KAEL
Escaneo el lugar con cautela, bajo los gritos de la multitud, hasta dar con la salida. Sin embargo, hay tres matones en la entrada disparando a cualquiera que se cruce en su camino. La cabeza empieza a dolerme por el estrés y la adrenalina, pero no le hago caso en lo absoluto. Giro hacia atrás y me doy cuenta de que hay un pequeño sendero detrás de nosotros; tomo la mano de Mariam y salimos corriendo por él.
Al final del camino llegamos a un pequeño parque infantil. Los toboganes y columpios decoran el lugar sobre una arena fina y blanca. Sin embargo, mi vista se fija en algo más: el cercado de metal cubierto por plantas artificiales. Nos acercamos y miro a Mariam.
—No subiré por ahí —me dice. La miro desconcertado.
Estamos en peligro y la muy maldita quiere ponerse difícil ahora mismo. Pues bien, que se joda.
—Como quieras —contesto con sequedad, empezando a trepar la cerca.
—¿Qué haces? —pregunta con miedo en la voz.
Me detengo un segundo para observarla con desdén.
—Tomando el té con Michael Jackson.
—No es gracioso.
—Sube ya.
—He dicho que no.
Otra ráfaga de disparos se escucha, pero esta vez mucho más cerca. Mariam se apresura y llega a mi altura con dificultad, entorpecida por su pesado vestido negro, pero logramos saltar al otro lado.
El porche de la casa a la que habíamos caído no estaba cerrado, así que pudimos salir directo a la calle. Estaba desierta. No había nadie; era como un pueblo fantasma. Saqué mi celular y maldije entre dientes al darme cuenta de que no tenía señal.
—Kael, ¿ahora qué hacemos? —pregunta Mariam, con el temblor en su voz.
—Alejarnos de aquí —respondo, caminando rápido mientras escucho el eco de los tacones de Mariam contra el asfalto.
—¿Ese es tu plan? —vuelve a hablar.
—¿Qué es lo que haces aquí, Mariam? ¿Con quién viniste? —la rabia sale sin que pueda contenerla—. No sabes en lo que te estás metiendo, solo te pones en riesgo.
Mariam frunce el ceño y se cruza de brazos sobre el pecho.
—No necesito que me regañes. Sé perfectamente cuidarme sola y sé lo que hago, Kael. No te necesito —replica.
No puedo evitar soltar una carcajada seca al escuchar sus palabras. Es una idiota.
Giro sobre mis talones para seguir caminando, pero mi pulso se congela al ver a Luigi tirado en el piso, rodeado de un charco de sangre. En ese momento, dejo de respirar.
Dejo de pensar y me olvido completamente de Mariam.