Lo que no debió pasar

Capítulo VIII

La verdad, no pensé que la noche tan caótica que estaba teniendo pudiera volverse todavía más caótica con la llegada de mis supuestos padres, pero viendo cómo se acercan hacia nosotros, creo que serán un dolor de cabeza.

No sé quiénes son. Bueno, sé que son los padres de Anastasia porque Amir acaba de decírmelo, pero no recuerdo sus nombres, sus caras ni prácticamente nada de ellos. Lo único que tengo son pequeños detalles de Lo que no se valoró. Recuerdo que la relación de Anastasia con sus padres nunca fue buena y que tuvieron mucho que ver con su matrimonio con Amir. La presionaron para casarse, para cumplir con sus obligaciones y, eventualmente, para darles un heredero.

Parece que en mi vida anterior y en esta no tuve mucha suerte con los padres.

Pero hay algo que sí tengo claro: yo no voy a repetir patrones. Tal vez nunca tuve un buen ejemplo de cómo ser madre y mi historial tampoco ayuda mucho, considerando que llevo apenas unos días intentando acercarme a mi propio hijo, pero voy a lograrlo. No sé cómo todavía, pero lo haré.

Observo a mis padres mientras atraviesan el salón. Algunas conversaciones disminuyen a su paso y varias personas se apartan discretamente para dejarlos avanzar. Mi madre camina con la espalda recta y la barbilla ligeramente levantada, como si el lugar también le perteneciera. Mi padre permanece a su lado con una expresión completamente seria. No habla, no sonríe, ni siquiera parece interesado en las personas que lo saludan.

Solo con verlos entiendo algo.

Estos dos no vienen a traer paz.

Mi madre es la primera en mirarme. Sus ojos recorren mi vestido, suben hasta mi rostro y después bajan hacia la pequeña mano de Alek entrelazada con la mía. Se detiene ahí durante unos segundos antes de mirar a Amir.

Y sonríe.

No me gusta esa sonrisa.

—Anastasia, veo que ahora estás jugando a la familia feliz.

Ah.

Bueno.

Ni siquiera ha llegado completamente hasta nosotros y ya empezó.

Qué agradable mujer.

Miro a Amir de reojo. Su expresión se ha endurecido, pero no dice nada. Alek continúa a mi lado, así que aprieto suavemente su mano antes de responder.

—Madre. Padre. Bienvenidos. Aunque, por la reacción de todo el salón, diría que su presencia no suele anunciar precisamente cosas buenas.

La sonrisa de mi madre se hace un poco más grande.

—Sigues hablando más de lo necesario.

—Y usted sigue escuchándome, así que supongo que ambas tenemos defectos.

Por primera vez algo cambia en su rostro. Es mínimo, apenas un movimiento en sus ojos, pero lo noto.

No esperaba esa respuesta.

Mi padre, en cambio, sigue exactamente igual.

Nada.

Una roca.

Mi madre vuelve a observarme, esta vez con más atención, como si estuviera intentando encontrar algo.

—El golpe debió ser más fuerte de lo que nos dijeron.

—Estoy perfectamente, gracias por preguntar.

—No estaba preguntando.

Claro que no.

Por supuesto que no.

Sus ojos regresan hacia Alek.

—Aunque debo admitir que ha tenido resultados interesantes. De repente pareces recordar que tienes un hijo.

Mi sonrisa desaparece.

No.

Por ahí no.

—Siempre he sabido que tengo un hijo.

—Saber que existe y comportarte como su madre son cosas bastante diferentes, Anastasia.

Siento un pequeño movimiento en la mano de Alek y eso basta para que me hierva la sangre.

—Creo que ese es un asunto entre mi hijo y yo.

—¿Tu hijo? —repite con una pequeña sonrisa—. Qué rápido te acostumbraste a decirlo.

No respondo inmediatamente.

La antigua Anastasia hizo muchas cosas mal. No voy a fingir que no ocurrió solo porque ahora soy yo quien ocupa su cuerpo. Pero una cosa es reconocerlo y otra muy distinta permitir que esta mujer lo utilice para lastimar a Alek delante de mí.

—Sí. Mi hijo —repito—. Así que le agradecería que recordara que está presente antes de seguir hablando de él como si no pudiera escucharla.

Mi madre me observa en silencio.

Por primera vez desde que llegó, parece realmente sorprendida.

Solo dura un segundo.

—Qué maternal.

Ah.

Veneno envuelto en dos palabras.

—Estoy practicando.

—Se nota. Aunque unas cuantas cenas y paseos de la mano difícilmente compensan cinco años de indiferencia.

Eso sí entra.

Directamente.

Y lo peor es que no puedo decir que sea mentira.

Pero antes de que pueda responder, noto que Alek baja ligeramente la mirada.

No.

Una cosa es que yo cargue con las consecuencias de lo que hizo Anastasia.

Otra es que él tenga que escucharlas de boca de esta mujer.

—Basta.

Mi madre arquea una ceja.

—¿Perdón?

—Puede decirme todo lo que quiera cuando estemos solas. Pero delante de Alek, basta.

—¿Ahora me das órdenes?

—Cuando se trata de mi hijo, sí.

Silencio.

Esta vez es más largo.

Mi madre me mira como si intentara reconocerme y, por primera vez, siento que no está hablando conmigo como una madre que lleva tiempo sin ver a su hija.

Me está estudiando.

Y eso me pone nerviosa.

—Veo que ahora quieres ser una Valdoren —dice finalmente—. Puedes llevar su apellido y pasearte tomada de sus manos todo lo que quieras, Anastasia, pero tienes sangre Aureliev. Eso no puedes negarlo.

Antes de que pueda responder, Amir habla.

—Morgana. Alaric. Bienvenidos a mi hogar.

Ah.

Morgana.

Alaric.

Bueno.

Al menos ya sé cómo se llaman.

Y claro.

Tenían que llamarse Morgana y Alaric.

Nombres de villanos.

Aunque, por lo poco que recuerdo de ellos y por lo que llevo viendo durante los últimos cinco minutos, tampoco parece que estén haciendo demasiado esfuerzo por demostrar lo contrario.

Pero hay algo más importante en lo que Amir acaba de decir.

Mi hogar.

No “el palacio”.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.