Adira: ¿Es por el joven verdad, verdad? Últimamente te veo pensativa…
Amira (tímidamente): No… Bueno, sí, tal vez x los 2. A veces no entiendo lo que siento.
Amira (tímidamente): No… Bueno, sí, tal vez x los 2. A veces no entiendo lo que siento.
Adira (con una sonrisa comprensiva): El corazón es complicado, hija, pero recuerda que siempre puedes hablar conmigo.
Amira asintió, agradecida, mientras la conversación se deslizaba hacia otros temas más ligeros y ambas disfrutaban del almuerzo en casa.
Madre: ¿Qué deseas para tu
Amira (pensativa): No sé, mamá, la verdad... Creo que este año me gustaría algo diferente. Tal vez, un camello.
Madre (sorprendida, dejando de cortar los pepinos para la ensalada): ¿Un camello? ¿De verdad quieres un camello para tu cumpleaños, Amira?
*Amira: no le gustaba la ensalada de ningún tipo.
Amira (sonriendo, divertida): ¡Sí! Imagínate, podríamos ir a pasear por el desierto. Siempre quise tener uno propio.
Madre (preocupada, baja la voz): Amira... sabes que la mayor parte del desierto le pertenece a los paltas. Es muy peligroso aventurarse ahí, podrían verte como una intrusa.
Amira (suspira, algo resignada): Lo sé, mamá. Pero a veces sueño con lo que hay más allá de las dunas...
Madre (con ternura): A veces, los sueños más grandes necesitan paciencia. Ya llegará tu momento, hija.
Madre (con voz seria): Pues no deberías soñar con lo que hay más allá de las dunas porque allá no hay nada bueno.
Amira (curiosa): ¿Cómo lo sabes?
Madre (evadiendo, mintiendo): Solo por... Porque allá se encuentra el reino enemigo.
Adira (desviando la conversación, tajante): Se enfría tu almuerzo.
Amira (sorprendida): Mamá...
Madre: Voy a bañarme y después almuerzo.
Amira (pensativa, mira su plato): Siempre cambias de tema cuando hablo de lo que hay más allá del desierto...
Adira (disimulando, sirviendo agua): Porque hay cosas que es mejor no mencionar, Amira. Así es como los mayores protegemos a los nuestros.
Amira (con voz baja): ¿También me protegerías aunque quisiera saber la verdad?
Madre (desde la otra habitación): Hay verdades que pesan más que la arena. Algún día, lo entenderás.
... No mucho tiempo después ...
Era una tarde calurosa y el sol se derramaba intensamente sobre las llanuras. Sentada en la terraza superior, Adira se sumía en sus pensamientos mientras el calor acariciaba su piel. Antes de distinguir la silueta de su esposo aproximándose a lo lejos, una inquietud la ocupaba: ¿cuál sería el destino de su hija? ¿Tendría ella el valor necesario para revelar aquella verdad guardada?
De repente, la presencia de su esposo rompió su trance. Adira se levantó con el corazón encogido, bajó a abrirle la puerta y lo recibió con un abrazo lleno de emociones mezcladas. "Bienvenido, mi cielo", susurró, abrazándolo con fuerza y ocultando en su pecho todas las preguntas que aún no se atrevía a pronunciar.
El sol apenas comenzaba a ponerse cuando el padre de Amira llegó a la casa, sus pasos eran lentos y pesados tras un largo día en el palacio.
Amira, junto a la ventana, vio cómo su madre se adelantaba con una sonrisa.