Adira dio un paso al frente, su voz cortante como el acero.
—Majestad, el sol está en su cenit. Es hora de comenzar el rito.
El Rey soltó una carcajada seca, casi un sollozo.
El rito... sí. Honremos a Vapsi. Honremos a la mujer que murió protegiendo lo que yo ahora desearía haber destruido.
Amira sintió un escalofrío. El Rey no hablaba de la reina; hablaba de ella. El silencio que siguió fue absoluto. En la plaza de Baddish, bajo el retrato de una reina muerta, el soberano acababa de lanzar una advertencia que solo dos personas en esa plaza comprendían del todo.
En el estrado, Baddriyyah, la encargada de dirigir el festival, se adelantó. Su voz, profunda y curtida por los años, se alzó por encima del murmullo de la ciudad, silenciando incluso el viento del desierto. Comenzó a recitar, y sus palabras cayeron como piedras en un pozo profundo:
"De las hijas del sol, de las que no doblan la rodilla,
de las que tejieron la historia con hilos de sangre y seda,
cantamos a las que enfrentaron al león en su propia guarida,
a las que fueron escudo cuando el mundo se volvía hoguera.
Mujeres de Baddish, de alma indomable y paso firme,
que en la memoria del tiempo, su nombre es estandarte.
Oh, Vapsi! Reina de las dunas, luz que no se extingue,
tu valor es el eco que hoy nos invita a recordarte."
El nombre de la difunta reina quedó suspendido en el aire, provocando un suspiro colectivo en la plaza. Baddriyyah extendió sus manos hacia el cielo, sus ojos recorriendo a los presentes con una solemnidad que rozaba lo sagrado.
—¡Que el recuerdo de nuestra soberana sea la guía de este día! —proclamó Baddriyyah, con una fuerza que hizo vibrar el aire— ¡El Festival de las Doncellas ha comenzado!
La música de los tambores estalló, pero para Amira, el sonido fue un golpe seco en el pecho. Mientras la multitud comenzaba a danzar, ella vio cómo el Rey Jacob, apoyado en su bastón, se tambaleaba.
Amira sintió un vacío en el estómago. La duda, que había estado creciendo como una semilla en la oscuridad, floreció con una certeza aterradora: ella no era una extraña para el Rey. Ella era el secreto que el Festival intentaba ocultar.
Quién soy yo para él, madre? — se preguntó Amira—. ¿Por qué el Rey me mira como si yo fuera un fantasma que ha vuelto para reclamar su trono?
... El estrado de las sombras ...
El Rey Jacob se había incorporado finalmente a su trono, un asiento de madera tallada que parecía más un cadalso que un lugar de honor. A su derecha, Samgar permanecía sentado, rígido como una estatua de basalto, con la mano apoyada sobre la empuñadura de su cimitarra. No miraba a la multitud; sus ojos, fríos y calculadores, seguían cada movimiento de Amira desde la distancia.
Abajo, en la explanada, Adira se había integrado con el grupo de las madres de las doncellas. Su postura era impecable, pero sus dedos, ocultos bajo los pliegues de su túnica, se retorcían con ansiedad. Ella era el puente entre el secreto y la realidad, y en ese momento, el puente estaba punto de colapsar.
Amram, ajeno a la tormenta que se gestaba a su alrededor, dio un paso al frente para presentar el inicio del festival.
—Hoy —anunció el Príncipe, su voz resonando en la plaza—, no solo celebramos la virtud de nuestras doncellas, sino que honramos el legado de mi madre, la Reina Vapsi. Que su espíritu nos recuerde que Baddish se construye sobre la lealtad.