Lo que no debió pasar

Capítulo XII

Hoy decidí que no voy a hacer nada.

Bueno, nada es una palabra muy fuerte considerando que soy reina, tengo un hijo, un esposo que todavía estoy intentando descifrar y un reino que aparentemente encuentra nuevas formas de necesitarme cada cinco minutos. Pero después de sobrevivir al Consejo sin ser devorada viva, considero que me merezco por lo menos unas horas de tranquilidad.

Estoy terminando de arreglarme cuando Lili entra a mi habitación con unas prendas entre los brazos.

—Buenos días, Majestad.

—Buenos días, Lili. Antes de que digas cualquier cosa, hoy no quiero escuchar las palabras Consejo, presupuesto, reunión ni documento.

—No iba a decir ninguna.

—Excelente. Este día empieza maravillosamente.

Lili deja las prendas sobre la cama y empieza a acomodarlas.

—Aunque sí llegaron nuevos miembros del personal esta mañana.

La miro por el espejo.

—Eso no estaba en mi lista de palabras prohibidas, así que puedes continuar.

—Leopoldo está organizando todo. Llegaron algunos ayudantes para cocina, dos jardineros y tres nuevas doncellas. Una de ellas trabajará en esta parte del palacio, así que probablemente la vea seguido.

—Perfecto.

No le doy mayor importancia. Entra y sale tanta gente de este palacio que bastante tengo intentando recordar a las personas que ya conozco como para preocuparme por las nuevas.

—Parece agradable —continúa Lili mientras empieza a arreglar mi cabello—. Se llama Celia.

—Qué bueno.

Silencio.

Celia.

Sigo mirando mi reflejo.

Celia.

Bonito nombre.

No… espera un momento.

Celia.

Espera.

Mis ojos se encuentran con los de Lili a través del espejo.

—¿Cómo dijiste?

—¿Qué cosa?

—El nombre.

—Celia.

La observo. Mi cerebro escucha la palabra, la reconoce, sabe perfectamente que significa algo y, aun así, tarda unos segundos en encontrar de dónde demonios la conozco.

Celia.

Celia…

—¿Celia qué?

—No lo sé, Majestad. Solo se presentó como Celia.

Y entonces lo recuerdo.

No.

Mi espalda se endereza lentamente.

No puede ser.

—¿Cómo es?

—¿Celia?

—Sí.

—Pues… joven.

—Lili.

—¿Qué quiere que le diga?

—Cabello, ojos, altura. No sé. ¡Descríbela!

Lili deja de tocar mi cabello y me mira como si acabara de perder completamente la cabeza.

—Cabello castaño y largo, ojos claros, más o menos de mi altura…

No escucho lo demás.

Celia.

La doncella.

Esa Celia.

Me levanto tan rápido que la silla se mueve detrás de mí.

—No.

—¿Majestad?

—No, no, no.

—¿Qué pasa?

¿Qué pasa?

Nada.

Solamente acaba de llegar al palacio la mujer que termina con mi esposo después de que mi propio hijo me mata.

Todo perfectamente normal.

Me llevo ambas manos a la cabeza mientras intento ordenar mis recuerdos. Yo conocía a Celia. Bueno, no conocerla, pero había leído sobre ella. Y lo peor es que ni siquiera puedo odiarla.

Ojalá pudiera.

Ojalá fuera una mujer horrible que hubiera llegado al palacio con un plan maligno para conquistar a Amir. Sería muchísimo más sencillo.

Pero Celia era buena.

En Lo que no se valoró, ella había sido amable con Alek, respetuosa con Amir y nunca intentó meterse en el matrimonio mientras Anastasia vivía. Amir había pasado años intentando conquistar a una esposa que nunca lo quiso y Celia apareció cuando prácticamente todo estaba destruido. Ella simplemente terminó aceptando el amor que Anastasia rechazó una y otra vez.

Así que no.

Celia no me hizo nada.

Todavía.

—¿Dónde está? —pregunto.

Lili frunce ligeramente el ceño.

—¿Celia?

—Sí.

—Leopoldo está mostrándole el palacio junto con las otras doncellas.

—¿Dónde?

—Creo que ahora están recorriendo el ala este.

El ala este.

Algo dentro de mi cabeza hace clic.

No.

Espera.

El ala este.

Celia llegando al palacio.

Las telas.

El corredor.

Amir.

Oh, mierda.

Ahora sí lo recuerdo.

Su primer encuentro había sido una escena insignificante. Celia caminaba por uno de los corredores cargando unas telas, Amir doblaba la esquina y ambos chocaban. Todo terminaba en el suelo. Amir la ayudaba a recogerlo, ella casi se moría de vergüenza por haber chocado con el rey y él simplemente le decía que no pasaba nada.

Eso era todo.

Cuando lo leí por primera vez ni siquiera le di importancia. Era una escena pequeña, de esas que lees y olvidas unas páginas después.

El problema es que el libro no la olvidó.

Mucho tiempo después, cuando Anastasia ya había muerto y Amir y Celia habían terminado enamorándose, ambos recordaban ese día. Celia le confesaba que había estado tan nerviosa por haber chocado con el rey que durante semanas evitó pasar por ese corredor, y Amir se reía porque apenas recordaba las telas tiradas por el suelo.

Pero sí la recordaba a ella.

Y entonces venía esa maldita parte.

No recuerdo las palabras exactas, pero sí lo que significaban: ninguno de los dos había sabido que aquel encuentro tan insignificante terminaría convirtiéndose en un recuerdo especial para ellos.

Especial.

Mi esposo recordaba con cariño el día en que conoció a otra mujer.

Bueno.

Técnicamente todavía no.

Pero debería hacerlo.

Ay, no.

—Tengo que irme.

—¿A dónde? —pregunta Lili.

Ya estoy caminando hacia la puerta.

—Al ala este.

—¿Por qué?

Me detengo.

Porque estoy a punto de intentar impedir uno de los futuros recuerdos románticos de mi esposo con la mujer con la que debería terminar después de mi muerte.

Perfecto.

Completamente normal.

—Quiero conocer al nuevo personal.

—Hace un minuto no le importaba.

—Ahora sí.

Lili me observa con sospecha.




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