Lo que no se perdona 1

"Elara..."

Un grito ahogado recorre la multitud. Todas las miradas se dirigen hacia Amram, que se pone pálido al escuchar el anuncio. Sabe que el Rey lo ha puesto en una situación dificil, pero también sabe que no puede elegir a Amira.

Amram recuerda el edicto real, una ley que ya esta vigente. Aprieta los puños con furia.

El Rey ha revelado su juego, pero no ha tenido en cuenta el edicto real. Se siente humillada y utilizada, pero también aliviada de no ser elegida por obligación.

Leyla mira a Maroum con desesperación. Sabe que su amor sigue siendo imposible, pero al menos Amram no elegirá a Amira, lo que alivia un poco.

El Rey sonríe con satisfacción, esperando que Amram no elija a Amira. Recuerda el edicto, pero cree que puede ignorarlo.

Badriyyah, consciente del edicto, observa a Amram con preocupación. Sabe que el Príncipe está en una situación delicada.

Amram observa a las doncellas, su mirada recorriendo sus rostros condetenimiento. No busca la belleza superficial, sino la bondad y la inteligencia. Finalmente, su mirada se detiene en una joven llamada Elara, la arpista que tocó una melodía nostálgica al inicio de la Competencia de Talentos.

Amram se acerca a Elara, su rostro serio pero amable.

Amram: Elara, tu música me ha conmovido profundamente. Tu talento y tu gracia son un regalo para nuestro reino. Te elijo como mi concubina.
*Elara: A sus veinte años, es una figura marcada por el peso de ocho años de cautiverio. Secuestrada de su hogar en Paltania, un reino desértico donde la música era un eco de resistencia, a la temprana edad de doce años, su vida se ha desenvuelto en la sombría existencia de ser un juguete del Rey Jacob.

El palacio, más que un hogar, es una jaula de oro donde su voluntad ha sido sistemáticamente erosionada.

Sus ojos verdes, que antes reflejaban la inmensidad de los cielos del desierto, ahora son pozos de observación profunda.

Han aprendido a leer las atmósferas cargadas, a anticipar la furia y a discernir las intenciones ocultas tras cada palabra del Rey. La experiencia de ocho años en este ambiente hostil ha agudizado su inteligencia, convirtiéndola en una observadora silenciosa y perspicaz.

Su cabello castaño claro, a menudo recogido para cumplir con sus deberes, guarda la arena de su tierra natal, un vestigio tangible de una vida que le fue arrebatada, y cuya memoria es un bálsamo frágil en la dureza de su presente.

El arpa, ese oasis sónico en el desierto de su cautiverio, es su confidente y su herramienta más poderosa. Sus melodías se tejen complejas y cargadas de significado. Las composiciones de Elara no solo expresan el dolor de una infancia truncada y la esperanza de un futuro incierto, sino que también codifican mensajes sutiles.

Ha desarrollado una forma de resistencia activa a través de la música, utilizando ritmos y secuencias de notas para comunicarse de forma velada, un lenguaje secreto para aquellos que sepan escuchar, una chispa de Palta que se niega a extinguirse.

Su dócil y reservada apariencia es una coraza cuidadosamente cultivada durante años de aprendizaje forzado en la supervivencia.

Pero bajo esa fachada, un corazón inmensamente grande y sentimental sigue latiendo, marcado por las cicatrices de una niñez robada y una juventud vivida en la opresión.




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