Lo que no debió pasar

Capítulo XIV

Sigo observando la carta.

No sé cuánto tiempo ha pasado ni cuánto llevo parada en medio del pasillo, pero sé que ha sido suficiente para que dos doncellas hayan pasado junto a mí y ambas me hayan mirado como si estuviera perdiendo la cabeza.

Y la verdad… quizás sí.

William.

De todos los hombres habidos y por haber en el libro, tenía que ser precisamente él.

Aprieto el sobre entre mis dedos y sigo caminando hacia mi habitación. No pienso abrir esto aquí. Bastante tengo con intentar entender qué demonios quiere como para que alguien me encuentre leyendo una carta que, por lo que recuerdo, definitivamente no debería existir a ojos de mi esposo.

Entro y cierro la puerta.

—Bien.

Dejo la carta sobre la mesa.

La observo.

—Tú y yo.

Silencio.

Por supuesto.

Es una carta.

¿Qué esperaba? ¿Que me respondiera?

Camino alrededor de la habitación intentando recordar todo lo que sé sobre William.

William.

El hombre al que Anastasia eligió mientras Amir seguía intentando conquistarla.

El hombre de las cartas.

De los encuentros a escondidas.

De las promesas.

Y, eventualmente, de la traición que Alek descubriría años después.

Pero hay un pequeño problema.

Yo sé cómo termina su historia.

No recuerdo exactamente cuándo empezó.

Miro nuevamente el sobre.

—Perfecto.

Me siento frente a él.

—Solo hay una manera de averiguarlo.

Tomo la carta.

Voy a romper el sello.

Me detengo.

No.

La vuelvo a dejar.

—¿Qué estás haciendo, Anastasia?

La agarro otra vez.

Esta vez sí.

No.

Otra vez sobre la mesa.

Por Dios.

He enfrentado a mi madre, a un Consejo lleno de hombres que prácticamente querían verme fracasar y hasta acepté que mi propio hijo estaba destinado a matarme.

¿Y me da miedo abrir una carta?

—Ridículo.

La tomo por tercera vez.

Rompo el sello antes de que pueda arrepentirme.

Desdoblo lentamente el papel.

Mis ojos encuentran las primeras palabras.

Y se me congela hasta el alma.

No dice Su Majestad.

No dice Reina Anastasia.

Ni siquiera dice simplemente Anastasia.

“Mi querida Anastasia:

Empiezo a pensar que has decidido castigarme con tu silencio. Han pasado demasiados días desde tu última carta y todavía más desde la última vez que pude verte sin tener que conformarme con observarte desde lejos.

Debo admitir que comienzo a preguntarme si estás evitándome.

¿Acaso nuestro último encuentro te hizo arrepentirte? Porque, si es así, me habría gustado escucharlo de tus propios labios y no tener que adivinarlo a través de tu ausencia. Me conoces lo suficiente para saber que nunca he sido particularmente bueno esperando. Mucho menos cuando se trata de ti.

Aunque existe otra posibilidad.

Quizá finalmente has decidido convertirte en la esposa que Amir siempre quiso.

Debo reconocer que la idea me causa cierta gracia. Después de tantos años rechazando cada uno de sus intentos por acercarse a ti, sería bastante curioso descubrir que finalmente consiguió aquello por lo que tanto insistió.

Pero no lo creo.

Te conozco, Anastasia.

Conozco la forma en que miras cuando deseas estar en cualquier lugar menos a su lado. Conozco todo aquello que jamás dices frente a los demás y también las cosas que solamente te atreves a admitir cuando estamos solos.

Por eso sé que tu silencio tiene otra explicación.

No voy a exigirte que respondas. Tampoco voy a cometer la imprudencia de presentarme en el palacio sin saber primero si deseas verme. Los dos sabemos que existen demasiados ojos observándote y que cualquier descuido podría despertar preguntas que ninguno necesita.

Pero tampoco pienso desaparecer simplemente porque has decidido ignorarme durante unos días.

Todavía recuerdo lo último que me dijiste.

Y espero que tú también.

Si has cambiado de opinión, dímelo. Lo aceptaré, aunque probablemente no me agrade. Pero si no lo has hecho, sabes perfectamente cómo encontrarme.

Esperaré tu respuesta.

William.”

Ni siquiera sé cuánto tiempo permanezco mirando la última palabra.

William.

Bajo lentamente la carta.

—Bueno…

Silencio.

—Eso fue peor de lo que esperaba.

Me levanto de la silla y empiezo a caminar por la habitación.

A ver.

Calma.

Analicemos.

Primero: se conocían.

Eso ya lo sabía.

Segundo: se escribían.

También.

Tercero: se encontraban a escondidas.

Eso ya empieza a gustarme mucho menos.

Cuarto: William sabe perfectamente que Anastasia rechazaba constantemente a Amir.

Quinto…

Me detengo.

Todavía recuerdo lo último que me dijiste.

—¿Qué demonios le dijiste?

Miro la carta como si fuera a responderme.

Nada.

Fantástico.

La antigua Anastasia podía haber dejado por lo menos un diario.

Unas notas.

Una pequeña guía titulada “Cosas que debes saber si una extraña termina ocupando mi cuerpo”.

No.

Nada.

Ahora tengo que reconstruir su vida con cartas misteriosas y recuerdos que aparecen cuando les da la gana.

Regreso a la mesa.

Vuelvo a leer algunas partes.

¿Acaso nuestro último encuentro te hizo arrepentirte?

Encuentro.

Hubo un encuentro antes de que yo llegara.

Pero no dice qué ocurrió.

Conozco las cosas que solamente te atreves a admitir cuando estamos solos.

Genial.

Eso significa confianza.




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