"Tu oscuridad me envolvió y me asfixió entre dulces caricias; adoré tanto la calidez de tus manos que nunca vi la forma en que tus ojos aprendían a destruirme."
Cerré el pestillo del cubículo con manos temblorosas.
El murmullo del restaurante llegaba amortiguado a través de las paredes. Mi respiración era lo único que sonaba fuerte ahí dentro.
Saqué el celular.
Notificaciones.
Un mensaje nuevo.
Simón.
¿Ya tienes tu coartada para mañana?
Tecleé rápido.
Sí. Pero no sé si funcione. Las cosas están algo tensas con él.
Los tres puntos aparecieron casi al instante.
No te preocupes. Yo me encargo del resto.
Haré que se distraiga.
Tú sigue con lo dictado.
Miré la pantalla unos segundos.
Está bien.
Envié.
Luego abrí el chat con Dereck.
No pensé.
Solo presioné el botón de llamada.
Tono.
Uno.
Dos.
Tres—
—¿A qué debo este milagro? —respondió con voz alegre—. ¿Jane llamándome por voluntad propia? ¿Es el fin del mundo?
No pude evitar reír.
—Cállate.
—No, en serio, estoy anotando la fecha.
—¿Estás bien? —pregunté bajando la voz.
—Sí. ¿Tú?
Miré la puerta del cubículo.
—Sí.—Entonces todo bien. Oye, lo de la otra semana sigue en pie. Todo asegurado.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Seguro?
—Segurísimo. El miércoles. No me voy a echar para atrás.
Mi mente hizo el cálculo.
Lunes: viaje de Alexander por una semana.
—Perfecto —respondí
—Quiero pasar por ti.
—No es necesario...
—Jane —me interrumpió con tono suave pero firme—. Déjame hacerlo.
Miré mis uñas. Alexander no le gustaba que me hiciera nada en ellas, decía que amaba mi belleza natural...
—Está bien.
Le dicté la dirección.
—Paso por ti a la una. Y espero que ese día no desayunes mucho.
—¿Por qué?
—Porque pienso invitarte a un banquete como se debe.
Sonreí.
—Está bien.
—Eso quería escuchar.
Fue una llamada corta y colgué.
Me quedé mirando la pantalla.
Luego borré el chat.
Después el registro de llamadas.
Por si acaso.
Guardé el celular.
Salí del cubículo.
Me acerqué al lavamanos y abrí el grifo. El agua fría golpeó mis manos.
Me mojé la cara.
Respiré hondo.
Otra vez.
Observé mi reflejo.
Salí del baño.
El comedor seguía igual.
La familia de Alexander conversando animadamente. Risas. Comentarios sobre el viaje, el taller, contactos que podría hacer.
Camila estaba ligeramente apartada.
Jean tenía la mano sobre su rodilla aun apretándola con fuerza.
Demasiado.
Ella mantenía la vista en su plato.
Regresé a la mesa.
Me senté.
Alexander se inclinó hacia mi oído.
—¿Por qué demoraste tanto?
—Me duele un poco el vientre —respondí con una sonrisa suave—. Creo que es cólico.
No era del todo mentira.
Sí sentía una molestia leve.
Sabía que pronto me vendría el mes.
Y ese pensamiento arrastró otro.
La prueba.
Esa sola raya.
Negándome algo que, por un segundo... sí deseé.
Por un segundo imaginé que no fuera negativa.
Que hubiera otra línea.
Sacudí la cabeza levemente.
Vuelve.
—¿Estás bien? —preguntó Alexander mirándome con aparente preocupación.
—Sí.
Su mano volvió a mi rodilla.
—Toma algo caliente —dijo su madre desde el otro lado—. Ayuda.
—Gracias —respondí.
—Jane —intervino el padre de Alexander de pronto—. ¿Qué harás estos días que Alexander no estará?
Me removí incómoda.
La pregunta cayó pesada.
—Nada especial —respondí—. Estaré en casa... avanzando con tareas de la universidad.
Silencio breve.
Sentí, por el rabillo del ojo hacia Alexander, que mi respuesta no le agradó.
—¿En casa? —repitió él.
—Sí.
—Una mujer joven sola tantos días... —comentó su madre, intercambiando una mirada con su esposo.
—Puedes venir con nosotros—replicó su padre—. Igual ya antes lo hacias
Me tense
—No es necesario —dije con calma—.Gracias igualmente
Mi corazón latía más rápido.
Alexander me observaba.
Evaluando.
—Jane es responsable —añadió él finalmente.
Su padre asintió, pero no del todo convencido.
—Eso espero.
Camila levantó la vista un segundo.
Nuestros ojos se encontraron.
En los suyos había algo.
Miedo.
Jean volvió a apretar su rodilla.
Yo lo vi.
Esta vez no aparté la mirada tan rápido de él era como un desafío, por lo que el sonrió de lado llevándose su jugo a la boca y apartando la mirada.
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Terminamos de comer y los padres de Alexander propusieron:
—Podríamos dar un pequeño paseo por la plazoleta de aquí al lado —dijo la señora Rous con una sonrisa impecable—. El atardecer está precioso.
Nadie se opuso.
Salimos del restaurante.
El aire estaba más fresco, el sol comenzaba a bajar lentamente, tiñendo el cielo de naranja y dorado. La luz caía sobre los edificios y sobre nosotros, formando sombras largas que se estiraban sobre el suelo de piedra.
Caminábamos en parejas.
El señor Richard llevaba su brazo derecho sobre los hombros de la señora Rous, firme, marcando territorio incluso en algo tan simple como un paseo.