Lo que no debió pasar

Capítulo XI

Han pasado dos días.

Dos.

Los mismos dos días que esa mujer del Consejo prácticamente me obligó a aceptar para presentar una propuesta decente sobre cómo reducir los gastos de las celebraciones de la Corona.

Y hoy es la prueba.

No sé por qué lo llamo prueba si técnicamente nadie va a ponerme una calificación, pero después de conocer al Consejo estoy segura de que, si pudieran, me entregarían una hoja con un enorme cero y abajo pondrían: Inténtelo de nuevo, Majestad.

Estos dos días he hecho de todo. He firmado documentos, revisado peticiones, preguntado cosas que probablemente una reina debería saber desde hace años y tratado de pasar tiempo con Alek siempre que sus millones de clases y mis millones de nuevas responsabilidades nos lo permiten.

Pero la mayor parte de mi tiempo se ha ido en esto.

Miro las hojas extendidas sobre mi escritorio.

Mi propuesta.

He revisado presupuestos anteriores, contratos, proveedores, alimentos, decoración y una cantidad absurda de gastos que me hicieron preguntarme seriamente si en este palacio decoraban hasta el aire.

—Lili.

Ella voltea.

—¿Sí, Majestad?

Levanto las hojas.

—Necesito tu opinión.

—¿Mi opinión?

—Sí. Y antes de que preguntes, no voy a nombrarte ministra.

—Qué alivio.

La miro.

—Últimamente tienes demasiada confianza conmigo.

—Usted me la ha dado.

Bueno.

Me calló.

Pero me encanta que me tenga confianza, eso significa que hemos avanzado.

—Lee esto y dime sinceramente qué piensas.

Lili toma las hojas y empieza a leer. Después de unos minutos levanta la mirada.

—No está mal.

—Lili.

—¿Qué?

—Cuando alguien empieza diciendo “no está mal”, significa que algo está mal.

Suspira.

—Quiere reducir demasiado.

—Ese es el objetivo.

—Sí, pero aquí propone utilizar menos personal contratado y más trabajadores del palacio. Ellos ya tienen otras obligaciones. Si los utiliza para las celebraciones, alguien tendrá que hacer el trabajo que dejaron de hacer.

Miro la hoja.

Mierda.

—Eso no lo pensé.

—Y yo no reduciría tanto el presupuesto de comida.

—¿Por qué todo el mundo quiere proteger la comida?

—Porque los invitados recuerdan cuando comen mal.

Bueno.

Punto para Lili.

—¿Algo que sí te guste?

—Esto —dice señalando una parte—. Utilizar proveedores de Astrelia siempre que sea posible. Algunos productos que compran en otros reinos también se producen aquí y son más baratos.

—Entonces eso definitivamente se queda.

—También podría utilizar flores de temporada y reducir decoraciones innecesarias.

Empiezo a anotar.

—Proveedores de Astrelia, flores de temporada, menos decoración innecesaria…

—Y no intente ahorrar demasiado de golpe.

Levanto la mirada.

—¿Por qué?

—Porque si promete reducir muchísimo y la primera celebración sale mal, el Consejo va a utilizarlo en su contra.

Tiene razón.

Y odio que tenga razón. Yo siempre debo de tener la razón

No.

Eso sonó muy soberbio.

—Entonces empiezo con un ahorro que realmente podamos cumplir y, si funciona, reducimos más en las siguientes.

Lili asiente.

—Eso suena mejor.

Corrijo las últimas cifras y vuelvo a entregarle las hojas.

—¿Ahora?

Las revisa rápidamente.

—Ahora sí la defendería.

Sonrío.

—¿Incluso delante del Consejo?

—No. Yo no entraría ahí ni, aunque me pagaran el doble.

—Cobarde.

—Inteligente.

Suelto una risa y recupero las hojas.

Bueno.

Dos días trabajando, varias correcciones y una Lili brutalmente sincera después, tengo mi propuesta.

Dentro de unas horas voy a sentarme frente a las mismas personas que hace dos días casi me comen viva y tendré que convencerlas de que esto puede funcionar.

Miro nuevamente las hojas.

Hoy es la prueba.

Y esta vez pienso llegar preparada.

***

Mientras estoy caminando por el pasillo hacia la reunión con el Consejo, repaso mentalmente todo lo que debo decir, cómo debo actuar, escuchar y, sobre todo, tratar de que ellos también me escuchen.

Paciencia.

Paciencia.

Paciencia.

No importa lo que digan ni cuántas veces cuestionen mi propuesta. Tampoco importa si esa mujer vuelve a mirarme como si mi sola presencia fuera una ofensa personal.

Paciencia, Anastasia.

Voy tan concentrada repasando todo que casi no noto una pequeña figura acercándose por el pasillo.

Alek.

Viene acompañado de uno de sus tutores y, apenas me ve, disminuye el paso.

—Anastasia.

—Hola, Alek.

El tutor hace una reverencia y yo miro a mi hijo.

—¿Ya terminaste tus clases?

—Sí.

—Qué afortunado. Yo apenas voy camino a que me interroguen.

Alek mira las hojas que llevo entre las manos.

—¿Vas con el Consejo?

—Sí.

—¿Por lo de las celebraciones?

Parpadeo.

—¿Cómo sabes eso?

—Papá me dijo.

Ah.

Claro.

—Pues sí. Tengo que presentarles mi propuesta y convencerlos de que no es terrible.

Alek se queda callado unos segundos.

—¿Estás nerviosa?

Abro la boca para negarlo, pero ¿para qué?

—Mucho.

Parece sorprendido.

—¿Tú?

—¿Qué significa ese “tú”?

—Eres reina.

—Los reyes y las reinas también se ponen nerviosos.

Alek baja la mirada.

—Papá no.

—Tu padre tiene una habilidad especial para parecer una estatua cuando quiere. No cuenta.

El tutor tose ligeramente para disimular una risa y Alek sonríe un poquito, pero enseguida vuelve a mirar mis papeles.

—¿Es difícil?

—Un poco.

—¿Puedo ayudarte?

Me quedo quieta.

—¿Qué?

Alek mueve ligeramente los pies y baja la mirada, como si de repente se arrepintiera de haberlo preguntado.




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