¿El que me llamara Anastasia se me hacía un avance, no?
Bueno, creo que es un avance a que me ignore y me quiera matar. Sé que para eso faltan años, pero me da miedo, toca reconocerlo.
Solo me le quedo viendo y no puedo creer cómo la antigua Anastasia rechazaba a su propio hijo. Pero no la juzgo, cada quien. Aunque, como yo no soy ella, las cosas van a ser diferentes.
Me quedé en shock porque una cosa era leerlo y otra completamente diferente escucharlo.
Bueno, Alessia… o bueno, Anastasia. Mejor Anastasia para que nos acostumbremos.
Querías venir a salvar la vida de tus hombres. Aquí tienes a tu primer objetivo enfrente.
Actúa rápido.
Ahora.
—Hola, buenos días, Alek.
¿Es lo primero que se te ocurrió decir?
¿Nada más un “buenos días”?
Excelente, Anastasia. Vas increíble.
Alek no responde inmediatamente. Me mira desde su lugar y noto cómo sus pequeñas manos dejan los cubiertos sobre la mesa.
—Anastasia… ¿hice algo malo?
Escuchar por primera vez su voz es como si los ángeles me cantaran.
Aunque lo que acaba de preguntarme no tiene nada de bonito.
—No.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Siento muy a la defensiva a Alek.
Antes de que pueda responder, baja la mirada.
—Puedo desayunar en otro lado.
—¿Por qué harías eso? Tú ya estabas antes de que yo llegara.
Alek vuelve a mirarme, esta vez confundido.
—Porque tú nunca comes conmigo y solo vienes cuando he hecho algo malo.
Auch.
No sé qué responder a eso.
¿Qué se supone que debo decirle? “¿Perdón por los últimos cinco años, pero técnicamente no fui yo”?
Sí, claro.
Mejor no.
—¿Puedo desayunar contigo? —le pregunto.
Alek frunce ligeramente el ceño.
—Es su comedor, es su casa. Usted puede mandarme a donde guste.
Su forma de hablar me sorprende. Tiene cinco años y habla como si tuviera cincuenta.
—Sí, pero ya te había dicho antes que tú llegaste primero.
No responde.
Tomo eso como un “sí”.
Me siento frente a él y una de las doncellas se acerca para servirme el desayuno. Solo puedo observar cómo Alek continúa comiendo en silencio, con una determinada etiqueta y procurando no ensuciarse absolutamente nada.
Ni una migaja.
Yo a los cinco años seguramente tenía comida hasta en el cabello.
Alek levanta la mirada.
Me mira.
Yo lo miro.
Él vuelve a mirar su plato.
Yo también.
Silencio.
Tomo un poco de mi bebida.
Vuelvo a mirarlo.
Alek ya me estaba mirando.
Ambos desviamos la mirada al mismo tiempo y regresamos a nuestros desayunos correspondientes.
Esto está saliendo excelente.
—¿Siempre desayunas solo? —pregunto para romper el silencio.
Alek tarda unos segundos en contestarme.
—No.
—¿No?
—Mi padre desayuna conmigo cuando puede.
Amir.
Claro.
—¿Y cuando no puede?
—Desayuno solo.
—Ah.
Otra vez silencio.
Vamos, Anastasia. Puedes hacerlo mejor.
—¿Qué haces después de desayunar?
Alek me observa con desconfianza.
—Tengo clases.
—¿Todos los días?
—Sí.
—¿Y qué estudias?
—Historia, geografía, matemáticas, literatura, protocolo…
Empieza a enumerar con los dedos y yo abro un poco los ojos.
—Espera, espera. ¿Todo eso?
Alek deja de contar.
—Sí.
Uno de mis principales objetivos será que deje de tener mil clases al día y demostrarle que todavía le queda niñez
—Solo tienes cinco años
—Soy el príncipe heredero al trono
Bueno, esta bien me cerró la boca, me ganó
—Buen punto —le respondo
Por un segundo creo ver algo diferente en su expresión, pero desaparece tan rápido que ni siquiera sé si me lo imaginé.
Continúa comiendo.
—¿Y te gustan tus clases?
—Sí.
—¿Todas?
—Sí.
—¿No hay ninguna que odies?
—No.
IMPOSIBLE, yo cuando era Alessia odié todo lo relacionado con matemáticas, calculo, algebra, sentía que se me bajaba la presión cuando veía el nombre de algo así relacionado con matemáticas en mi horario escolar y mas cuando había segunda parte, milagro que no quede calva
Lo miro.
Él me mira.
—Alek.
—¿Qué?
—Puedes decirme la verdad.
O sea, a nadie le puede gustar todo, siempre debes de odiar algo
Su expresión cambia inmediatamente.
Mala elección de palabras.
Sus hombros se tensan y vuelve a bajar la mirada.
—No estoy mintiendo.
—No dije que estuvieras mintiendo.
—Pero usted piensa que sí.
—No, Alek. Solo quería saber qué cosas te gustan.
—¿Por qué?
La pregunta me toma desprevenida.
—Porque quiero conocerte.
Silencio.
Alek deja nuevamente los cubiertos.
—Ya me conoce.
No.
Anastasia te conoce.
Yo no. Yo te conozco como hace 15 minutos
Me mira durante varios segundos, como intentando descubrir qué quiero realmente de él.
—¿Para qué?
Auch número dos.
—Porque eres mi…
Me detengo.
Hijo.
Iba a decir hijo.
Pero algo me dice que todavía no tengo derecho a decirlo con tanta facilidad. Todavía me falta camino por recorrer y no puedo todavía decirle así, me lo tengo que ganar
—Porque quiero hacerlo —termino diciendo.
Alek no parece convencido.
Tampoco esperaba que lo estuviera.
Después de cinco años siendo ignorado, un desayuno no va a arreglar nada.
Seguimos comiendo y decido no hacerle más preguntas por un rato. Si sigo interrogándolo, va a pensar que esto es un juicio.
Entonces noto algo.
Alek mira hacia uno de los platos que hay sobre la mesa.
Luego aparta la mirada.
Unos segundos después vuelve a mirarlo.
Sigo la dirección de sus ojos.
Quiere eso y yo se lo daré
Sigo la dirección de sus ojos.
—¿Quieres eso?
Alek inmediatamente niega con la cabeza.
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Editado: 03.10.2026