Lo que me quedó

CAPITULO 20?

"La amaba del modo en que se ama lo que se posee".

-------------------------------------------------------------------------

Despierto en la madrugada

Mi cuerpo se siente pesado. Escucho sonidos. Jadeos?. Todo está borroso. No puedo enfocar. No puedo moverme.

Siento peso. Ritmo. Una presión que no comprendo.

¿Estoy soñando?

Intento levantar una mano. No responde. Intento hablar. No sale nada. Mi mente va más rápido que mi cuerpo, o tal vez es al revés. Veo una silueta sobre mí. Reconozco el contorno, la forma familiar de su cuerpo, su respiración agitada. Es Alexander.

No siento placer. No siento dolor. No siento nada.

Solo escucho su respiración, su voz entrecortada, como si estuviera muy lejos. Como si yo no estuviera ahí del todo.

Esto no puede estar pasando.

O sí?

La pregunta se repite como un eco constante: ¿esto es real o es un sueño?

Cierro los ojos con fuerza, como si así pudiera desaparecer. Como si bastara con no mirar para que deje de existir. El mundo se vuelve negro otra vez, espeso, sin bordes. Me dejo guiar….

-----------------------------------------------------------------------------

Cuando despierto de nuevo, la luz entra por la ventana.

Es de mañana.

Todo está en silencio.

Abro los ojos despacio. Mi corazón late rápido. Miro alrededor. Todo está en su lugar. Las paredes claras. Me incorporo con cuidado.

Tengo ropa puesta. Nada pasó

Fue un sueño.

Paso una mano por mis brazos, por mi abdomen, como comprobando cualquier cosa. Todo parece normal.

Alexander no está.

Sobre la mesa de noche hay una nota. La reconozco incluso antes de leerla. Su letra.

“Me llamaron temprano, amor. Tenían una reunión y querían que estuviera presente desde primera hora. Te recojo después de clases. Pórtate bien, ¿sí?”

“PD: Qué rico verte así de fresca anoche. Espero que haya muchas noches más como la de ayer. Me fascinas, preciosa. Te amo.”

Dejo la nota donde estaba.

Anoche.

La palabra pesa.

Las imágenes vuelven, no todas juntas, sino en fragmentos desordenados. Risas. Música. El humo. Las luces. Las miradas. El cuerpo moviéndose casi solo. El alcohol. El cigarrillo entre mis dedos. El pasillo. Una puerta cerrándose.

Mi estómago se contrae.

Alexander decía que le encantó cómo estaba.

¿Me gustó a mí?

¿Estuve bien?

Me abrazo a mí misma. Él parecía cómodo. Relajado. Yo… yo no sé cómo estaba. Solo recuerdo haber intentado adaptarme. Encajar. No ser la rara. No arruinar el ambiente.

¿Así se siente bien?

Me levanto despacio. El mundo se inclina apenas. Camino unos pasos y una náusea violenta me dobla por la mitad. Me llevo una mano a la boca justo a tiempo.

Corro al baño.

El vómito sale sin parar. Me aferro al borde del inodoro, temblando. Me arden los ojos. Me cuesta respirar.

Cuando termina, me quedo ahí un momento, agotada.

Me incorporo despacio y me lavo la boca. El agua fría me despierta del todo. Levanto la mirada y me encuentro conmigo misma en el espejo.

Mis ojos están apagados. Mi rostro pálido. Hay algo en mi expresión que no estaba antes.

Me observo en silencio.

Y por primera vez, una pregunta se instala sin pedir permiso, pesada, incómoda, imposible de ignorar:

Si todo estuvo bien… ¿por qué me siento así?

El reflejo no responde. Y yo tampoco sé la respuesta.

Me aseguro de cerrar bien la puerta del baño antes de salir. Me visto con ropa cómoda: jeans sueltos, una polera amplia, sandalias. Nada que apriete.

Paso por el cuarto y tomo la mochila. Pienso en comer algo suave, cualquier cosa que no revuelva más mi estómago. Camino hacia la cocina todavía con la sensación de tener la cabeza envuelta en algodón, cuando el timbre suena.

Me detengo en seco.

Miro el reloj que cuelga en la pared: 8:15 a. m.
Todavía tengo tiempo. Mi primera clase empieza a las 10:30.

Voy hasta la puerta.

Al abrirla, el nudo se me sube directo a la garganta.

—Hola, buenos días, querida. ¿Cómo estás? —dice la mujer frente a mí con una sonrisa amplia—. Es un gusto. Mi nombre es Gloria. No quería quitarte mucho tiempo, solo unas palabras de aliento para este día. Soy una servidora de nuestro Señor Jesucristo.

Parpadeo.

¿Servidora del Señor?

—¿Servidora… del Señor? —la interrumpo, cruzándome de brazos.

La mujer no se inmuta. Al contrario, su sonrisa se suaviza aún más, como si mi reacción ya estuviera prevista.

—Sí, mi niña —responde con dulzura—. Soy una servidora del Señor. Mi objetivo es predicar Su palabra y brindar ayuda a quienes lo necesiten. Hoy en día hay muchas situaciones que pueden hacernos sentir mal, confundidos, perdidos… y nuestro Señor es un Dios bueno, benevolente. Él rescata, sana, y da segundas oportunidades al caído.

Siento cómo algo me arde en el pecho.

—A ver, a ver, señora… —la interrumpo ahora yo, más brusca de lo que planeaba—. En primer lugar, sí, es tal como dijo, me está interrumpiendo. Y en segundo lugar, no quiero saber nada sobre el Señor, ni sobre segundas oportunidades, ni sobre rescates divinos. Le pido muy amablemente que se retire y vaya a predicarle a alguien más.

El silencio que sigue es incómodo.

Ella me observa con atención. No parece ofendida. No parece molesta. Eso me incomoda aún más.

—Está bien, mi niña —dice al final, con la misma sonrisa serena—. No te preocupes. Entiendo. Solo quería dejarte este folletito… —extiende la mano—. Cuando tengas algo de tiempo, puedes leerlo. ¿Sí? Que tengas un grato día.

No respondo.



#348 en Joven Adulto
#510 en Detective
#415 en Novela negra

En el texto hay: amortoxico, abusos, violencia abuso

Editado: 23.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.