Podría darle un cabezazo a quien me apuntaba. Los otros tres hombres frente a nosotros iban a responder con disparos y posiblemente herir a Daryl, quien estaba a pocos centímetros de mí. Incluso, puede que una de sus balas me alcance.
Sin embargo, con él lesionado en el suelo y no estorbando, mis posibilidades de pelear cuerpo a cuerpo, desarmarlos y ganarles a los cuatro hombres aumentaban considerablemente.
—¿Conoces a mi hermano?
—¿Conocerlo? —se burló uno de los guardias—, a esta perra le encantaba como Merle le daba por las noches. —Hizo chuecos movimientos de cadera y todos rieron sonoramente. Ni siquiera me molesté en prestar atención a burlas cargadas por su poca autoestima, mantuve mis salvajes pensamientos computando el mejor próximo movimiento. Si huía ahora, volver a ver a Merle se volvería una realidad lejana. Descubrir que seguía vivo era un regalo, tendría la oportunidad, que antes desperdicié, de completar mi misión. Prefería jugar las cartas que tenía a mano, al menos hasta que pudiera llegar a él.
—¡Vamos! —espetó Martínez quitando de su funda mi fiel pistola y pasándosela a un don nadie a su lado—, el gobernador querrá ver esto. —Antes de continuar y al igual que Daryl, el don nadie me cateó asegurando cualquier otra de mis armas.
Me grabé su rostro, tenía que saber con quién ir cuando fuera a recuperarlas.
Nos llevaron a una apestosa jaula donde seguro, anteriormente había errantes, los trozos de pellejos y miembros estaban por doquier. Daryl se fue a una esquina oscura, lo más humanamente apartado de mí mientras yo, tramaba fríamente la mejor forma de matar a Merle sin dispararle en la cabeza.
—¿Realmente eres esposa de mi hermano?
—No creas todo lo que escuchas —dije observando a mi alrededor maquinando una potencial salida.
—Pero lo conoces y no dijiste nada.
—De haber sabido que era tu hermano te habría disparado en el momento en que te vi. —Respiré, no era justo hacer que Daryl pagara por los pecados de Merle— Él si mencionó a su hermano marica que posiblemente estuviera muerto. —Lo miré de arriba abajo—, No me pareces marica, pero si tienes pinta de hombre muerto y dentro de poco lo serás.
No dijo nada.
—Sé por dónde salir —murmuré—, si tienes la oportunidad, busca al sureste del pueblo una casa de ladrillos y puerta de acero. Puedes atravesar el patio y llegar a un río a cuatrocientos metros, en esa área casi no hay errantes y te será fácil. Sigue por el río al este y llegarás a la prisión. —Me examinó con desconfianza— Si no hay de otra, vete sin mí.
—¡Por supuesto que lo haré! —escupió con desdén—, no arriesgaré mi trasero por ti.
—Te lo digo, porque si tengo la oportunidad, me iré sin ti. —Él hizo un movimiento de cabeza con el cual parecía estar de acuerdo con nuestro convenio.
El tiempo seguía transcurriendo y mi mente visibilizada los escenarios donde podíamos encontrarnos. Vinieron por nosotros y el cañón tan cerca de mis ojos impidió mi primera estrategia de escape. Nos ataron de manos y colocaron bolsas sobre nuestras cabezas, alcancé a ver a Daryl tratando de luchar antes de que cubrieran mi vista. En otra circunstancia sabía que podía con todos ellos y posiblemente, ellos también lo sabían, razón por la cual se movían con tanta cautela. Nos obligaron a caminar y a medida que nos acercábamos, la voz del gobernador se escuchaba con más claridad y pude deducir nuestro destino.
—Tengo miedo de los terroristas que quieren lo que tenemos —exclamaba el líder—, quieren destruirnos. Y es peor, porque uno de ellos, es uno de los nuestros. ¡Merle! El hombre con quien yo conté, en quien confié, él los trajo. Él los dejó entrar, fuiste tú, quien mintió y nos traicionó. Este es uno de los terroristas. El hermano de Merle —la audiencia pronunciaba sonoras exclamaciones de asombro y desprecio — y la esposa de Merle, que ya sabemos lo que nos hizo. —En ese momento me quitaron la bolsa de la cabeza y logré ver al hombre de mano de hierro.
—Nina —murmuró el de mano de hierro. Lo miré y sin poder evitarlo, le sonreí. Creo que fue allí cuando la mierda se vino abajo. El gobernador seguía su pequeño discurso, incitando a la masa a la violencia. No podía prestar atención a los detalles, la mirada de odio de mi supuesto esposo confirmaba que aún me guardaba rencor y que intentaría matarme la menor oportunidad.
—Te pregunté a quién serías leal, dijiste que a nosotros. Bueno, pruébalo, pruébaselo a todos. El ganador es libre y decidirá el destino de la mujer. Lucharán a muerte —sentenció el hombre soltándolos en una arena, ahora notaba, que solo poseía un ojo.
Los dos hermanos comenzaron a librar una férrea batalla. Era demasiado fácil descifrar el deseo de la audiencia, ellos gritaban por muerte. Poco les importaba quien sobreviviera, pero definitivamente uno de ellos debía caer. Segundos después, agregaron un par de errantes para hacer de la pelea algo más feroz.
El guardia me agarraba con su mano firmemente aferrada a la parte trasera de mi cuello y me mantenía muy pegada a él. No era de mi agrado pensar que Merle podría sucumbir en manos de su hermano, pero al mismo tiempo, no me negaría el placer de contemplar un duelo para el que ninguno de ellos estaba preparado.
De repente un disparo le dio a uno de los muertos y una bomba que me parecía bastante familiar, comenzó a echar humo. El gentío asustado corrió a refugiarse mientras otras detonaciones apagaban las luces y nos sumía en una profunda oscuridad. Aproveché la confusión para liberarme, le di un codazo en las costillas al guardia seguido por un simple golpe a su nariz con el talón de mi mano. Ubiqué al don nadie que todavía tenía mis armas y atravesé la arena, él me vio muy tarde y solo pudo apuntarme sin realmente darme, ya que tomé el cañón de la pistola y lo apunté al cielo, arrebatándoselo de las manos, así como el resto de mi arsenal.
En el gentío, me dediqué a buscar al mayor de los Dixon cuando una bala me dio en el hombro derecho. El dolor perforó mi cuerpo como un rayo eléctrico, la ensordecedora agonía se ramificó con rapidez a otras partes, inmovilizándome temporalmente.