Lo que no se perdona 1

"Continuación..."

Samgar levanta la vista lentamente. Sus ojos reflejan un cansancio que va más allá de lo físico.

Samgar: No es la cabeza, Adira. Es el alma. Cada día que ella pasa bajo el techo del príncipe Amram, siento que el aire se me agota. Es un hombre peligroso, y ella... ella es demasiado inocente para entender la clase de juegos que se traen en ese palacio.

Adira (Se sienta frente a él, bajando la voz): Amira es más fuerte de lo que crees. Ha aprendido a moverse entre las sombras del palacio con mucha más destreza que otros.

Samgar (Con amargura): No es su destreza lo que me preocupa, es su destino. Cada vez que la miro, veo sombras que no puedo controlar. A veces me pregunto si el hecho de que ella no lleve mi sangre es lo que hace que el destino sea tan cruel con nosotros.

Adira se tensa, mirando hacia el pasillo superior que lleva a las habitaciones, asegurándose de que nadie escuche.

Adira: No digas eso. Ella no sabe quién es su verdadero padre, y es mejor que siga siendo así. Para ella, tú eres el único hombre que la ha protegido, el único que ha estado ahí.

Samgar (Con un hilo de voz): Pero ella lo sabe, Adira. Lo veo en sus ojos cuando me mira. Hay una distancia, una pregunta silenciosa que nunca se atreve a formular. Y ahora, al trabajar para el príncipe Amram, temo que alguien en ese palacio descubra lo que nosotros hemos intentado enterrar durante dieciocho años. Si el príncipe llega a saber quién es ella realmente... no habrá infusión en el mundo que pueda calmar este dolor.

Samgar intenta decir algo, pero Adira lo interrumpe con un gesto firme de la mano.

Adira: Lo mejor es que te acuestes y descanses. Mañana te espera tu misión como jefe de la defensa en el palacio; necesitas tener la mente clara y el cuerpo fuerte. No puedes permitirte flaquear ante los hombres que están bajo tu mando.

(Samgar exhala un suspiro largo, derrotado por la firmeza de su esposa. Se pone en pie con lentitud, apoyándose en el borde de la mesa de madera).

Samgar (Con voz baja, casi un susurro): Espero que tengas razón, Adira. Espero que mi instinto se equivoque y que el palacio no sea el lugar donde todo se derrumbe.

Adira (Sin mirarlo, comienza a recoger unos recipientes de la mesa para evitar que él note su nerviosismo): Yo me quedaré un rato más aquí abajo. Debo preparar las cosas para Amira, organizar sus ropas y asegurar que todo esté listo para cuando ella despierte. Ve a dormir, Samgar.

Samgar la observa un instante, con una mezcla de duda y resignación. Finalmente, asiente y comienza a caminar hacia las escaleras, dejando a Adira sola en la penumbra del comedor.

Adira se queda inmóvil, escuchando los pasos de su esposo alejarse. Cuando el silencio vuelve a reinar, ella se lleva una mano al pecho, donde hace apenas unos minutos guardaba el colgante, y exhala un suspiro de alivio, aunque sus ojos siguen fijos en la oscuridad de la entrada.

Adira se queda sola en el comedor. La única antorcha que queda está a punto de extinguirse, proyectando sombras largas y danzantes sobre las paredes de piedra. Ella permanece inmóvil, con la mirada perdida en la llama que parpadea, mientras el silencio de la noche se vuelve casi insoportable.




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