Lo que no se perdona 1

Capitulo 14 "Entre La Ley, La Voluntad Y El Deber"

Amram la mira sorprendido, sin palabras. El rey, al notar el conflicto, se vuelve inquieto y observa a los jóvenes atentamente.

Poco a poco, la música se detiene y las personas dejan de bailar, sumidas en el inesperado silencio de la noche, expectantes ante lo que ocurrirá a continuación.

La madre, tratando de aliviar el ambiente tenso, ordenó que sirvieran la comida.

Pronto aparecieron bandejas con aromático cuscús adornado con verduras asadas y pasas, bandejas con cordero tierno en salsa de especias, dátiles rellenos de almendras y pequeños panes recién horneados.

El dulce aroma del azafrán y la canela se esparció por el salón, invitando a los invitados a sentarse y compartir la mesa.

Entretanto, Amira, aún afectada, se retiró a una esquina, y Leyla, solidaria, se levantó para seguirla, buscando acompañarla en ese momento de emoción.

Amram permaneció el resto de la noche en silencio, la vergüenza reflejada en su rostro.

El rey, evidentemente molesto porque la joven le gritó a su hijo frente a todos, apenas probó bocado y su ceño fruncido marcó el resto de la celebración.

El ambiente continuó tenso, con los comensales conversando en voz baja y mirando de reojo a los protagonistas de la escena.

Tras la cena, los padres de Amira se pusieron de pie y agradecieron a todos por su presencia con una emotiva charla de despedida.

Sus palabras buscaron calmar el ambiente y recordar la importancia de la familia y la amistad.

(Adira pide que se sirva el postre).

Se presenta en una bandeja de plata ornamentada, los dátiles rellenos de nuez dorados al horno lucen lustrosos, cubiertos con una miel ámbar que brilla bajo la luz de las velas. Pétalos de rosa descansan delicadamente sobre cada pieza, mientras el aroma del agua de azahar y el sésamo tostado llena el aire. El contraste entre la suavidad del dátil, el crujiente de la nuez y el toque floral crea una experiencia digna de un banquete real.

Cada bocado es un homenaje a la hospitalidad y la elegancia de la mesa árabe ancestral.

Los invitados, aún saboreando los últimos bocados y risas de la noche, compartían impresiones alrededor de la mesa iluminada con la luz de las antorchas.

Invitado 1 (relamiéndose los labios, comentó con entusiasmo): Huhm, qué comida más sabrosa.

Invitada 2 (agregó, con una sonrisa cómplice): Y también, la más abundante... ¡Y el vino, ni hablar!

Adira miro a Amira la cual estaba sentada junto a la mesa central, con el rostro sereno, tan estática como una estatua de marfil.

Ni el rey ni su joven príncipe rompieron el silencio; el primero, escondido tras su barba blanca, observaba pensativo el vaivén de los invitados, mientras el príncipe sólo jugaba con el borde de su copa, perdido en pensamientos que parecían viajar más allá de la realidad.

Nadie se atrevía a alzar la voz para interrumpir aquella pausa etérea. El eco del último baile pesaba en el ambiente, y aunque las luces y los aromas de la fiesta seguían vivos, algo distinto flotaba: un misterio, una palabra no dicha, una mirada esperada entre la joven y el príncipe.

Nadie sabía qué ocurriría después, pero todos, hasta el rey, sentían que algo importante pronto se revelaría.

Adira (tratando de alivianar el ambiente): Toda persona de buen gusto elegirá siempre lo mejor.




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