Con la partida de mi abuela, lo poco que me sostenía se vino abajo. No quedaba nadie. Mi familia, la que debía cuidarme, jamás fue un refugio. Y ahora que Ana ya no estaba, me siento más sola que nunca. Perdida en un mundo que no ofrecía ni una mano, ni una palabra, ni una casa donde pudiera ser yo sin miedo. A veces pensaba que si desaparecía, nadie lo notaría. Nadie me llamaría, nadie preguntaría cómo estaba. Si Estaba viva… pero era como si no existiera.
Esa soledad fue callendo hondo, al punto de empujar me hacia decisiones desesperadas. Quería sentir algo, lo que fuera, con tal de no sentir ese vacío. Empezé a rodear me de personas que no me querían bien, pero al menos estaban ahí. Confundió compañía con cariño, afecto con dependencia, amor con dolor. Entregué partes de mí que no sabía proteger, porque nunca me enseñaron cómo hacerlo. Me callé cuando debía irse. Se quedó cuando todo gritaban que corriera. Porque en el fondo, sentía que eso era lo único que merecía.
Mi salud también empezó a quebrarse. No dormía. No comía bien. Mí cuerpo comenzó a pasar factura por todo lo que mí alma venía cargando. Vivía con ansiedad, con ataques de pánico que nadie veía. Y si alguien lo notaba, ella solo decía: “estoy bien.” Porque siempre aprendió a aguantar, a sonreír mientras se caía por dentro.
Y lo más triste era que, aun en medio del dolor, seguía esperando que su familia apareciera. Que su madre preguntara por ella, que su padre la buscara, que alguien dijera: “te necesitamos.” Pero ese momento no llegaba. Y eso dolía más que cualquier herida física. Porque cuando nadie te sostiene, aprendes a sobrevivir… pero a un costo muy alto.