(Amira sostiene el collar y, tras admirarlo un instante, se lo devuelve a Serag con una sonrisa triste):
Amira: Serag, te lo agradezco de corazón, pero es demasiado lujoso para mí. No puedo aceptarlo.
Serag (con ternura): Amira, de verdad me haría muy feliz que aceptaras el collar. Lo elegí pensando en ti, y nada me gustaría más que verte llevarlo hoy.
Amira (dudando, finalmente sonríe): Está bien, Serag. Si es tan importante para ti, lo aceptaré. Gracias.
Serag (entusiasmado): ¿Me permites ponértelo yo mismo?
Amira (asiente, un poco tímida): Claro...
(Serag se acerca y cuidadosamente rodea el cuello de Amira con el collar, cerrándolo tras su nuca. En ese instante, la puerta se abre de golpe y entra el príncipe. Al ver la escena, su rostro cambia y, dominado por los celos, camina decidido hacia Serag.)
Amram (con voz firme, celoso y autoritario): ¡Aléjate de Amira ahora mismo!
Serag retrocedió sorprendido, mientras Amira los miraba a ambos, atrapada entre el inesperado conflicto y la emoción del momento.
Sin protestar, Serag se retiró, lanzando una última mirada a Amira. Una vez que quedaron solos, Amram, incapaz de ocultar su molestia, se acercó y preguntó:
-¿Por qué permitiste que ese joven se te acercara?
Amira lo miró directamente a los ojos, serena, y respondió:
-¿Por qué te preocupa eso?
El príncipe baja la mirada, dudando.
Amira (con voz temblorosa y ojos llenos de dudas): Hace poco dijiste que yo no te interesaba... ¿por qué esa opinión cambió tan rápido?
Amram, en silencio, se acercó hasta que Amira quedó recostada contra la pared. Al estar muy cerca, con voz profunda, confesó:
Príncipe: Porque te amo y no quiero perderte.
Amira, sintiendo un nudo en la garganta, lo miró sorprendida. Amram intentó besarla, pero Amira apartó el rostro con firmeza.
Amira (llorando): ¡No, no te atrevas!
Y, sin dudarlo más, salió de la habitación con lágrimas en los ojos y pasos apresurados.
Amram quedó totalmente desconcertado y herido tras la reacción de Amira. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la mano aún extendida en el aire y la mirada perdida donde ella estuvo. La confesión que acababa de hacerle parecía pesar en el ambiente, pero el rechazo de Amira lo dejó sin palabras.
Después, bajó lentamente la cabeza, sintiendo una mezcla de tristeza, frustración y arrepentimiento, comprendiendo que sus propias contradicciones habían roto la confianza entre ambos. El silencio en la habitación reflejaba su soledad y el miedo a haber perdido para siempre a Amira.
El príncipe salió de la habitación y caminó hacia el patio intentando ocultar la tormenta de emociones que lo invadía. Su paso era firme pero su mirada delataba su inquietud.
Jacob (el Rey), lo observó y notó enseguida su extraño comportamiento, acercándose para preguntarle qué ocurría.
Sin embargo, Amram no respondió; se limitó a bajar la cabeza, perdido en sus pensamientos.
Dentro de su mente, las dudas lo atormentaban: ¿Quién era realmente ese joven que se atrevió a acercarse tanto a Amira? ¿Por qué ella había valorado más un obsequio de aquel desconocido que cualquiera de los detalles que él, el propio príncipe, había tenido con ella? Estas preguntas no encontraban respuesta, aumentando su inseguridad y celos.
Jacob, al notar el silencio y la inquietud de su hijo, lo observó con gesto severo pero comprensivo. Se acercó y, sin levantar demasiado la voz, le dijo: