Las luces del gran salón los reciben cálidamente. Al entrar, sus majestades los esperan en la mesa decorada, rodeados de cortesanos atentos.
Samgar (con respeto): Agradecemos la invitación, su majestad.
Amira (con voz firme pero humilde): Vengo a pedir perdón a su alteza, si de algún modo le falté al respeto.
Un silencio se hace en la sala mientras las miradas se posan sobre Amira...
Amira siente, en silencio mientras observa la mesa de la cena, que cada vez más el destino le confirma una amarga sospecha: tal vez el príncipe solo siente lástima por ella, y no un verdadero interés. Estos pensamientos la invaden justo en el momento más desafiante de la noche, haciéndola dudar de sí misma, pero también dándole fuerza para mostrarse digna y sincera ante todos.
Su Alteza guarda silencio y no le contesta a Amira. Esto puede generar una sensación de incomodidad e incertidumbre para el personaje, porque a veces el silencio dice más que las palabras y puede transmitir desaprobación o simplemente indiferencia.
Amira, al ver que Su Alteza no le contesta, siente una mezcla de incomodidad y vergüenza. Sus mejillas se sonrojan ligeramente y mantiene la cabeza baja, intentando mantener la calma y la compostura. El silencio de la sala pesa sobre ella, pero aún así se esfuerza por mostrarse digna y respetuosa, convencida de que hizo lo correcto al pedir perdón, aunque no reciba respuesta.
El rey (con hospitalidad), dice: Tomen asiento. Les ofrezco un vino de los viñedos de Meraa.
Al escuchar esto, Amira sonríe intencionalmente, buscando aliviar la tensión con ese gesto amable. Su Alteza percibe la sonrisa, pero aparta la mirada, guardando sus propios pensamientos: “¿De qué se ríe ella?”
La madre de Amira también nota la expresión de su hija.
Por dentro, no puede evitar pensar: "Por Dios, Amira, contrólate". Ese pensamiento refleja la tensión y el deseo de mantener la compostura frente a la realeza.
Durante la cena, las conversaciones fluyen entre los invitados y el Rey, pero Su Alteza parece estar en otro mundo, ausente y distante. Amira percibe que el ambiente no le agrada y siente que la velada se hace interminable. Está deseando marcharse, contando los minutos para poder escapar de ese ambiente incómodo. La noche, aunque larga, se convierte para Amira en una experiencia de aprendizaje sobre sí misma y sobre la distancia emocional de quienes la rodean.
La noche sigue avanzando y, finalmente, la cena termina. Amira se despide con educación, aún con el deseo de salir cuanto antes del palacio. Al cruzar las grandes puertas hacia el jardín iluminado por la luna, respira hondo y siente que una parte del peso de la noche se levanta de sus hombros.
Mientras camina junto a su familia de regreso a casa, sus pensamientos están llenos de dudas, pero también de una nueva determinación.
Amira llega a casa sintiéndose aún inquieta. Se encierra en su habitación, donde por fin puede dejar caer la sonrisa forzada y permitirse un suspiro profundo.
Mientras se quita los zapatos y mira por la ventana, piensa en todo lo sucedido: el silencio de Su Alteza, la actitud distante durante la cena, y la incomodidad que sintió durante toda la noche.