Lo que no se perdona 1

Capitulo 17 "No Puedo, No Debo"

(Su voz ya no es serena. Es plana, rota x una emoción contenida durante años).

Samgar: Quién es el padre de Amira?

Un sollozo ahogado escapa de Adira.

Samgar (Acercándose un paso, su silueta se impone): X qué? X qué siempre me lo ocultaste? Durante dieciocho años... Siempre has evadido mi pregunta.

Adira (Lágrimas estrangulan su voz, Habla entrecortada): Lo siento... Lo siento, Samgar. Pero no puedo... no puedo decírtelo.

Ella se derrumba. No hacia el suelo, sino hacia él. Se aferra a su túnica, enterrando su rostro en su pecho, un torrente de llanto silencioso y desesperado sacude su cuerpo.

Samgar no la abraza. Permanece rígido, serio, mirando al vacío x encima de su cabeza. Su corazón es un campo de batalla entre el amor que le tiene y el dolor de un secreto guardado en el corazón de su esposa.

Tras un momento que parecía eterno, pone sus manos en sus hombros. Con suavidad, pero con firmeza, la separa de él, la ayuda a incorporarse.

Samgar (Una palabra cargada de fatiga infinita): Basta.

Da media vuelta. Camina hacia la escalera que lo llevan a las habitaciones superiores de la casa. Es un hombre roto.

Adira (Su voz lo detiene. Es un susurro cargado de agonía):

Si tan solo supieras... Si tan solo supieras cuánto he sufrido. Cada día. Cada noche. Viviendo con este miedo.

Samgar se detiene, pero no se vuelve. Escucha.

Adira: Te lo juro, Samgar. Te lo juré el día que me aceptaste a mí y a una niña que no era tuya. Todo lo hice para protegerla. Para proteger nuestra familia.

En ese momento, un sonido CLARO y METÁLICO resuena arriba.

TING... TING-TING...

Algo ha caído por las escaleras de madera. Una pulsera, la pulsera que Leyla la amiga de Amira le regaló en su cumpleaños, rueda hasta detenerse a los pies de Samgar.

Ambos miran la pulsera. Luego, lentamente, alzan la vista hacia lo alto de las escaleras.

Amira está en el rellano superior. Porta un vestido sencillo y está pálida como la cera. Sus ojos, enormes y llenos de un dolor recién descubierto, miran fijamente a sus padres.

Las lágrimas ya no corren. Está congelada en un shock absoluto.

Se ha despertado. Ha escuchado. Casi todo.

Samgar (Una exhalación, un nombre convertido en un lamento): Amira!

El sonido de su nombre la libera. Amira parpadea. Da un paso atrás. Luego otro. Su respiración se acelera.

Amira, sin decir una palabra, da media vuelta.

Sube los últimos peldaños que la separan de su habitación a toda prisa.

Cierra la puerta de golpe, no violento, sino definitivo. Y se encierra con llave.

Samgar y Adira se quedan abajo, en la oscuridad, separados x no muchos metros y x un abismo de secretos y dolor reventado.

Samgar mira la puerta cerrada de arriba. Luego mira a Adira, cuya figura se funde con las sombras.

Finalmente, mira la pulsera en el suelo, el frágil símbolo de la vida que han construido y que acaba de hacerse añicos.

La carta, arrugada, sigue apretada en su otra mano.

Y sin pensarlo 2 veces...

Samgar (sube corriendo las escaleras): Amira! Abre la puerta, hija! Necesitamos hablar.

Adira hace lo mismo

(Samgar golpea suavemente la puerta de Amira).

(Desde el otro lado de la puerta todo está en silencio).




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