Por primera vez en mucho tiempo, su padre no tenía el rostro descansado: compartía anécdotas del pasado y apreciaba la presencia cálida de su familia. El sonido de las cucharas y el aroma de la comida llenaban la cocina, creando un momento de armonía simple, donde todos sentían que aquel día era diferente y lleno de esperanza para el futuro.
La madre de Amira sonrió mientras removía la comida: —Falta ya una semana para el cumpleaños de nuestra princesa, mi cielo. Y sabes cuál es el regalo que ella pidió... ¡Un camello para pasear en el desierto!
El padre, sorprendido, levantó las cejas y preguntó en tono divertido: —¿En serio, un camello? Bueno, eso será todo un desafío, pero por mi niña, lo consideraré.
La cocina se llenó de risas, y por un momento todo fue alegría y complicidad familiar.
Amira sonrió y no dijo nada más, dejando que la calidez del momento hablara por ella. Sus padres intercambiaron miradas llenas de ternura y siguieron compartiendo la cena, disfrutando de esa tranquilidad especial que parecía envolverles aquella noche.
Esa noche, tras la cena familiar llena de sonrisas y tranquilidad, Amira y sus padres decidieron irse a dormir temprano, disfrutando del silencio y la paz de un día especial.
Esa misma noche, mientras todos dormían, una suave lluvia comenzó a caer sobre el techo de la casa. Amira, despertando por el murmullo de las gotas, se levantó y fue silenciosamente a la sala. Desde la ventana vio cómo el jardín se llenaba de pequeños charcos relucientes bajo la luz de la luna. Pronto, su madre, Adira, se le unió con una manta, y juntas tomaron una taza de leche caliente en silencio, compartiendo un instante de complicidad y tranquilidad, escuchando la lluvia y sintiéndose protegidas en su hogar.
Adira cubrió suavemente los hombros de Amira con la manta y, con voz baja, le preguntó si había algo en su corazón. Amira, mirando las luces de la lluvia reflejadas en el cristal, pensó en su reunión con Serag, en el rechazo de Amram y en el deseo secreto de sentirse comprendida. Sin decir palabra, apoyó la cabeza en el hombro de su madre, quien le acarició el cabello en silencio. Madre e hija permanecieron así un rato, escuchando la lluvia, dejándose arrullar por la tranquilidad de la noche y la certeza de que, aun sin palabras, su vínculo era profundo y cálido. Cuando el sueño las venció, regresaron juntas a sus habitaciones, sintiéndose acompañadas y en paz.
Al día siguiente, Amira se despierta temprano y encuentra a sus padres ya levantados y preparando un desayuno especial. Aprovechan para salir al jardín juntos, donde conversan sobre diversos temas.
Esa misma mañana en el Palacio...
Jacob, el Rey (con la voz temblorosa): Hijo, escucha lo que los Paltas han enviado esta mañana...
(Despliega la carta y la lee en alto) “Esto no termina aún, pagarás por todo.”
Amram (con asombro y preocupación): Padre... ¿Cree que nos atacarán de nuevo? Ahora tiene dos motivos para buscar venganza. La muerte de su hijo y... La de mamá.
Jacob (cerrando la carta con fuerza): No podemos bajar la guardia. Hay que alertar a los guardias y aconsejar al pueblo que esté atento. Nadie está a salvo mientras esta amenaza permanezca.