Hay lugares en los que una entra y sabe perfectamente que no es bienvenida.
Este es uno de ellos.
No necesito que nadie me lo diga. Basta con mirar las caras alrededor de la mesa. Algunos me observan con curiosidad, otros con evidente molestia y hay uno que otro que ni siquiera intenta disimular que preferiría verme en cualquier otro lugar menos sentada aquí.
Bueno.
Tampoco puedo culparlos.
Para mí apenas han pasado unos días desde que desperté siendo Anastasia, pero para ellos han sido años viendo a una reina que no hacía absolutamente nada por su reino.
Y ahora aparezco de la nada, me siento en mi lugar y pretendo que me escuchen.
Visto desde su perspectiva…
Sí.
Yo también desconfiaría de mí.
El consejero que hizo el comentario sigue mirándome, esperando mi respuesta.
Después de tantos años ignorando los asuntos del reino, sentarse en esa silla no significa que de repente sepa cómo gobernar.
Respiro.
Bueno, Anastasia.
Primer día oficial tratando de ser una reina decente.
No la cagues.
—Tiene razón.
Varias miradas cambian.
—¿Disculpe? —pregunta el hombre.
—Dije que tiene razón. Sentarme aquí no significa que de repente sepa gobernar.
—Al menos coincidimos en algo —responde inmediatamente
Ah.
Ni siquiera me dejó terminar.
—Pero supongo que para aprender tendré que empezar por sentarme, escuchar y participar, ¿no?
—Para aprender —interviene una mujer al otro lado de la mesa—, primero tendría que aceptar que lleva siete años de retraso.
Auch.
—Lo acepto.
—Qué alivio —responde otro—. Pensé que también tendríamos que explicárselo.
Bueno.
Tranquila.
—No será necesario.
—Excelente. Así podremos dedicar nuestro tiempo a los asuntos que sí importan.
¿Perdón?
Abro la boca para responder, pero la mujer se adelanta.
—Aunque debo reconocer que verla aquí es toda una sorpresa, Majestad.
—Me estoy dando cuenta.
—¿Debemos esperar que regrese mañana o sería demasiado optimista de nuestra parte?
Escucho un pequeño murmullo.
—Regresaré.
—Eso también lo ha dicho antes.
Ah.
—Entonces esta vez lo demostraré.
—¿Cómo? —pregunta otro inmediatamente.
—Trabajando.
—¿En qué?
Me quedo callada un segundo.
¿En qué?
Pues…
En cosas de reina.
No puedo decir eso.
—En lo que me corresponde.
—Una respuesta admirablemente específica —dice la mujer.
Esta señora me va a caer mal.
—Estoy empezando.
—Después de siete años, todos lo estamos notando.
Señor.
Dame paciencia.
Porque si me das fuerza…
—Entiendo que no confíen en mí.
—No necesitamos su comprensión —dice otro consejero.
—Necesitamos resultados —añade la mujer.
—Y constancia —dice otro.
—Y conocimiento.
—Y presencia.
—Y que no abandone la sala cuando escuche algo que no le agrade.
¿PUEDO RESPONDER?
Los miro uno por uno.
—¿Ya terminaron?
—No —responde el primero.
Ah.
Bueno.
Por lo menos es sincero.
—Majestad, usted puede entrar aquí, ocupar esa silla y pedirnos que olvidemos los últimos siete años porque ha decidido cambiar.
—Nunca les pedí que los olvidaran.
—Pero espera que actuemos como si no hubieran ocurrido.
—Tampoco dije eso.
—Entonces entenderá por qué su palabra, en este momento, vale bastante poco en esta mesa.
Silencio.
Ese sí dolió.
Siento la mirada de Amir sobre mí, pero no volteo.
—Lo entiendo.
—¿De verdad? —pregunta la mujer—. Porque hasta hace poco parecía creer que ser reina consistía únicamente en llevar una corona.
—Nunca dije eso.
—No necesitaba decirlo. Sus actos fueron bastante claros.
Mierda.
Otra vez tiene razón.
—Cometí errores.
La mujer deja escapar una pequeña risa.
—Majestad, llegar tarde es un error. Olvidar una firma es un error. Ignorar durante años las peticiones de su pueblo, ausentarse de este Consejo y dejar que otros cumplan con las responsabilidades que le correspondían no son errores.
Me mira directamente.
—Son decisiones.
La sala queda en silencio.
No tengo un comentario gracioso para eso.
Porque tiene razón.
La antigua Anastasia decidió no estar aquí.
—Entonces tomé malas decisiones.
—Muchas —dice alguien.
—Durante mucho tiempo —añade otro.
—Ya entendí.
—No parece.
Ahora sí lo miro.
—¿Y cómo exactamente quiere que parezca?
El hombre se inclina hacia adelante.
—Como alguien que comprende que no merece nuestra confianza solo porque decidió presentarse esta mañana.
Eso…
Eso me calla.
Por unos segundos.
Respiro.
No puedo defenderme de siete años que ni siquiera viví.
Y tampoco puedo decirles:
Hola, en realidad soy Alessia Costa, tengo veintidós años, trabajaba de camarera y morí en un accidente. Su reina técnicamente ya no está aquí.
Así que me toca cargar con todo.
Maravilloso.
—No les estoy pidiendo su confianza.
—Entonces, ¿qué quiere? —pregunta la mujer.
—Una oportunidad para hacer mi trabajo.
—Ya tuvo siete años.
—Entonces una segunda.
—¿Y por qué deberíamos dársela?
—Porque sigo siendo su reina.
Mala respuesta.
Lo sé apenas sale de mi boca.
Y ellos también.
El primer consejero sonríe.
No.
—Ahí está.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—La Anastasia que conocemos.
Silencio.
—Cuando los argumentos no funcionan, aparece la corona.
Mierda.
—No fue eso lo que quise decir.
—Pero fue lo que dijo —responde la mujer.
—Quise decir que mientras ocupe este lugar tengo una responsabilidad con Astrelia.
—Responsabilidad que descubrió esta semana.
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Editado: 03.10.2026