Lo que no debió pasar

Capítulo V

Nada puede salir mal.

O… ¿nada puede malir sal?

Ay, no sé.

El punto es que hay un pequeño inconveniente.

Por la forma en la que estoy parada y por el ángulo desde el que acaba de entrar esa persona, parece que a quien estoy a punto de cachetear es a Alek.

Basta.

Todo me está saliendo mal.

Bajo la mano tan rápido que hasta parece sospechoso.

—No es lo que parece.

¿NO ES LO QUE PARECE?

¿En serio, Anastasia?

Esa es literalmente la frase que dicen todas las personas cuando ES exactamente lo que parece.

Miro a Alek.

Después a la maestra.

Luego hacia la puerta.

Y ahí está él.

Amir Valdoren.

Mi esposo.

Mi esposo.

MI ESPOSO.

Bueno, técnicamente el esposo de Anastasia, pero como ahora yo soy Anastasia…

Mi esposo.

Y… Oh Dios mío.

El libro se quedó corto.

Muy corto.

Es alto, mucho más de lo que imaginaba, y tiene unos hombros anchos que hacen que la ropa oscura que lleva puesta parezca hecha exclusivamente para él. La tela se ajusta lo suficiente a sus brazos como para dejar bastante claro que debajo hay músculos que definitivamente no se consiguieron sentado en un trono dando órdenes.

Bueno.

Hola.

Su cabello oscuro está perfectamente acomodado, aunque algunos mechones caen ligeramente sobre su frente. Tiene el rostro marcado, una mandíbula definida y unos ojos intensos que, en este preciso momento, están clavados directamente en mí.

Y no de una manera romántica.

Definitivamente no.

Su expresión es seria, casi imposible de leer, pero ni siquiera necesita hablar para imponer. Está completamente derecho, con los hombros hacia atrás y la cabeza en alto.

Tiene algo.

No sé cómo explicarlo.

Es esa clase de persona que entra a un lugar y, aunque no diga absolutamente nada, sabes que llegó.

Ahora entiendo por qué Lili y todos los demás hacen reverencias apenas lo ven.

No sé si es porque sé que es el rey o porque realmente tiene esa presencia, pero parece que todo el salón se hace más pequeño cuando entra.

Este hombre no parece un rey.

Es un rey.

Y entonces habla.

—Anastasia.

Ah.

Su voz.

Grave, firme e imponente.

¿Por qué nadie mencionó la voz en el libro?

Ese era un dato bastante importante.

Por un segundo se me olvida la maestra.

Se me olvida Alek.

Se me olvida que tengo la mano levantada.

Se me olvida hasta mi nombre.

Bueno, mis dos nombres.

Hasta que sus ojos bajan hacia mi mano y luego se dirigen inmediatamente hacia Alek.

Ah.

Cierto.

El problema.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta.

Bueno.

Se acabó el momento.

Concéntrate, Alessia.

El hombre guapísimo que tienes enfrente es tu esposo, lleva siete años casado contigo y, por la forma en la que te está mirando, probablemente piensa que estás a punto de golpear a su hijo.

Amir ni siquiera espera mi respuesta.

—Alek, ven conmigo.

Y ahí lo entiendo.

No está confundido.

No está sorprendido.

Está protegiendo a su hijo de mí.

De Anastasia.

¿Por qué protegerlo de mí? Espera. Ya sé por qué.

Soy Anastasia.

A veces se me olvida en qué terreno estoy pisando.

Miro hacia la tutora, que sigue ahí parada como si nada hubiera pasado.

Ah, no. Con ella todavía no termino.

—Puede retirarse y no se preocupe, que su trabajo está perdido —le digo a la disque tutora, porque yo personalmente me encargaré de que no regrese jamás a mi palacio.

La mujer abre los ojos.

—¿Me está despidiendo?

—Qué bueno que entendió.

—Majestad, llevo años encargándome de la educación del príncipe. El rey conoce perfectamente mi trabajo y—

—Pues ahora lo conozco yo también y no me gustó. Está despedida.

Su expresión cambia por completo.

—No puede apartarme de la educación de Su Alteza por una simple corrección.

¿Simple corrección?

Respira, Anastasia.

Respira.

Ya casi le pegabas una vez.

—Puedo y lo acabo de hacer.

La mujer abre la boca para responderme, pero ya no tengo ganas de seguir escuchándola.

—¡Guardias!

Dos hombres aparecen casi inmediatamente en la entrada.

Bueno, eso fue rápido.

Ambos hacen una reverencia.

—Majestad.

—Escolten a esta mujer hasta la salida del palacio, por favor. Y asegúrense de que no vuelva a entrar.

Los dos se miran entre ellos.

Después me miran a mí.

Luego a la tutora.

Están confundidos.

Mucho. Y la verdad yo también lo estaría, así que les pregunto

—¿Hay algún problema? —pregunto.

—Ninguno, Majestad —responde uno rápidamente.

La tutora parece indignada.

—El rey se enterará de esto.

—Perfecto. Así me ahorro tener que contárselo.

Mejor así me ahorro un poco de saliva

Los guardias se acercan a ella y la acompañan hacia la salida.

Bueno.

Primera persona despedida desde que soy reina.

Espero que no exista algún trámite real para esto porque definitivamente no pregunté.

Después de correrla y ordenarles a los guardias que la escolten hasta la puerta, salgo en busca de Lili.

Camino por varios pasillos hasta que finalmente la encuentro.

—Lili —la llamo, pero esta vez sin gritarle, porque creo que ya he gritado demasiado por hoy.

Ella se acerca inmediatamente.

—Dígame, Majestad.

—¿Has visto a dónde se fueron Alek y Amir? —le pregunto de la manera más casual que puedo.

Lili me mira sorprendida.

Otra vez.

Creo que esta mujer va a terminar acostumbrándose a estar sorprendida conmigo.

Supongo que le llama la atención que use sus nombres.

Pero es mejor que decir “el príncipe” y “el rey”.

Y muchísimo mejor que decir “mi hijo” y “mi esposo”.

Todavía tengo que avanzar para poder llamarlos así con naturalidad.




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