(Amira siente un escalofrío. "Mañana", piensa ella. Es la misma palabra que su madre susurró antes de irse al palacio (aunque ella no lo sabe). Hay una corriente subterránea de secretos que ella no puede tocar, pero que puede sentir en el aire).
Amira: Cree realmente que la paz es posible? Que dos reinos que se han odiado durante generaciones pueden simplemente... olvidar?
Amram (Con una sonrisa triste): La paz no es olvidar, Amira. Es decidir que el futuro es más importante que el pasado. Pero para eso, necesitamos gente nueva. Gente como tú.
(Salen al estrado. La multitud estalla en vítores. El Príncipe Amram se sienta en su trono, y tal como prometió, señala el asiento a su izquierda. Amira, con las manos temblorosas, toma su lugar. Desde allí arriba, tiene una vista perfecta de la entrada principal del palacio).
(En ese momento, las trompetas resuenan con un tono grave y solemne. Anunciando... que el festival iba a comenzar).
... Algunos Minutos Antes ...
El sol de la mañana sobre Baddish no traía calidez, sino una luz blanca y despiadada que se filtraba por los arcos de piedra de la plaza. El aire estaba cargado con el aroma de los lirios del desierto, las flores favoritas de la difunta reina Vapsi.
Es difícil, mi señor —respondió ella, ajustándose el velo—. Siento que el Rey me observa como si yo fuera una intrusa en su propio duelo.
A pocos metros, Adira se mantenía en un segundo plano, con las manos cruzadas sobre su regazo. Sus ojos, sin embargo, no estaban en el altar de Vapsi, sino en el Rey. Ella sabía que el equilibrio de Baddish dependía de un hilo: el secreto que ella había ayudado a ocultar.
Amram caminaba con paso firme, pero sus ojos buscaban constantemente a su padre. A su lado, Amira sentía el peso de la mirada de los cortesanos. Como consejera, su presencia allí era una declaración de intenciones de Amram, pero ella notaba algo extraño: el Rey Jacob no la miraba con desdén, sino con una mezcla de terror y odio contenido.
—Hoy no es un día de política, Amira —susurró Amram, notando la tensión de su consejera—. Hoy es el día en que recordamos a mi madre. Intenta no parecer tan... alerta.
Jacob se acercó al centro de la plaza, apoyándose con violencia en su bastón. Su rostro era una máscara de dolor, acentuado por la resaca de la noche anterior. Se detuvo frente al retrato de Vapsi, y luego, con una lentitud deliberada, giró la cabeza hacia Amira.
—Vapsi siempre decía que la verdad es como el viento del desierto —dijo el Rey, con una voz ronca que apenas se escuchó por encima del murmullo de la multitud—. Puedes intentar cerrar las ventanas, pero siempre encuentra una rendija por donde colarse.
Amram frunció el ceño, confundido por el tono de su padre.
Mientras que, la multitud se miraban unos a otros confundidos x el extraño enigma del rey.
Y Jacob ignoró la reacción de su hijo. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en los de Amira. Él sabía quién era ella. Sabía que cada rasgo de su rostro era un insulto a la memoria de Vapsi y una sentencia de muerte para el reino si el enemigo descubría dónde estaba su heredera.
—Dime, consejera —dijo el Rey, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder—Crees que los muertos descansan en paz cuando sus secretos siguen caminando entre nosotros?