Lo que me quedó

CAPITULO 24?

Él no la rescató del fuego; él fue quien encendió la cerilla para que ella corriera a sus brazos.

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Estoy borracha.

No de esa borrachera torpe que hace reír, ni de la que tumba. Es una borrachera rara, traicionera, una en la que los recuerdos no se apagan, se deforman.

Estoy besando a Alexander.

O él me besa a mí. No lo sé bien. Solo sé que su boca está ahí, reclamándome como si fuera algo que le pertenece. Mis dedos se aferran a su chaqueta, buscando equilibrio. Su mano recorre mi espalda, baja, sube, vuelve a bajar. Me estremezco.

No porque no quiera.

Sino porque no estoy segura de por qué quiero.

Abro los ojos en medio del beso.

Y entonces veo a Simón.

Está sentado a unos metros. No disimula. No aparta la mirada. Tiene una chica rubia entre sus piernas: cabello perfecto, sonrisa coqueta, cuerpo esbelto. Ella le besa el cuello, le murmura algo, pero él apenas le presta atención.

Me observa a mí.

Observa cómo Alexander me besa.
Cómo mi cuerpo responde.
Cómo cierro los ojos.

Su mirada no es curiosa.
No es casual.

Es calculadora.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda, pero no me separo. Al contrario, mis labios se mueven con más lentitud.

Cierro los ojos.

Cuando los abro de nuevo, estoy en la pista de baile.

La música es lenta, espesa, pegajosa. Alexander está detrás de mí, su cuerpo marcando el ritmo del mío. Sus labios recorren mi cuello con una familiaridad que me hace olvidar dónde estoy. Sus manos se apoyan en mis caderas, guiándome.

Me dejo llevar.

Mi cuerpo se mueve solo.

—¿Qué hora es? —pregunto, mi voz suena pastosa, lejana.

—No importa —dice él, cerca de mi oído—. Estás conmigo.

Cierro los ojos otra vez.

La música entra por mi pecho, me vibra en los huesos. Me siento segura y expuesta al mismo tiempo. Hay algo en esa contradicción que me da vértigo.

Cuando los vuelvo a abrir...

Estoy apoyada en la barra.

Mi cabeza descansa sobre el frío de la madera. Tengo un vaso en la mano. No recuerdo quién me lo dio. Bebo. El alcohol quema, pero no me detengo.

A unos metros, Alexander habla con Simón y otras personas. Se ríen. Simón gesticula con las manos, animado. Dice algo que no escucho, pero Alexander asiente.

Simón gira la cabeza.

Me mira otra vez.

Y esta vez sonríe.

Cierro los ojos.

Los abro y veo que estoy en el auto de Alexander.

La puerta del copiloto está abierta. Simón está ahí, inclinado hacia Alexander. Hablan en voz baja, pero el alcohol vuelve las palabras resbalosas, difíciles de entender del todo.

—...solo hay que darle tiempo —dice Simón—. Ya viste hoy.

Alexander no responde de inmediato.

Puede adaptarse —continúa Simón—. Puede ser como nosotros... solo hay que moldearla un poco.

Mi estómago se revuelve.

¿Moldearla?

Quiero decir algo. Quiero preguntar que halan, pero mi lengua no responde. Mi cuerpo está pesado, lento...

No la presiones —dice Alexander finalmente—. Tiene que creer que decide sola.

Simón suelta una risa baja.

Eso es lo mejor —responde—. Siempre funciona.

Cierro los ojos con fuerza.

Cuando los abro...

Alexander me lleva en brazos.

Siento el movimiento, el balanceo suave. Mi cabeza cae contra su hombro. El colchón me recibe poco después. Reconozco el techo. Reconozco la habitación. Casa.

Estoy desnuda a medias. Alexander se endereza para quitarse la ropa. Yo parpadeo, intentando enfocar.

—¿Qué hora es? —pregunto otra vez, como si esa pregunta pudiera anclarme a algo.

—Las dos —dice—. Tranquila.

Las palabras se me amontonan en la boca.

—Yo... hoy... —mi voz se quiebra—. No pasó nada... no es lo que...

No termino.

Él se acerca. Me acaricia el rostro con el pulgar.

—Lo sé —dice—. Simón me contó todo.

Mi pecho se aprieta.

—Y me gusta —añade—. Me gusta que confíes en él.

Libre.

La palabra resuena rara.

Se inclina. Me besa la mejilla. Luego los labios. Lento. Cálido. Con una ternura que debería tranquilizarme... pero no lo hace.

Me abraza.

—Descansa —me murmura—. Te amo.

Siento cómo se acomoda a mi lado, a mi izquierda.

El sueño llega pesado y me fundo en el.

Y entonces...

—Jane....—me llaman —despierta...

Quien es...?

Jane...

Jane

Jane

DESPIERTA JAnE!!!

Abro los ojos...

Una sombra.

Lo primero que veo es oscuridad condensada, una silueta demasiado grande para la habitación. Un brazo se extiende hacia mí...

—Confía en mí —dice una voz que no logro ubicar—. Yo sé lo que es mejor para ambos.

El pánico me atraviesa el pecho.

Cierro los ojos con fuerza, el corazón desbocado, el aire atrapado en la garganta.

Cuando los abro otra vez...

Alexander.

Está inclinado sobre mí, su rostro borroso, como si aún no terminara de salir del sueño.

—¿Estás bien, amor? —pregunta—. Te movías mucho.

Tardo unos segundos en responder. Mi cuerpo sigue tenso, alerta.

—Sí... —digo, aunque mi voz no me convence ni a mí—. Solo... no te vi bien.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Cómo que no me viste bien?

Trago saliva.

—Sentí... como si alguien más estuviera aquí.

Me observa.

—¿Alguien más? —repite.

Niego rápido con la cabeza.

—Fue una pesadilla. Nada más. No sé... estoy un poco alterada.



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En el texto hay: amortoxico, abusos, violencia abuso

Editado: 14.02.2026

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