Adira: Descansa, mi niña. Mañana será otro día. Y recuerda... siempre estaré aquí para ti.
Con esas palabras resonando en el aire, Adira se levantó suavemente de la cama. Le dio a Amira una última mirada cargada de amor y preocupación, y luego salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado, dejando a Amira sola con sus pensamientos, el peso del y la tenue calidez del collar en su cuello.
Ella... cerró los ojos, la fatiga ganando la batalla contra la inquietud. Las imágenes del festival, las palabras del Príncipe Amram.
Amira se tumbó en la cama, el suave peso del colgante contra su piel, un recordatorio tangible del amor de su madre se arremolinaban en su mente. Finalmente, el cansancio la venció. Amira se dejó llevar por el sueño, un sueño incierto, teñido por los secretos que aún rodeaban su vida.
Y ese sueño la envolvió en una escena de desesperación. Se vio a sí misma en medio de una violenta pelea. Su madre, Adira, luchaba ferozmente contra un hombre sombrío y amenazador. Los gritos de Adira resonaban en la oscuridad: "¡No me la arrebates!
¡Ella es mía!" El hombre, con una fuerza implacable, forcejeaba con Adira, intentando separarla de ella. Amira sintió el pánico apoderarse de su pequeño cuerpo, la impotencia de ser un objeto disputado.
En un momento crítico, el hombre logró zafarse de la defensa de Adira y la agarró con fuerza, arrebatándola bruscamente de los brazos de su madre. El grito de Adira se ahogó en la oscuridad mientras Amira era arrastrada lejos, la imagen de su madre, con el rostro descompuesto por el horror y la impotencia, grabándose a fuego en su memoria.
En ese instante, Amira se despertó bruscamente. La habitación estaba en penumbra, el silencio de la noche solo roto por los latidos acelerados de su propio corazón. Era de noche todavía. Miró a su alrededor, buscando la seguridad familiar de su entorno, pero la imagen de ser arrebatada, de perder a su madre, la perseguía. La angustia era demasiado intensa.
El terror del sueño, la sensación de ser arrancada de la seguridad, la venció de nuevo. Se acurrucó bajo las mantas, buscando consuelo en la oscuridad, y se volvió a dormir, esperando que el amanecer trajera consigo un respiro de las pesadillas que la atormentaban.
...
Más tarde, después de haber dejado a Amira en su habitación y asegurándose de que estuviera relativamente tranquila para descansar, Adira regresó al comedor donde Samgar seguía intentando encontrar algo de alivio.
Adira (Acercándose a él, su voz teñida de preocupación): Todavía te duele la cabeza, Samgar?
Samgar levantó la vista hacia ella, sus ojos buscando un consuelo que la infusión solo había aliviado parcialmente.
Samgar (Con un leve gruñido, frotándose las sienes): Un poco. El cansancio... y las preocupaciones del reino... Aún me pesan.
Adira (Acercándose y acariciando su mejilla): Lo sé. Te he preparado otra infusión más fuerte. Y quizás un poco de ungüento para tus sienes. Necesitas recuperarte.