"Lo peor no es que te obligaran a la fuerza; sino confiar tanto y que te hicieran creer que era algo que tu también lo querías".
---------------------------------------------------------------------------------
Decido tomar aire.
Literalmente.
Inhalo despacio, como si hacerlo rápido pudiera delatarme. Como si Alexander pudiera leerme la mente apenas cruce la puerta. Me digo que no saque conclusiones. Que tal vez la foto no significa lo que creo. Que preguntar no es acusar.
Me visto con calma. Me siento en la cama y aliso la colcha con las manos, una y otra vez, como si necesitara que todo esté en orden por fuera para que no se note el caos por dentro.
Sin darme cuenta, llevo una mano al vientre.
Mis dedos descansan sobre la piel como si buscaran algo que no saben nombrar. No pienso en pruebas, ni en resultados, ni en palabras como positivo o negativo. No pienso en nada concreto. Es un gesto automático, casi reflejo, como cuando uno se toca el pecho al sentir un sobresalto.
La puerta del cuarto se abre.
Alexander entra me mira y me sonríe y entonces sus ojos bajan. Se detienen en mi mano.
—¿Te duele algo? —pregunta enseguida.
Levanto la vista hacia él.
—Un poco… —respondo—. Creo que es cólico.
Lo veo relajarse.
Es sutil, pero lo noto. Sus hombros bajan apenas un poco. Su mandíbula se afloja. Como si alguien acabara de quitarle un peso invisible del pecho.
—Ah… —dice, soltando una pequeña risa—. Entonces ya te debe estar por llegar el mes.
Se sienta a mi lado.
—Eso es bueno, ¿no? —añade—. Ya sabes, es normal.
Asiento lentamente.
Pero algo dentro de mí se quiebra.
No por sus palabras.
Sino por su alivio.
Para él, la idea de que no haya nada más es reconfortante.
Alexander no está listo para ser papá.
Y yo… bajo la cabeza.
Él lo nota.
—¿Te pasa algo más? —pregunta—. Estás rara.
—No —digo rápido—. Solo estoy cansada. Por la pastilla pero prefiero no comentarlo.
Se inclina un poco hacia mí.
—¿Segura?
—Sí.
El silencio se instala entre nosotros unos segundos. Lo rompo yo.
—Oye… —empiezo, con cuidado—. Ayer… ¿hice alguna locura?
Él sonríe, como si la pregunta le resultara casi tierna.
—¿Ayer? —repite—. Sí. Bastantes.
Alzo la mirada, sorprendida.
—¿En serio?
—Tomaste bastante —dice—. Después te sacaste la camiseta y te pusiste a bailar como loca encima de una mesa.
Abro los ojos, fingiendo desconcierto.
—¿Qué? —digo—. ¿Yo hice eso?
—Ajá —asiente—. Pero tranquila, yo estaba ahí. Cuidándote. –No esta ocultándolo
Mi corazón da un salto.
—¿Todo el tiempo?
—Sí —responde sin dudar—. No te dejé sola.
Trago saliva.
—¿No… no te molestó? —pregunto—. Digo, mi comportamiento.
Él se encoge de hombros.
—Para nada. Uno hace locuras cuando está borracho.
—¿En serio no te enojaste?
—No —dice—. ¿Por qué lo haría?
Lo miro fijamente.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿También has hecho locuras borracho?
Sonríe.
—Claro. ¿Quién no?
—¿Incluso estando en una relación conmigo, cuando sales con los muchados?
La pregunta queda suspendida en el aire.
Alexander me observa. Sus ojos se clavan en los míos. Durante un segundo creo que va a responder. Pero no lo hace.
En lugar de eso, sonríe de esa manera suya, encantadora, evasiva.
—¿Por qué mejor no vamos a cenar? —dice—. Te vendría bien comer algo.
Salimos juntos. Caminamos uno al lado del otro. Él habla de cosas triviales, del tráfico, del lugar al que iremos. Yo lo escucho, pero mi mente sigue girando alrededor de lo que no dijo.
Nos sentamos frente a frente.
—Oye —le digo mientras esperamos la comida—. No podemos tardarnos mucho.
—¿Por qué?
—Tengo que terminar mi proyecto —respondo—. El lunes lo presento y es muy importante para mí. Puede abrirme muchas oportunidades.
Asiente, atento.
—¿Tan importante es?
—Mucho —digo—. Es… es el tipo de cosas que no se presentan dos veces.
—Cuéntame —me pide—. Quiero saber.
Y lo hago.
Le hablo de la idea, del concepto, del esfuerzo detrás de cada parte. Le explico cómo fue tomando forma, y le aclaro que no se debe de sentir mal cuando destrozo el anterior al ver su gesto de malestar y tristeza, ya que a la larga eso era un borrador y me ayudo a guiar el proyecto hacia el rumbo que tiene ahora.
—Suena increíble —dice al final—. Sabía que eras capaz de algo así.
Sonrío.
----------------------------------------------------------------------------
Salimos de casa una vez que terminamos.
La noche está fresca, no hablamos mucho durante el trayecto.
Yo miro por la ventana. Reconozco el camino antes de que lleguemos. Mi estómago se tensa.
Cuando el auto se detiene, mi corazón da un pequeño golpe seco.
El parque.
El mismo parque.
El que está frente a la iglesia.
El mismo donde estuve esa tarde, después de salir de la farmacia.
Lo miro, sorprendida.
—¿Por qué aquí? —pregunto sin poder evitarlo.
Alexander apaga el motor. Me mira. Sonríe despacio.
—Porque aquí tenemos recuerdos —dice—. Y quiero que recordemos.
Baja primero, rodea el auto y me abre la puerta. Cuando pongo los pies en el suelo, toma mi mano.
—Voy a estar fuera una semana —continúa, como si estuviera hablando de algo sin importancia—. Me voy el domingo en la noche.
—Una semana —repito.
—Sí —dice—. Y no quiero que la pases mal. No quiero que estés triste, ni sola en tu cabeza.
Aprieta un poco más mi mano.
—Quiero que cuando pienses en mí. En nosotros.
Caminamos hacia los columpios. El parque está casi vacío. Es grande, demasiado grande. A lo lejos, la iglesia permanece abierta. Las luces están encendidas por dentro, como una boca luminosa esperando.