El príncipe daba vueltas en su lecho, incapaz de encontrar descanso. Su mente estaba llena de recuerdos de su amigo: las conversaciones, las risas, la última vez que lo vio consciente.
Ahora, saberlo herido e inconsciente le llenaba el corazón de preocupación y culpa, preguntándose si había hecho todo lo posible por ayudarlo.
De vez en cuando, se levantaba y se asomaba por la ventana de piedra, mirando como la luna apenas iluminaba las flores y fuentes silenciosas, y el tiempo parecía inmóvil, suspendido entre la angustia y la esperanza.
El príncipe rezó en silencio por la sanación de su amigo y esperó, con los ojos abiertos y el alma inquieta, que el amanecer trajera buenas noticias.
La noche empezaba a ceder y, poco a poco, la primera luz de la mañana se filtraba entre las altas ventanas del palacio. El príncipe, con los ojos cansados por la preocupación y el insomnio, observó cómo los rayos dorados pintaban de esperanza las frías paredes de piedra. Un leve murmullo invadió los pasillos; todo parecía despertar lentamente tras la incertidumbre nocturna.
Mientras afuera la vida retomaba su curso y en el interior del castillo una tenue esperanza comenzaba a brillar.
Después de concluir sus aseos matutinos, Amram se detuvo un momento junto al ventanuco. El primer sol se colaba a través de la piedra y las sombras del reloj se deslizaban por las losas del suelo, señal de un nuevo día.
Inspiró profundo el aire fresco de la alborada, buscando fuerzas en la rutina y en el silencio dentro del Castillo, donde aún reposaba el aroma de las hierbas y las piedras húmedas.
Una brisa fría cruzaba el pasillo, trayendo consigo el eco de pasos lejanos.
Sin perder tiempo, caminó hasta la habitación donde estaba su amigo. Su corazón latía con esperanza: deseaba encontrarlo mejor, quizá ya despierto, reconociendo señales de recuperación.
En la penumbra, la presencia de su amigo era débil pero tranquila. Amram se acercó, colocó una mano en la frente del enfermo y aguardó unos instantes en silencio, dejando que la luz suave de la mañana envolviera la escena.
Amram aguardaba junto a su amigo, mientras el haga Mayor, solemne, entraba despacio. Al ver al príncipe en la estancia, el haga Mayor se inclinó reverentemente, como dictaban las costumbres del reino.
Luego, dirigiéndose a Amram, comentó en voz baja: 'La fiebre ha cedido, pero aún sigue inconsciente'. La atmósfera se aligeraba con esperanza, mientras el aroma de las hierbas y el silencio matinal rodeaban a todos.
Amram acercó una silla y se sentó junto a su amigo, observando sus leves movimientos y su débil respiración.
Después de expresar varias palabras y recordar varias vivencias Amram salió del cuarto de su amigo y se dirigió, aún conmovido, hacia el centro del patio del palacio, donde se encontraba "El Ensinar", conocido por todos como 'La Paz Interior'. Ese lugar había sido construido por su padre, el Rey, en honor a su madre Vapsi, mucho antes del nacimiento de Amram.
Las primeras luces de la mañana caían sobre la soberbia estructura de piedra y sobre la pequeña cascada artificial, reflejando en el agua la imagen de los jardines y la nostalgia profunda que invadía a Amram.