Lo que no se perdona 1

"Breves Celebraciones"

... El brillo del oro y el peso del silencio ...

El trono de Jacob, recubierto por una lámina de oro puro, destellaba bajo el sol de la mañana, proyectando reflejos dorados sobre los rostros de los cortesanos. Amira estaba sentada a la derecha de Amram, sintiendo el roce de la seda de su túnica contra la piedra fría del estrado. A pocos metros, Samgar permanecía como una sombra inamovible junto al Rey, su mano siempre cerca del acero.

—El oro de este trono siempre me ha parecido demasiado brillante —susurró Amira, manteniendo la vista al frente, hacia la plaza—. Casi parece que intenta ocultar algo que está debajo.

Amram soltó una risa contenida, sin apartar la mirada de la multitud que comenzaba a reunirse.

—Es el oro de Baddish, Amira. Está diseñado para deslumbrar, no para revelar. Mi padre cree que si el pueblo ve suficiente brillo, olvidará buscar las grietas en la piedra.

Amira sintió la mirada de Samgar sobre ella, un peso físico que le erizaba la piel.

—A veces, las grietas son lo único que mantiene a un reino unido —respondió ella, con un tono que pretendía ser profesional, aunque sus dedos temblaban bajo el regazo—. Si el oro se desprende, ¿qué queda debajo?

Amram se giró hacia ella, su expresión suavizándose por un instante.

—Queda la historia, Amira. Y la historia, a diferencia del oro, no se puede pulir para que parezca nueva.

En el estrado, el Rey Jacob se removió en su asiento. El roce de su túnica contra el oro sonó como un susurro metálico. No dijo nada, pero su mano, apoyada sobre el bastón, se cerró con una fuerza que hizo que sus nudillos se tornaran del color del marfil.

Mientras que, el festival transcurría con una normalidad ensordecedora: música de laúdes, el aroma de las especias y el murmullo de la gente. Todo era perfecto, y sin embargo, Amira sentía que estaba sentada sobre un barril de pólvora.

Un rato después...

El bullicio de la plaza, que hasta hace un momento era un torrente de risas y música de laúdes, se cortó de golpe. Baddriyyah levantó su báculo de madera, y el silencio cayó sobre Baddish como una losa de piedra.

Amira contuvo el aliento. A su lado, Amram permanecía erguido, con la cabeza inclinada en señal de respeto hacia la memoria de su madre. Pero Amira no podía mirar el altar. Sentía el peso de la mirada de Jacob sobre ella, una mirada que parecía querer atravesar su piel y leer los secretos grabados en su sangre.

El silencio era tan denso que Amira podía escuchar el siseo del viento entre las cintas de seda y, más cerca, el sonido irregular de la respiración del Rey Jacob

estaba inquieto; su pecho subía y bajaba con una rapidez que delataba su embriaguez y su creciente inestabilidad.

¿Por qué no aparta la vista?, pensó Amira, sintiendo un sudor frío recorrer su nuca. ¿Qué es lo que espera que haga?

Samgar, sentado a la derecha del monarca, no parpadeaba. Su mano, callosa y curtida por años de guerra, descansaba sobre el pomo de su espada, un recordatorio constante de que, si el Rey daba una orden, el silencio terminaría en tragedia.




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