Parte III: Dominio
"Hay rostros que despiertan recuerdos... incluso cuando alguien ha intentado enterrarlos."
Jane
Hay recuerdos que aparecen sin pedir permiso.
No llegan como pensamientos...
llegan como sensaciones.
Como el olor del azúcar quemándose ligeramente en el horno.
Como el sonido torpe de un batidor golpeando contra un recipiente de metal.
Como el miedo absurdo de que algo tan simple saliera mal.
Recordaba perfectamente aquel día.
El primer cumpleaños de Alexander que habían celebrado juntos.
No tenía dinero entonces.
Ni para regalos grandes, ni para algo que realmente pareciera digno de él.
Así que hizo lo único que podía.
Una torta.
Una pequeña, imperfecta y ligeramente inclinada torta casera.
Era la primera vez que hacía algo así.
Había pasado toda la tarde mirando recetas en su teléfono, equivocándose con las medidas, limpiando harina del suelo y probando el glaseado demasiadas veces para asegurarse de que supiera bien.
La decoró con cuidado torpe.
Nada profesional.
Pero cada detalle... lo había hecho pensando en él.
Cuando finalmente se la entregó, su corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.
Alexander se quedó mirándola unos segundos.
Luego sonrió.
Y esa sonrisa...
Jane siempre pensaba que la gente hablaba demasiado de las sonrisas, como si fueran algo simple.
Pero la de él no lo era.
La de Alexander empezaba lentamente, primero en sus ojos.
Sus ojos se suavizaban, como si algo dentro de él se derritiera por un instante.
Luego una pequeña curva aparecía en sus labios, creciendo poco a poco hasta convertirse en algo cálido, genuino... algo que hacía que todo a su alrededor pareciera detenerse.
Cuando sonreía así, el mundo se volvía más pequeño.
Más silencioso.
Más seguro.
—¿Tú hiciste esto? —preguntó él, mirándola con una mezcla de sorpresa y ternura.
Jane se encogió de hombros, nerviosa.
—No te burles si sabe horrible.
Pero Alexander soltó una pequeña risa baja.
—Jane... —dijo suavemente.
Luego tomó su mano.
—Es lo mejor que alguien ha hecho por mí.
Ella encendió la pequeña vela que había colocado en el centro.
Las luces de la habitación eran suaves.
El pequeño fuego temblaba ligeramente.
Y Jane comenzó a cantar.
Su voz era baja, un poco tímida, pero llena de algo sincero.
Alexander la observaba como si no existiera nadie más en el mundo.
Cuando terminó, él sopló la vela.
El humo se elevó lentamente en el aire.
—¿Qué pediste? —preguntó Jane, inclinando la cabeza con curiosidad.
Alexander no respondió de inmediato.
Solo la miró.
De esa forma profunda que tenía de mirarla, como si siempre estuviera tratando de memorizarla.
Luego dijo, con voz tranquila:
—Una vida contigo.
El corazón de Jane se apretó en su pecho.
—Eso no cuenta —susurró ella, sonriendo.
—¿Por qué no?
—Porque ahora me lo dijiste.
Alexander soltó una pequeña risa.
—Entonces supongo que tendré que hacerlo realidad.
Jane lo besó.
Fue un beso suave, cálido... lleno de promesas que en ese momento parecían eternas.
Otro recuerdo llegó después.
El primer cumpleaños de Jane.
Alexander apareció sin avisar después de clases.
Había ido a escondidas a verla.
Cuando lo vio apoyado contra la pared del pasillo, con esa expresión tranquila y ligeramente divertida, su corazón dio un salto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida.
Él sacó una pequeña caja del bolsillo.
No era grande.
Pero estaba envuelta con cuidado.
Jane la abrió lentamente.
Dentro había un collar de plata.
Delicado.
Sencillo.
Con una pequeña letra.
J.
Jane levantó la mirada, sorprendida.
Alexander tomó el collar y se colocó detrás de ella.
Sus dedos rozaron suavemente su piel mientras apartaba su cabello para colocar la cadena alrededor de su cuello.
El metal frío descansó contra su piel.
Luego él inclinó la cabeza y besó su cuello con una ternura que siempre la desarmaba.
Su voz fue apenas un susurro cerca de su oído.
—Eres la mujer más hermosa que he visto.
Jane se giró hacia él sin pensar.
Y lo abrazó.
Con fuerza.
Su rostro se hundió contra su pecho mientras respiraba profundamente.
Su colonia.
Ese aroma limpio y cálido que siempre llevaba.
Jane cerró los ojos.
Hogar.
Eso era Alexander para ella en ese momento.
Un refugio.
La música golpeó sus oídos.
Jane parpadeó varias veces, regresando bruscamente al presente.