me miró con algo que siempre me desarmaba: adoración. Y yo amaba eso de él. Amaba sentirme vista, deseada, elegida.

—Te ves tranquila —dijo en voz baja.

—Lo estoy —respondí, y por una vez no sentí que fuera mentira.

Se quedó mirándome unos segundos más, como si guardara esa imagen en algún lugar interno de su cabeza, y luego se incorporó.

—Voy al baño —anunció, dándome un beso corto en la frente antes de levantarse.

Yo me quedé en la cama, ordenando las sábanas, alisándolas con cuidado. Escuché el sonido del agua, y poco después lo vi salir del baño, cepillándose los dientes, el cabello aún mojado, con solo una toalla alrededor de la cintura.

Lo miré. Tragué saliva sin darme cuenta.

Él lo notó de inmediato.

Sonrió.

Se sacó el cepillo de la boca y habló con las palabras aún algo torpes:

—Mis padres van a venir a almorzar hoy.

Todo lo que estaba sintiendo se evaporó en un segundo.

—¿Qué? —pregunté, incrédula.

—Lo que oíste —repitió con tranquilidad—. Vendrán. Almorzaremos juntos. Tú y yo vamos a cocinar.

Volvió al baño a enjuagarse la boca, dejándome sola con la noticia. Sentí el estómago cerrarse. No estaba preparada. No así, no de repente.

Regresó y, sin darme tiempo a decir nada, me tomó de la cintura y me acercó a él. Su cercanía era envolvente, dominante.

—Espero que te comportes —dijo en voz baja, pero firme—. No quiero tener que castigarte como la última vez.

Negué con la cabeza de inmediato, el nudo en la garganta haciéndose presente.

—No me gusta cuando no respondes con palabras —añadió, mirándome fijo.

—Me comportaré —dije rápido—. Lo prometo.

Sonrió de medio lado.

—Así está bien —dijo—. Tienes que aprender a escucharte para saber cómo comportarte.

—Sí —respondí.

Me besó de nuevo, esta vez con más intensidad. Sus manos bajaron por mi espalda, y yo correspondí sin pensar, aferrándome a él. Pero de pronto me soltó.

—No ahora —dijo—. No podemos entretenernos. Hay mucho que hacer.

Se alejó, fue hacia los cajones, dejó caer la toalla y comenzó a vestirse sin pudor, completamente consciente de que lo estaba mirando. Cuando terminó, se giró hacia mí con una sonrisa satisfecha.

—Luego seré todo tuyo —dijo—. No te demores.

Me dio un beso corto, casi una promesa, y salió rumbo a la cocina.

Yo me quedé ahí unos segundos más, intentando recomponerme, con una sola idea girando en mi cabeza:
Sus padres vienen.

Suspiré hondo y finalmente fui al baño para asearme, preparándome para un día que, lo sabía, no iba a ser sencillo.

La calma de la mañana ya había empezado a tensarse.

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Terminé de vestirme despacio, alisando la tela del vestido con las manos como si ese gesto pudiera ordenarme por dentro y darme algo de calma. Respiré hondo antes de salir del cuarto. Cuando llegué al comedor, Alexander ya estaba ahí, sirviéndose café.

—¿Qué tal estuvo tu noche preciosa? —me preguntó sin levantar del todo la mirada.

—Mejor de lo que pensé —respondí—. ¿Y tú?

—Como un tronco —sonrió—. Ven, siéntate.

Desayunamos juntos. Hablamos de cosas simples, casi banales. Del clima, de una serie que él estaba viendo, de una tontería que había pasado en el trabajo la semana anterior. Reímos. En un momento me manchó con mermelada a propósito y yo le devolví el gesto con una servilleta.

—Eres imposible —le dije entre risas.

—Y aun así me amas —respondió, guiñándome un ojo.

Después del desayuno empezamos a arreglar la casa. Él pasó la aspiradora mientras yo limpiaba superficies. En algún punto me robó el trapo y salió corriendo por el pasillo.

—¡Alexander! —reclamé—. Dámelo.

—Ven por él —respondió riendo.

Lo alcancé en la sala, y por un segundo todo fue ligero, casi normal. Me rodeó por detrás, apoyó el mentón en mi hombro.

—Me gustas así —dijo—. Tranquila.



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En el texto hay: amortoxico, abusos, violencia abuso

Editado: 03.01.2026

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