Antes de regresar a casa, tras la cena, Amira se aparta de la mesa y sale al balcón del comedor. El aire de la noche acaricia su rostro mientras su mirada se pierde en el más allá, intentando encontrar calma tras tantas emociones. Antes de que pueda ordenar sus pensamientos, escucha unos pasos suaves tras ella. Es el príncipe.
—¿Podemos hablar? —pregunta con voz tranquila.
Amira )asiente, un poco sorprendida): Claro, su Alteza.
El príncipe la mira con sinceridad y baja un poco la voz.
Se despide con una leve pero cortés inclinación, y se aleja sin mirar atrás.
Amira se queda inmóvil, atónita y con el corazón encogido. Quiso decir muchas cosas, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. El eco de las frases hirientes del rey aún retumba en su mente, y la tristeza le pesa en el pecho como clavos. Mientras sus padres, ignorantes de lo ocurrido, se despiden del rey, Amira se pregunta: “¿Qué significa todo esto para mí?”
Amira (herida, pensó): "Primero se muestra amable, y luego tan cruel. No creo que me ame, solo está jugando con mis sentimientos." Las lágrimas brotaban por su rostro, y aunque intentaba detenerlas, era inútil. Logró calmarse un poco justo al llegar sus padres, ajenos a lo que había pasado.
—Hija, despídete de su majestad, ya nos vamos —dijo su madre.
Amira se inclinó reverente, murmuró: —Paz y larga vida para usted, y para el reino.
—Que así sea —contestó el rey amablemente.
En el camino de regreso Amira se mantuvo callada. Su padre reía alegre, su madre fingía una sonrisa pero la observaba, inquieta. Al llegar a casa, Amira anunció: —Voy a dormir, estoy cansada.
Se dejó caer en la cama y lloró amargamente hasta que sus ojos se hincharon. Su madre, preocupada, fue a su habitación una vez que el padre dormía. La abrazó, secó sus lágrimas y también lloró un poco.
—Mi tesoro, no llores. Mamá te ama. Dime qué te pasa.
Amira soltó el llanto, por fin libremente, y el consuelo de su madre comenzó a aliviar su corazón.
La madre se sentó al borde de la cama y abrazó a Amira suavemente, acariciando su cabello empapado de lágrimas.
Adira (voz dulce): Mi tesoro, no llores. Mamá está aquí. ¿Por qué sufres tanto?
Amira (susurrando entre sollozos): Es que… no entiendo, mamá. El príncipe… primero fue amable y luego tan frío.
Sentí que… sólo quiere hacerme daño, que yo no le importo.
Madre: Ay, hija. El corazón de los jóvenes a veces es desconcertante. Pero tú eres fuerte y valiosa. Nada debe hacerte dudar de quién eres.
Amira: Me duelen sus palabras, y también lo que dijo el rey. Es como si todo fuera culpa mía.
La madre la abraza con más fuerza y sus lágrimas se mezclan con las de su hija.
Adira: No, Amira. Nada de esto es culpa tuya. Soy tu madre y sé que tu corazón es bueno. Llora lo que necesites. Yo siempre te amaré y estaré contigo, pase lo que pase.
Amira (llorando pero con alivio): Gracias, mamá. No sé qué haría sin ti.
Su madre le besó la frente y se quedó allí hasta que Amira, poco a poco, se fue quedando dormida en sus brazos.
La madre, con los ojos llenos de lágrimas, acarició el cabello de Amira y pensó en silencio: "La verdadera culpable soy yo por esconderle la verdad. No quiero que mi hija sufra por mi culpa, pero... ¿qué hago? Si supiera cuánto la amo, si supiera que todo lo hice intentando protegerla... ¿Sería capaz de perdonarme algún día?"