Lo que no debió pasar

Capítulo XV

AMIR

Supongo que, por una vez, me corresponde a mí contar esta historia.

Hasta ahora, Anastasia ha sido quien ha cambiado las cosas.

La que ha desconcertado al Consejo.

La que de repente empezó a preocuparse por el reino.

La que consiguió que nuestro hijo volviera a buscarla.

Y la que, después de siete años de matrimonio, apareció frente a mí solamente para preguntarme cuál era mi comida favorita.

Pero nadie me ha preguntado qué se siente estar del otro lado.

Qué se siente mirar a la mujer que has amado prácticamente toda tu vida y descubrir, de un día para otro, que ya no sabes cómo anticipar ninguno de sus movimientos.

Soy Amir Valdoren.

Rey de Astrelia.

Padre de Alek.

Y esposo de Anastasia desde hace siete años.

Aunque esto último siempre ha sido bastante más complicado que cualquier asunto del reino.

Nuestro matrimonio fue arreglado mucho antes de que cualquiera de los dos pudiera decidir qué quería hacer con su vida.

La diferencia es que yo nunca necesité que me obligaran a quererla.

La amaba desde antes.

Y, por desgracia para mí, nunca conseguí dejar de hacerlo.

Durante años intenté acercarme a Anastasia de todas las formas que conocía.

Fallé en prácticamente todas.

Aprendí qué le gustaba, qué odiaba, cuándo prefería estar sola y cuándo era mejor no hacer preguntas. Aprendí incluso a reconocer esa expresión que aparecía en su rostro justo antes de rechazarme.

Después nació Alek.

Y poco a poco dejé de preocuparme por conseguir que Anastasia me mirara a mí.

Solo quería que mirara a nuestro hijo.

Tampoco ocurrió.

Así que aprendí algo más.

A no esperar.

Era mucho más sencillo de esa manera.

Hasta ahora.

Porque la Anastasia que tengo frente a mí desde hace unas semanas no se parece a la mujer con la que he compartido siete años.

Y no sé qué hacer con eso.

Mucho menos cuando ayer salió de mi habitación después de hacerme decenas de preguntas, se rio conmigo como hacía años no ocurría y, unas horas después, la encontré escondiendo una carta que claramente la tenía preocupada.

No pregunté quién la había enviado.

Quise hacerlo.

Más de lo que me gustaría admitir.

Desde que salí de la habitación de Anastasia ayer, esa maldita carta ha aparecido en mi cabeza más veces de las necesarias.

La persona que escribió esto pertenece a mi pasado.

Eso fue lo que dijo.

Su pasado.

No debería importarme.

Mentira.

Me importa.

Mucho.

Pero también me dijo que no estaba haciendo nada a mis espaldas.

Y decidí creerle.

Quizá porque siempre he cometido ese error con ella.

Creer.

Esperar.

Confiar.

Durante siete años aprendí que querer a Anastasia significaba acercarme sabiendo que probablemente ella retrocedería. Preguntar sabiendo que quizá no respondería. Esperar una mirada que casi siempre terminaba dirigida hacia cualquier lugar menos hacia mí.

Y aun así nunca pude dejar de intentarlo.

Hasta que me cansé.

O eso creía.

Porque ahora ella aparece en una habitación solamente para preguntarme cuál es mi comida favorita.

Todavía no entiendo para qué necesitaba saberlo.

Mucho menos por qué parecía estar memorizando cada respuesta como si fueran asuntos de Estado.

Cordero con hierbas.

Azul oscuro.

Tarta de manzana.

Nunca nadie había escuchado con tanta atención una conversación tan absurda.

Y yo…

Me reí.

Con ella.

No recuerdo cuándo fue la última vez que ocurrió algo así.

Quizá por eso llevo toda la mañana recordándolo.

—Papá.

Levanto la mirada.

Alek está parado frente a mi escritorio.

Ni siquiera lo escuché entrar.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Un rato.

—¿Y no dijiste nada?

—Sí dije.

Frunzo el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Papá.

—Eso lo escuché.

—Lo dije tres veces.

Excelente.

Ahora también pierdo la capacidad de escuchar.

—Estaba pensando.

Alek se acerca.

—¿En qué?

—Asuntos aburridos.

—¿Del reino?

—Algo así.

No necesito que mi hijo de cinco años sepa que el gran asunto que ocupa la mente del rey de Astrelia es descubrir quién demonios le escribe cartas privadas a su esposa.

—¿Estás ocupado? —pregunta.

Miro los documentos sobre mi escritorio.

—Siempre.

Su expresión cambia.

—Ah.

Dejo la pluma inmediatamente.

—Pero puedo dejar de estarlo.

Sus ojos vuelven a mí.

—¿De verdad?

—De verdad.

Aparto algunos documentos y me recuesto en la silla.

—¿Qué necesitas?

—Nada.

—Alek.

—Quería preguntarte algo.

—Pregunta.

Empieza a jugar con sus dedos.

Conozco ese gesto.

—¿Hiciste algo?

—No.

—¿Rompiste algo?

—No.

—¿Malakor me oculta algo?

—¡No!

—Entonces deja de poner esa cara y habla.

Alek guarda silencio unos segundos.

—¿Podemos salir hoy?

—¿Salir?

Asiente.

—A montar.

Eso sí me sorprende.

—Pensé que tenías clase con Malakor.

—La cambió.

—¿Por qué?

—Tenía que hacer algo.

Malakor.

Últimamente ese hombre parece tener demasiadas cosas que hacer.

Tendré que preguntarle.

—Está bien. Podemos ir.

Alek sonríe.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Los dos?

—Si quieres.

Su sonrisa desaparece un poco.

—Bueno…

Ah.

Entonces aquí viene la verdadera pregunta.

—¿Qué?

—Nada.

—Alek.

—No te enojes.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué habría de enojarme?

Baja la mirada.

—Quería saber si…

Se queda callado.

—¿Si qué?

—Si Anastasia puede venir.

No respondo.

Durante un segundo pienso que escuché mal.




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