Lo que no debió pasar

Capítulo IV

Han pasado veinticuatro horas desde mi primer desayuno con Alek y puedo decir con el más grande orgullo que descubrí una cosa sobre mi hijo.

Una.

Bueno, eso puede ser bueno, ¿no? Esperaba que me contara su vida entera, no, pero al menos es un avance.

Sé qué le gusta comer.

¿Eso me hace ser una buena madre? La verdad, no.

¿Definitivamente estoy orgullosa de mí? Sí.

Ahora mi más grande problema es que no sé cuál sería mi siguiente paso.

Porque tratar de acercarme a Alek por primera vez fue fácil. Bueno, “fácil” es una palabra muy fuerte para describir el interrogatorio que me estaba haciendo con la mirada un niño de cinco años.

Pero volver a acercarme hoy significa, pienso yo, que es una manera de demostrarle que lo de ayer no fue solo un impulso, sino un paso gigantesco.

Y tengo la sospecha de que él piensa y cree que fue eso: un impulso mío. Piensa que voy a volver a ignorarlo, pero no. Yo no haré eso.

Sé que hoy tiene los millones de clases que me comentó, así que ahora mi siguiente paso será entrometerme más en su educación, porque él será un hombre bueno y educado que, cuando lo vean, digan que fue una buena mujer quien lo crio.

Eso haré.

Sí, me entrometeré en sus estudios.

Espero que no salga mal.

Salgo de la habitación y me encuentro con Lili.

—¡Lili! —le grito.

Viene corriendo hacia mí.

—¿Sabe dónde toma sus clases Alek?

—Claro, señora. En el salón privado.

—Perfecto, llévame ahí.

Ella comienza a guiarme y, en el transcurso del camino, me encuentro con varios sirvientes… ay, no sé cómo decirles, siento que suena muy despectivo.

Bueno, el punto es que los saludo y todos me miran raro. Lo hago por cortesía, pero aun así me contestan, aunque algunos parecen no saber ni cómo reaccionar.

Definitivamente Anastasia no saludaba a nadie.

Y ahora que lo pienso…

¿Mi esposo dónde andará?

Bueno, ese es otro tema del que me ocuparé más tarde.

Por ahora, Alek.

Después de caminar durante unos minutos, Lili se detiene frente a una puerta.

—Es aquí, señora.

—Gracias, Lili.

Me acerco y antes de entrar alcanzo a escuchar una voz masculina explicando algo al otro lado.

Debe ser su tutor.

Toco la puerta y, después de unos segundos, un hombre viene a abrir.

En cuanto me ve, su expresión cambia por completo.

—Su Majestad.

Hace una reverencia.

—Buenos días. Disculpe que interrumpa.

El hombre levanta ligeramente la mirada, claramente sorprendido.

—¿Necesita algo, Su Majestad?

Miro por encima de su hombro y alcanzo a ver a Alek sentado con sus libros.

—Sí. Venía a ver cómo van las clases de Alek.

El tutor guarda silencio durante unos segundos.

—¿Las… clases del príncipe?

—Sí.

Me mira como si acabara de decirle que vengo a impartirlas yo.

—¿Ocurre algún problema con su educación, Majestad?

—No, ninguno. Solo quiero saber qué está aprendiendo.

El tutor vuelve a quedarse en silencio.

Bueno.

Por su cara, parece que Anastasia tampoco se había interesado nunca por esta parte de la vida de su hijo.

Bueno, pero yo sí lo haré, porque seré una excelente madre.

Luego observo todo el salón y veo que es tan sobrio, como que no tiene color. Parece como si estuviera en una cárcel. Tengo que redecorar todo el palacio, ya que también me he dado cuenta de que hay partes que nada que ver.

En fin, sigo observando hasta que mis ojos chocan con su mirada.

Ese pequeño príncipe primero me escanea de arriba abajo y luego me dice una frase que no esperaba:

—¿Viniste a ver si estoy haciendo algo mal?

Ash, ¿por qué siempre me hacen preguntas que me descolocan?

—¿Qué? —es lo primero que alcanzo a decir.

Ash, tonta, piensa.

—¿Viniste a supervisarme? —pregunta.

Basta, ¿por qué ataca?

Ayúdame, Señor, a ganarme la confianza de este niño.

—¿Qué? No. Solo vengo a ver qué tal están tus clases. Como me habías dicho que son muchas, quiero ver que no te sobrecarguen de información.

Él no me responde nada. Solo se me queda viendo raro, como si yo fuera un bicho extraño.

—Puede continuar —le digo al tutor.

El hombre asiente y yo tomo asiento en uno de los sillones que están al fondo del salón.

Alek vuelve a mirar sus libros y la clase continúa.

Al principio intento prestar atención a lo que explica el tutor, pero termino prestándole más atención a Alek que a la clase.

Se sienta completamente derecho en su silla, escucha todo lo que dice el tutor y, cuando este le hace alguna pregunta, responde sin distraerse. Incluso levanta la mano antes de hablar, aunque literalmente es el único alumno en el salón.

No puedo evitar sonreír.

Es demasiado aplicado.

El tutor continúa explicándole y Alek toma algunas notas con esa letra pequeña que apenas alcanzo a distinguir desde donde estoy sentada. De vez en cuando hace alguna pregunta y, para mi sorpresa, son preguntas bastante buenas para un niño de cinco años.

Bueno, definitivamente salió inteligente.

Quisiera decir que gracias a mí, pero técnicamente no puedo atribuirme absolutamente nada.

Todavía.

Lo que sí noto es que se toma todo demasiado en serio. No juega con lo que tiene sobre la mesa, no se distrae mirando por la ventana y ni siquiera protesta cuando el tutor le pone otro ejercicio.

Tiene cinco años y parece más responsable que yo a mis veintidós.

Eso es preocupante.

Durante un momento, Alek levanta la mirada de su libro y me encuentra observándolo.

Me descubre.

Yo sonrío.

Él inmediatamente vuelve a bajar la mirada.

Bueno, por lo menos no me pidió que me fuera.

Eso también cuenta como avance.

La clase continúa durante un buen rato y tengo que reconocer que, después de los primeros minutos, empiezo a perderme un poco en la explicación.




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