La oscuridad no te arrastra, te seduce; te ofrece migajas de calma, te enseña a respirar dentro de ella, hasta que olvidas cómo era vivir en la luz.
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No sé dónde estoy.
O tal vez sí, pero mi mente se niega a darle forma. Todo es oscuro, pesado. No puedo abrir los ojos me siento atrapada dentro de mí, escuchando todo lo que ocurre a mi alrededor.
Hay ruido. Mucho ruido.
Voces superpuestas, pasos apresurados, algo que cae, algo que se rompe. Gritos. No son gritos de dolor exactamente, son gritos cargados de furia, de órdenes, de urgencia. Voces masculinas. Todas suenan iguales al principio, hasta que una se impone sobre las demás.
—No me interesa lo que pase con ella —grita esa voz—. No me importan las consecuencias. Solo haz lo que te ordené.
Siento un escalofrío recorrerme el cuerpo, aunque no puedo moverme. Esa voz... no la veo, pero la siento cerca, demasiado cerca, como si no hablara solo al aire, sino directamente dentro de mi cabeza.
Otra voz responde. Esta es distinta. Más baja.
—Esto está mal. No es así como se hacen las cosas. No es la manera correcta. Piénsalo...
—No —interrumpe la primera con violencia—. Las cosas serán como yo diga. Como yo disponga.
Hay un silencio breve. Denso. Casi puedo oír cómo la otra persona traga saliva.
—Está bien... está bien, lo haré —dice al fin—. Pero no estoy de acuerdo con nada de esto. Cuando termine, me iré. No quiero ser parte de esto.
Una tercera voz aparece
—Puedes irte a donde quieras después. Pero haz lo que se te ordenó.
Mi pecho se aprieta. Quiero abrir los ojos. Quiero moverme. Quiero gritar que yo despierta, que puedo oírlos. Pero mi cuerpo no responde.
Entonces escucho esa misma voz
—Lo siento... perdón —dice—. No quería que fuera así.
Esa voz está cargada de frustración, de culpa. Quiero verla. Quiero saber quién es. Intento abrir los ojos con todas mis fuerzas, pero no lo logró. Solo escucho cómo repite "perdón" una y otra vez
De pronto, todo se apaga.
Silencio.
Todo cambia.
Ahora hay música. Muy fuerte. Escucho distintas voces, carcajadas, gritos eufóricos. Risas de hombres. Risas de mujeres. El aire es espeso, cargado de un olor dulzón y amargo que me raspa la garganta aunque no lo esté respirando del todo.
Y entonces... abro los ojos.
Estoy de pie en un pasillo estrecho. Oscuro. Las paredes parecen cerrarse a mi alrededor. No sé cómo llegué ahí. No sé por qué estoy ahí. No hay puertas a los lados. Solo una, al fondo. Una sola salida. O entrada. No lo sé.
Camino hacia ella.
Cada paso se siente como si avanzara contra algo invisible. Mi cabeza grita que no lo haga. Que no avance. Que me vaya. Pero mis pies siguen moviéndose
Llego a la puerta.
Pongo la mano en la manilla.
Mi mente grita con más fuerza ahora. No abras. No mires. No entres.
Pero la curiosidad, o algo más oscuro, gana.
Abro apenas.
Lo que veo no tiene forma clara, pero lo entiendo igual. Entiendo la violencia. Entiendo el desequilibrio. Entiendo que alguien no quiere estar ahí, que alguien está siendo reducido como si fuera un objeto. Es una chica esta sobre sus rodillas, en una posición sexual muy sugerente, mientras es embestida con demasiada violencia, solo logro ver a alguien, un hombre de espaldas a la puerta, esta ausento en el frenesí del momento, que golpea con mucha fuerza a quien está sometiendo.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Quiero entrar. Quiero ayudar. Quiero detenerlo.
Cuando estoy a punto de hacerlo, un brazo me rodea desde atrás. Una mano tapa mi boca. Otra se enreda en el nacimiento de mi cabello y tira con fuerza, obligándome a quedarme quieta. El pánico me atraviesa como una descarga eléctrica. Me retuerzo, intento soltarme, pero es inútil. Esa persona es más fuerte.
Su boca se acerca a mi oído.
—Hay cosas que es mejor no saber —susurra, no logro reconocer su voz, esta distorcionada—. Es más fácil vivir en la ignorancia que abrir los ojos y descubrir que todo ha sido una mentira.
Mis ojos se abren de par en par. El terror se mezcla con una claridad dolorosa. Quiero gritar. Quiero negar. Quiero despertar.
Siento algo húmedo en mi mejilla (su lengua), un gesto invasivo, asqueroso, deliberado. Mi estómago se revuelve. Mi cuerpo entra en pánico absoluto.
No puedo moverme.
No puedo hablar.
No puedo huir.
Y entonces...
Despierto.
Me incorporo de golpe, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse. El aire entra de forma irregular en mis pulmones. Mis manos tiemblan. Mi piel está fría. Todo mi cuerpo se siente mal, como si hubiera corrido durante horas sin moverme del lugar.
Estoy en la cama.
En mi cama.
Pero la sensación no se va. Trato de limpiarme el sudor, pero noto que mis manos están amarradas a los barrotes de la cama. Alexander, giro mi rostro y lo veo, el yace dormido a mi lado de espaldas con solo un bóxer puesto.
Mis ojos no pueden dejar de verlo en esa posición...cuando de un momento a otro mi mente vuelve a traer a memoria con brusquedad, todo lo que soñé...Voces, gritos, risas, pasillo, puerta, espalda....La espalda de Alexander se parece a la espalda que vi en mi sueño...Sueño? Recuerdo? ....que fue eso, no sé si fue algo que mi mente inventó... o es como si algo quisiera volver a regresar, porque es así como se siente....