Amram sentía el peso del cetro en sus manos antes incluso de empuñarlo formalmente. La elegancia y la búsqueda de esposos para las doncellas, el propósito central del festival, parecían ahora una distracción frívola ante la gravedad de la situación.
Su mente, sin embargo, no estaba en las doncellas ni en los pretendientes. Estaba en la necesidad apremiante de reafirmar su autoridad. Los consejeros de su padre, muchos de ellos venales oineficaces, necesitaban una sacudida. Y luego estaba Amira. El nombre de la hija del Jefe de Defensa resonaba en sus pensamientos, una melodía prohibida por un edicto real, una barrera que se negaba a aceptar.
Fue entonces, en la quietud tensa de la noche que se cernía, que la antigua ley, casi olvidada, brilló en su memoria. Una esperanza, un resquicio legal.
Una forma de tenerla cerca, de hacerla parte de su círculo íntimo, y quizás, solo quizás, de ganarse su afecto sin desafiar directamente la voluntad de su padre. La decisión se cristalizó en su mente, audaz y arriesgada.
Mientras que... Maroum, el Jefe de los Guerreros, con su influyente presencia en el pueblo y su ambición velada, se dirigía al palacio. La petición de Samgar, el Jefe de Defensa, de ir al palacio para "informarse" sobre el Rey, era solo una pieza en el complejo ajedrez que Maroum estaba jugando. Él había instigado esa petición, usándola como tapadera para sus propios fines.
La salud del Rey era una excusa legítima, pero sus "otros planes" eran la verdadera razón de su visita.
Al llegar a las cámaras de guardia, Maroum, aunq' no era el principe del reino, portaba una autoridad extraña, una que venía del pueblo y de su propia astucia. Un guardia, reconociéndolo por su influencia, lo escoltó.
Guardia: Señor Maroum. Su presencia es esperada. El Príncipe os aguarda en las salas de deliberación privadas.
(Amram lo habia observado venir desde el balcón y habia enviado un guardia a recibirlo).
Maroum asintió, su expresión estudiada. Entró en las salas, donde el príncipe lo esperaba, sentado a una mesa, rodeado de pergaminos y con la luz de las antorchas proyectando una luz intensa y a la misma vez cálida sobre su rostro joven y tenso.
Amram (Al verlo entrar, se levantó, aunque con un ligero tropiezo de debilidad): Maroum. Gracias por venir con tanta premura. La noche es propicia para la claridad. "Me informaron que veníais por el estado de mi padre".
Maroum (Inclinándose respetuosamente, con una sonrisa servil que no llegaba a sus ojos): Alteza. Así es. La salud de Su Majestad el Rey es una preocupación para todo el reino. El pueblo está inquieto. Y yo, como servidor de la estabilidad, vengo a ofrecer mi apoyo y a informarme de primera mano.
Amram (Su mirada se volvió penetrante, captando la dualidad en las palabras de Maroum): El Rey se recupera lentamente. Su dolencia es seria, pero no incapacitante para el reino. El reino necesita una mano firme, Maroum. Y esa mano, ahora, soy yo.
Maroum (Asintió, su voz suave pero firme): Comprendo, Alteza. Y el pueblo confía en que así sea. La lealtad al trono es primordial. Pero la lealtad también se gana con hechos, con un liderazgo que inspire confianza. El incidente del Rey ha creado un vacío que muchos desean llenar. El festival, con su ostentación, no oculta la fragilidad del poder.
"FIN DEL CAPITULO 30"