Lo que me quedó

Capítulo 26?

El salto fue borroso

El salto fue borroso.

Recuerdo la carretera vacía.
Recuerdo su respiración descontrolada.
Recuerdo mis propias manos buscando algo a lo que aferrarse.

Después... la puerta cerrándose detrás de nosotros.
El silencio del apartamento.
El reloj marcando casi las dos de la mañana.

Ahora estoy boca arriba en la cama.

El techo blanco parece demasiado limpio para lo que siento por dentro.

Alexander está entre mis piernas, con una toalla húmeda en la mano, limpiando con cuidado lo que él mismo provocó.

Arde.

Arde al contacto.

Arde cuando el algodón roza la piel sensible.

Arde cuando recuerdo la brusquedad.

—Lo siento... —murmura con una voz baja, casi suave.

Pero no suena arrepentido.

Suena satisfecho.

Cierro los ojos.

Mi cuello pulsa donde dejó marcas.
Mi labio inferior late por la mordida.
Mi cuero cabelludo todavía siente el eco de sus dedos tirando con fuerza.

Sé que mañana tendré moretones.

En los brazos.
En los muslos.
Tal vez en la cadera.

Los siento incluso antes de que aparezcan.

—Te hice daño... —dice, pero hay algo en su tono que no encaja con la culpa.

Hay orgullo.

Lo noto en su media sonrisa.

En cómo sus dedos no tiemblan.

En cómo me observa desde abajo, como si estuviera admirando su obra.

Yo intento incorporarme un poco... pero el dolor me obliga a quedarme quieta.

Respiro.

Está bien, me digo.

Está bien.

Él disfrutó.

Eso es lo que importa.

¿No?

Él es intenso.
Siempre lo ha sido.
Y yo... yo acepto eso.

Acepto su forma de amar.
Acepto su forma de tomar.
Acepto su forma de dominar.

Porque cuando él sonríe de esa manera... siento que gané algo.

—No debí perder el control así... —susurra, pero su mirada no coincide con sus palabras.

Sus dedos se deslizan más lento ahora. Más cuidadosos.

Casi tiernos.

La dualidad me marea.

Hace una hora era fuego arrasando todo.
Ahora es agua calmando la piel.

Y esa transición... es lo que más me descoloca.

—Estás bien... ¿verdad? —pregunta, levantando la vista hacia mí.

Solo asiento.

Él sonríe.

Siento el cansancio acumulado caerme encima.

No hice el proyecto.
No avancé nada.

Él se inclina sobre mí y besa mi vientre suavemente.

Mi estómago se tensa sin que pueda evitarlo.

Hace unas horas tenía las manos ahí.

Pensando.

Temiendo.

Ahora solo siento vacío.

No pienso en la prueba.
No quiero pensar en la prueba.

Mi mente está en blanco.

Completamente en blanco. Y una parte de mi le agrada eso...el no tener que pensar.

Alexander deja la toalla a un lado y sube lentamente hasta quedar a mi altura. Me observa.

—Me gusta cuando confías en mí —dice.

Su mano sube hasta mi cuello y roza una de las marcas.

Arde.

—Te ves preciosa así —murmura.

Mi corazón late más rápido.

Él se acuesta a mi lado finalmente, atrayéndome hacia su pecho con firmeza. Su brazo pesado cae sobre mi cintura, asegurándome contra él.

—Descansa —ordena suavemente.

Ordena.

Cierro los ojos.

No sé cuándo empieza la pesadilla.

Solo sé que estoy acostada.

Todo es blanco.

Blanco en las paredes.
Blanco en el techo.
Blanco en la sábana que cubre mi cuerpo.

El aire huele a desinfectante.

Escucho un sonido constante.

Bip... bip... bip...

Una máquina.

Tarda unos segundos en darme cuenta de que mide mis signos vitales. El sonido es estable, mecánico, frío. No hay voces. No hay nadie alrededor.

Intento moverme.

Mi cuerpo pesa.

Me duele.

No sé por qué.

No sé qué hago ahí.

Una tristeza profunda se instala en mi pecho sin explicación. No es un llanto explosivo. Es un vacío que se expande lento, como si me estuviera drenando desde adentro.

Cierro los ojos.

El sonido de la máquina sigue.

Bip... bip... bip...

Los vuelvo a abrir.

Ya no hay blanco.

Hay oscuridad.

Estoy de pie.

No sé cómo llegué ahí.

Solo sé que debo correr.

Y corro.

Mis pies golpean el suelo invisible. No veo el camino, pero sé que debo avanzar. Mi respiración es agitada. El pecho me arde. Escucho pasos detrás de mí.

Muchos pasos.

No sé cuántos.

No sé de quién.

Pero están ahí.

Cada vez más cerca.

—No... —susurro mientras corro.

Empiezo a llorar sin darme cuenta. Las lágrimas caen calientes por mis mejillas.

Cierro los ojos con fuerza.

Los vuelvo a abrir.

Estoy en el suelo.

De rodillas.

Las manos apoyadas contra algo frío.

Lloro.

Grito.

—¡Paren! —suplico.

No sé a quién le hablo.

—¡Aléjate! ¡Déjame en paz!

Siento que alguien me observa. Que alguien espera.

—No quiero hacerlo... —digo entre sollozos.

No sé qué es "eso". Pero sé que no quiero.

Cierro los ojos otra vez.

Cuando los abro...



#137 en Joven Adulto
#343 en Detective
#304 en Novela negra

En el texto hay: amortoxico, abusos, violencia abuso

Editado: 14.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.