Con el tiempo entendí que no podía esperar ternura de ella. Que cada vez que intentaba acercarme, recibía indiferencia o enojo. Y entonces comencé a sentirme extraña en mi propia casa, como si no perteneciera allí. Veía a otras niñas correr hacia los brazos de sus madres con la certeza de ser amadas, mientras yo aprendía a medir cada gesto, cada palabra, para no provocar otra explosión.
Esa distancia me enseñó a desconfiar de todos. Si mi propia madre, la persona que me trajo al mundo, no podía mirarme con amor, ¿cómo iba a esperar que alguien más lo hiciera? Crecí creyendo que había algo malo en mí, que yo era la culpable de su enojo, de sus golpes, de sus palabras hirientes. Y esa culpa me persiguió como una sombra, se convirtió en un peso que cargaba día y noche.
Nunca tuve una conversación de esas que sanan, nunca me dijo que estaba orgullosa de mí. Nunca hubo un “te quiero” sincero que pudiera guardarme en el corazón. Y esa ausencia de amor maternal me dejó un vacío tan grande, que durante años busqué llenarlo en lugares equivocados, en personas equivocadas, entregando más de lo que debía, aceptando menos de lo que merecía.