El silencio fue lo peor.
No los gritos.
No la palabras.
El silencio.
La puerta se cerró con un golpe seco
que resonó en toda la casa.
Después... nada.
Gael no se movió.
Seguía de pie, en el mismo lugar,
mirando hacia donde Elena había
estado segundos antes.
Como si en cualquier momento fuera
a volver.
Pero no volvió.
El aire se sentía pesado.
Irrespirable.
Miró a su padre.
Pero él le dio la espalda.
Como si nada hubiera pasado.
Como si eso... fuera normal.
Y tal vez lo era.
pero Gael sabía que esta vez... no
había vuelta atrás.
—No piensas hacer algo...? —
preguntó, con la voz tensa.
— Ya se acabó, Gael. Ella lo decidió
así... —respondió Gabriel, sin mirarlo.
—¡Pero aún hay tiempo!
No esperó respuesta.
Abrió la puerta.
Salió del departamento con
Una única idea en la cabeza: encontrarlas.
El pasillo estaba en silencio...
pero no por mucho tiempo.
Una puerta se entreabrió.
—¿Pasa algo? —pregunto una voz
desde adentro.
Otra puerta se abrió más lejos.
Miradas.
Susurros.
Como si todos hubieran estado
escuchando.
Gael apretó la mandíbula.
—¿Vieron a mi mamá...? ¿A Elena?
Nadie respondió.
Bajó las escaleras rápido.
Demasiado rápido.
No pensaba.
No respiraba.
Solo corría.
Y afuera..
nada.
Ni voces.
Ni pasos.
Ni señales.
Solo la noche.
A lo lejos, alcanzó a ver un vehículo
alejándose.
Gael apretó los dientes.
Algo dentro de él se quebró de
nuevo.
Porque esa vez... ya no había dudas.
Se habían ido.
Y lo habían dejado atrás.
—¿Por qué...? —murmuró, con la voz
rota—. ¿De verdad se fueron...?
Y las lágrimas cayeron sin que
pudiera detenerlas.