El príncipe, imponente, la observaba. No había calidez en su mirada, solo la gravedad del hombre que había sopesado los reinos y los deberes antes de tomar una decisión que trascendía los deseos personales. Esperaba su respuesta, ese sí que cimentaría la paz y la alejaría del amor que él realmente ansiaba.
Elara respiró hondo, intentando apaciguar el torrente de emociones que amenazaba con desbordarla. El arpa, su confidente, estaba lejos; ahora, solo le quedaba la fuerza de su propia voluntad, o la falta de ella. El sabor amargo del deber y la derrota se posó en su lengua, un regusto metálico que intensificaba la frialdad del momento.
Elara (Con la voz quebrada por la resignación, incapaz de oponer resistencia física o verbal a la avalancha que la arrastraba, pronunció las palabras que sellaban su destino, despojadas de toda verdadera voluntad, bajo la sombra del deber que ahora los unía): "Para mi... será un honor ser tuya, Alteza."
Las palabras, aunque formalmente correctas, flotaron en el aire cargadas de una tristeza abisal. No eran un sí de entrega, sino un juramento a la resignación, un reconocimiento de que su anhelo se había estrellado contra el muro del deber. Su propia elección, la que ella había deseado —casarse por amor—, se había desvanecido para siempre ante la necesidad de cimentar la paz del reino, y por la sombra de aquel que una vez la hizo prisionera.
Ahora, ese mismo rey, a través de su príncipe, la reclamaba de nuevo, no como botín, sino como su doncella oficial, una posición que la ataba a su lado de una manera que sonaba a una crueldad poética.
Su presencia era un recordatorio de su deber, de la alianza que ahora él sellaba con ella, una unión forjada no en la pasión, sino en la necesidad.
...
El príncipe, ante su respuesta, asintió levemente. Quizás captó la grieta en su voz, la sumisión forzada tras la máscara de cortesía. Un instante de silencio se cernió entre ellos, un espacio donde la verdad desnuda —la de su amor por otra, la del deber que lo había llevado a elegirla, la de la renuncia de Elara a su sueño, y la crueldad de un pasado compartido— se hizo más palpable que nunca.
"Pobre joven, eligida x deber... dicen que el Príncipe ama a la hija del Jefe de Defensa del reino" replicó una señora con voz apagada.
Los sonidos, bajos y disimulados entre la algarabía general, perforaban la calma forzada de Elara. Eran las primeras gotas de una lluvia constante de desdén. "Será su sombra, la que recoja las migajas de su mesa. Mientras la verdadera amada, Amira, tendrá que conformarse con la lealtad indirecta... si es que la hay..." comento una 2da señora con un tono de lástima fingida.
El miedo la atenazaba; no era solo el temor a la cercanía sin amor, sino la visión clara de lo que le deparaba el futuro no muy lejano. Qué espera de mí?, se preguntó con un hilo de desesperación. Seré su confidente secreta, su consuelo silencioso mientras él suspira x otra?
Sabía que los susurros y comentarios discretos del pueblo, que apenas llegaban a sus oídos desde la distancia, ya anticipaban su humillación. Incluso desde aquí, casi podía percibir las murmuraciones, los comentarios apenas audibles que se desprendían de la multitud congregada.
"FIN DEL CAPITULO 26"