Lo que no se perdona 1

"Atenciones..."

Samgar tomó el cuenco, sintiendo la calidez en sus manos y el aroma balsámico de la medicina. Aceptó la ayuda de su esposa, un pequeño consuelo en medio de la tormenta.

Amira, testigo de la escena, se sentó en una silla cercana, su mirada perdida en la nada. La humillación del edicto del Príncipe Amram, la pregunta sin respuesta sobre la identidad de su padre biológico, y la repentina revelación de su enfermedad y partida inminente, la habían dejado emocionalmente agotada.

Sentía un vacío en el pecho, como si todas las capas de su vida se estuvieran desmoronando, dejándola expuesta y sin rumbo.

Amira: (Con voz temblorosa, mirando a sus padres) Papá, mamá... necesito descansar. Voy a mi cuarto. Mañana me espera un día largo.

Adira (Asintiendo de inmediato, con la voz suave): Por supuesto, linda. Madre te va a acompañar hasta arriba. Luego bajaré de inmediato adonde tu padre.

Samgar (Levantando la mirada, su voz ronca por la fatiga): Ve sin problema, hija. Ya estaré bien.

Amira asintió, una débil señal de gratitud en sus ojos, y comenzó a subir las escaleras, seguida de cerca por Adira.

Amira, seguida por Adira, entró en su habitación. La luz de las antorchas del festival se filtraba tenuemente a través de los cristales, pero dentro, el ambiente era más íntimo, más cargado de secretos. La ventana estaba abierta, y una ligera brisa movía las cortinas, como si trajera consigo los ecos de lo que había sucedido en el festival y las tensiones del reino.

Amira se dejó caer sentada en la cama, la fatiga del día y la inquietud por el edicto de Amram pesando sobre ellas. Adira se sentó a su lado, su rostro reflejando una profunda preocupación. Habían compartido un momento de alivio al llegar a casa, pero la conversación sobre el futuro y las implicaciones del edicto se cernía sobre ellas.

Adira (Con la voz suave, pero cargada de seriedad, tomando la mano de Amira): Mi princesa bella... quiero ser breve.

Amira levantó la mirada hacia su madre, sintiendo la gravedad en su tono. La frase de Adira, envuelta en una dulzura inusual, la preparó para una revelación que intuía importante.

Amira: (Con un nudo en la garganta, la voz baja pero firme) Te escucho, mamá.

Adira apretó la mano de su hija, sus ojos llenos de una mezcla de afecto y pesar. La verdad que llevaba años guardando ahora se sentía como una carga insoportable.

Adira: (Respirando hondo, sus palabras medidas) Sé que lo que te espera a partir de ahora no es nada fácil.

Y tú no tienes la culpa de nada. Más que nadie, tú y yo lo sabemos. Pero debes saber que puedes contar conmigo para lo que sea. Soy tu madre y te amo con la vida.

Los ojos de Adira se llenaron de lágrimas, pero también de una determinación serena.

...

La noche está avanzada. El aire era fresco y el silencio solo fue interrumpido por el crepitar de las antorchas, cuyas llamas proyectan sombras alargadas sobre el techo de placas de piedra y madera. Amira, a sus dieciocho años, se encontraba conversando con su madre sentada en su cama... conversando.

... CONTINUARÁ ...




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