—¿Por qué no me das una ración extra y nos vemos en la cama? Digamos, ¿Diez minutos?
—No seas tan vulgar, hay personas alrededor.
—Soy tu esposo, la gente sabe que tenemos sexo. Es más, lo esperan. Hay que repoblar la tierra. —El rubio se carcajea y la sola idea de procrear con él, me genera fuertes arcadas de asco, que ni siquiera me molesto en ocultarle. Se iba a necesitar más que el fin del mundo para que ese engendro ponga su mano sobre mí. Él enarca la ceja fallando en su intento de seducción y lo veo acercando su dedo a mi antebrazo.
—Si me tocas, se cancela todo y te mato aquí mismo —rumio con los dientes pegados, casi castañeando entre ellos por la rabia contenida. Se arrepiente a pocos centímetros de mi piel y retira su mano.
El Dixon me guiña el ojo, se roba una fresa y sale de la fila. Permitiendo de esta forma, que el siguiente en turno, un adolescente que evidentemente nos había escuchado dada la ávida mirada de curiosidad que nos brindaba a ambos, tropezara con la mesa y casi aterriza de bruces con la comida.
Cuánto detestaba a ese hombre.
—Ya casi llegamos —expresa débilmente agarrándose para no caer.
Finalmente atravesamos la valla. Su complexión delgada me había resultado más pesada de lo que en un principio creí y la tarea fue, sin duda, mucho más dificultosa de lo que había repasado.
En otros tiempos, esto no me hubiera costado nada.
Un grupo de personas corría en nuestra dirección, asustados, sorprendidos, enternecidos... Un desfile de emociones los poseyó, incrédulos ante lo que presenciaban.
—Ella está bien... —enuncié mientras me quitaban a la mujer de encima y se le llevaban a rastras lejos de mi vista.
—¿Quién eres y dónde la encontraste? —bramó un hombre barbudo, con su mano derecha sobre su arma enfundada.
—No hay de qué —dije, seca, pero no sorprendida por el recibimiento. Después del fin del mundo, tanto los modales como la confianza en otros escaseaban.
Tampoco es como si la necesitáramos.
—¿Qué pasó? —preguntó otro hombre detrás de mí, lo cual me sobresaltó: me tenían rodeada y rápidamente ubiqué todas las posibilidades de escape. Este hombre tenía un aspecto desaliñado y notoriamente despeinado; se desplazaba con movimientos felinos, listo para protegerse en caso de que atacase.
—La encontré no muy lejos de aquí, herida y defendiéndose de los muertos; la ayudé y la traje —expliqué—. Si eso era todo, me retiro. Pueden buscar a quien más tratar de intimidar.
—No has respondido la primera pregunta —dijo con un marcado acento sureño el de la barba mirándome con curiosidad—, ¿Quién eres? ¿Vienes de Woodbury?
—¡Uy! Veo que ya conocieron al gobernador. —Pude haber elegido mejor mis palabras, porque el chiste que hice para aligerar el ambiente causó un efecto contrario y tensó a mis interrogadores. Provocó que el castaño de la barba sacara su arma y me apuntara a la cabeza. Sabía que solo buscaba para dejar mi cuerpo muerto tendido en el suelo—. No soy de Woodbury, pero conozco al imbécil. Esperaba otra clase de agradecimiento, considerando que fui yo quien la cargó hasta aquí, y de no ser así no estaría viva.
Mis palabras surtieron algún efecto en ellos puesto que sus expresiones se relajaron, pero mantuvieron la misma actitud de atención, como esperando que yo hiciera algo ya que no se preocuparon en bajar el arma.
—Realmente ya hice lo que debía y no tengo ganas de que oscurezca sin encontrar refugio, tengo un largo camino. Hasta la vista —me despedí girando y encaminándome a la salida, desesperada por alejarme de aquella prisión lo antes posible. El chico que vigilaba la reja de entrada llevaba un sombrero, debía tener algunos trece o catorce años y me observaba interesado mientras me acercaba a la puerta.
—¡Espera! —gritó una jovencita rubia. Seguí avanzando, haciendo de cuenta que no era conmigo —. Carol quiere verte, y a ti también, Rick. —Bufé y me detuve unos segundos; en serio no tenía ánimo de atravesar los muros. Mientras más lejos me encontrara de allí, mejor.
—No creo que sea conveniente —le digo a ella.
—Carol dice que es importante —la chica fue más intencional con su voz al dirigirse a mi mientras seguía dándole la espalda—, y dice que no te atrevas a irte sin pasar a verla. Si no vienes, vendrá ella misma y está muy débil para bajar. —Durante nuestras largas conversaciones de camino a la prisión, había enfatizado varias veces mis intenciones de seguir explorando las rutas hacía el noreste. No tenía las pistas suficientes, pero en este punto debía comenzar a guiarme de mi intuición ya que no contaba con ningún otra brújula. Ella conocía bastante bien mis deseos y alguna de mis debilidades, le resultaba demasiado fácil jugar con mi mente, aunque no fuera de manera consciente.
Y yo lo permitía.
Lo sopesé un momento, pero dado que Carol había sido la mejor sorpresa en meses, me pareció incorrecto irme sin decir adiós. Decidí seguir a la muchacha y tras de mí, los dos hombres me vigilaban muy atentos. Cerré mis manos en dos apretados puños, lista para cualquier eventualidad.
Atravesamos el patio y me condujeron al bloque C. No me agradaba para nada estar sola con ellos; hasta ahora había contado a los dos hombres, la joven rubia y el niño. Al entrar al edificio, divisé a una desconocida con hermosas rastas, a un anciano con muletas y a dos hombres más con uniformes de la prisión; los miré de arriba abajo, no me parecían familiares.
Esto iba de mal en peor a cada segundo. Al menos tenía que pelear con cinco de ellos si las cosas se ponían color de hormiga.
Subimos unas escaleras y alcancé a ver a la recién llegada recostada en una de las literas. Estaba débil y demacrada, pero era de esperar luego de deambular sola por el bosque quien sabe por cuánto tiempo. La encontré deshidratada, exhausta y casi moribunda. Al verme, se esforzó en levantarse y, con una seña, le indiqué que no era necesario.