Estaba apoyado contra el auto, como siempre, pero había algo distinto. No era solo su postura rígida ni sus brazos cruzados con demasiada fuerza.
Me detuve unos segundos antes de terminar de acercarme.
Alexander estaba sudado. No ligeramente. No como alguien que ha caminado bajo el sol. Las gotas bajaban por su sien y se perdían bajo el cuello de su uniforme de trabajo. Levanté la vista hacia el cielo casi por reflejo.
Estaba nublado.
No hacía calor.
Fruncí el ceño sin darme cuenta.
Entonces vi la rosa.
Una rosa roja, atrapada entre los dedos de su mano derecha. La sostenía con rigidez, como si no supiera muy bien qué hacer con ella. Sus nudillos estaban tensos.
Bajé la mirada al auto.
Las llantas estaban cubiertas de tierra. No una capa leve. No polvo común de ciudad. Era barro seco, adherido en bloques gruesos, como si hubiera conducido a toda velocidad por un camino sin asfalto.
Cuando finalmente levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, sentí ese ambiente.
Tenso.
Cuando estuve frente a su cuerpo, me incliné ligeramente para besarlo en los labios.
Él giró el rostro.
Me quedé congelada un segundo, con el gesto suspendido en el aire. Sentí el golpe en el pecho, pero no lo mostré.
—Hola... —dije
No sabía si seguía molesto.
Me miró de arriba abajo.
Luego se inclinó apenas y dejó un beso corto en mi mejilla.
Me extendió la rosa.
—Toma.
La sostuvo un segundo más antes de soltarla, como si el acto de entregarla le costara.
La recibí con cuidado.
—Gracias...
—No tienes por qué hacerlo —respondió sin mirarme.
Luego hizo una pausa.
—Aunque, pensándolo bien... tal vez sí. Yo sí pienso en ti en todo momento. Sabía que esto te haría feliz.
Me encogí de hombros, bajando la mirada a la flor.
Él se enderezó y abrió la puerta del conductor.
—Entra.
La orden fue seca. Directa.
Respiré profundo antes de rodear el auto.
El aire se sentía más pesado que hace un minuto.
Abrí la puerta del copiloto y, antes de subir, lancé una mirada instintiva alrededor.
Y entonces lo vi.
Patrick.
Apoyado contra uno de los muros del edificio principal. A la sombra. Observando.
Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo.
Él inclinó levemente la cabeza hacia abajo, un saludo silencioso.
Yo hice lo mismo.
Luego me subí al auto.
Cerré la puerta.
El sonido fue seco, encerrándome con él.
Me moví para colocarme el cinturón de seguridad. Mis manos tardaron más de lo normal en encontrar el clic. Sentía la mirada de Alexander sobre mí mientras lo hacía.
Enderecé la espalda y miré al frente justo cuando el motor rugió.
El vehículo arrancó y durante los primeros segundos nadie habló.
—Me preocupé —dijo de pronto, ahora más bajo—. No sabía dónde estabas. No sabía con quién.
—Estaba en la universidad.
—Sí, claro. —Sus dedos golpearon el volante—. Pero tú sabes cómo es ese lugar.
No respondí.
Pensé en la clase de hace una hora.
"Desproporcionado."
—¿Por qué estás sudado? —pregunté antes de poder detenerme.
Lo sentí tensarse.
—¿Qué?
—Solo... parece que corriste una maratón.
Sus ojos se desviaron un segundo hacia mí.
—Fui a buscar algo antes de venir.
—¿A dónde?
—¿Eso importa?
Tragué saliva.
—No... solo preguntaba.
El auto aceleró un poco más.
—No me ignores otra vez.
Asentí levemente.
El silencio volvió a caer, pero esta vez era más espeso.
No dejaba espacio para respirar.
Miré otra vez las llantas cuando el auto disminuyó la velocidad por un reductor. El barro seco estaba pegado en capas gruesas, como si hubiera atravesado un campo después de la lluvia.
Tragué saliva.
—¿Por qué están tan sucias? —pregunté intentando que mi voz sonara ligera—. Las llantas... ¿qué les pasó?
Sentí cómo su cuerpo se tensaba antes incluso de que me mirara.
—Nada.
—Es que... parece como si hubieras estado corriendo en tierra mojada o algo así.
—Te dije que nada.
Su tono ya no era plano. Era duro.
—Pero está pegado a la llanta como si...
—¿Es un interrogatorio?
La frase salió cortante.
Giré el rostro hacia él.
—No, solo preguntaba.
Soltó una risa breve, cargada de burla.
—No sabía que estaba ante una detective del FBI.
Intenté reírme.
Un sonido pequeño, nervioso.
—No es eso... es solo que—
—Deja de hacer eso.
Me interrumpió con brusquedad.
—¿Hacer qué?
—Andar como Sherlock Holmes. Analizando todo. Buscando cosas donde no las hay.
Sentí un calor subir por mi cuello.
—Alexander, solo hice una maldita pregunta.
—Cambia tu actitud.
—¿Cuál actitud? —repliqué, ahora indignada—. Solo estaba preguntando algo que ni siquiera parece que estés respondiendo con la verdad y—
El golpe fue tan rápido que no lo vi venir.
Un estallido blanco.
Mi cabeza giró levemente hacia el lado de la ventana.
El sonido seco quedó suspendido dentro del auto.
Me quedé inmóvil.
No entendí de inmediato lo que había pasado.
Solo sentí el ardor en la boca.
Llevé la mano a la zona herida, aún con los ojos abiertos de par en par. Mis dedos tocaron el borde de mis labios. Caliente. Palpitante.
El mundo se volvió extraño.
Lejano.