Lo que no se perdona 1

"Te Amo... Papá"

Adira se gira hacia el guardia y hace un gesto de asentimiento. Sin mirar atrás, comienza a caminar junto al soldado, dejando a su esposo y a su hija sumidos en un mar de preguntas sin respuesta.

Adira (Piensa, mientras camina por el pasillo real): Él sabe. Jacob lo sabe. No me ha mandado llamar por el ungüento... me ha mandado llamar porque el tiempo de las sombras ha terminado. Dieciocho años de espera se reducen a este pasillo."

El guardia se detiene frente a las enormes puertas de madera de cedro de los aposentos reales.

Adira tambien lo hace y un recuerdo cálido vuelve a ella.

Recuerdo...

"Seis años... Tenía apenas seis años. Recuerdo el frío del mármol bajo mis pies descalzos y el olor a incienso de mirra que siempre impregnaba este pasillo.

(En su mente, la imagen se vuelve nítida: ella, una niña pequeña con un vestido sencillo, parada frente a esta misma puerta, sintiéndose diminuta ante la inmensidad del palacio).

Adira tocaba juguetonamente la puerta... Adira niña: Abreme papa. Quiero verte. Danae la reina aun viva: Querida Adira por favor tu padre no tiene tiempo para atenderte ahora volvamos mas tarde.

Adira, niña (Algo enojada): Yo quiero verlo ahora.

De repente la puerta se abre y Jacob joven rey sale con el rostro sonriente acostumbrado a ello.

Jacob joven: Ven aqui mi pequeña Adira. La toma en sus brazos y le da un pequeño beso en la mejilla.

Adira, niña (sonrie y dice): Te amo papa. Danae sonrie con gratitud. Y luego el recuerdo se desvanece y ella vuelve en si.

El recuerdo se desvanece como el humo de una antorcha al viento, dejando a Adira con el corazón latiendo con una calidez que hace años no sentía. La imagen de aquel Jacob joven, lleno de vida y amor paternal, contrasta brutalmente con la realidad que le espera tras la madera de cedro.

Guardia: ¿Se encuentra bien, señora Adira? ¿Está lista para entrar?

(Adira parpadea, obligando a sus ojos a enfocar el presente. La nostalgia se transforma en una coraza de acero. Asiente con un movimiento seco y, con una mano firme, empuja la pesada puerta. El chirrido de las bisagras suena como un lamento en el silencio del pasillo).

Al cruzar el umbral, el aire cambia. Huele a hierbas medicinales, a incienso amargo y a la decadencia de un poder que se desvanece. Jacob está sentado en un sillón de respaldo alto, envuelto en mantas de lana fina. Su rostro, surcado por las arrugas y la palidez, parece una máscara de piedra. Pero son sus ojos los que detienen a Adira en seco: una mirada fija, profunda y cargada de un dolor que va más allá de sus heridas físicas.

(Es una mirada que no solo le da la bienvenida a la estancia, sino que la invita a adentrarse en el abismo de su soledad. Hay una barrera invisible entre ellos, un muro de secretos y años de distancia que se alza en la habitación como una presencia física).

El guardia cierra la puerta tras ella, dejando a Adira sola con el Rey. Ella avanza lentamente, sus pasos sobre la alfombra persa son casi inaudibles. Cada metro que recorre parece pesarle como si cargara con el peso de la historia que ambos comparten.

Adira (Su voz suena pequeña, casi irreconocible en la inmensidad de la estancia): Majestad... me han dicho que su salud esta bien pero que esta herido y he traído algo que podría ayudarle.




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