Amira forzó sus pulmones a trabajar con lentitud, obligándose a mantener una calma que no sentía. Si el Rey estaba esperando que ella se quebrara, que mostrara miedo o culpa, ella no le daría ese placer. Pero cada segundo que pasaba se sentía como una hora. El Rey Jacob, con los ojos inyectados en sangre, comenzó a inclinar su cuerpo hacia ella, rompiendo el protocolo, acercándose hasta que ella pudo oler el aroma agrio del vino y el incienso rancio en su ropa.
—El silencio siempre dice más que las palabras, ¿no crees, consejera? —susurró Jacob, con una voz que, aunque baja, resonó en la plaza como un trueno—. Es en este vacío donde los fantasmas se atreven a hablar.
Amira no respondió. Mantuvo la mirada fija en el altar de Vapsi, sintiendo cómo el corazón le martilleaba contra las costillas. Si decía una palabra, rompería el rito. Si permanecía en silencio, estaba aceptando el desafío del Rey.La "Danza de las Siete Velas" (Ritual de Purificación): Baddriyah lo anuncia pero minutos antes de comenzar colocan un brasero en el centro de la plaza.
Y siete doncellas, vestidas con túnicas de lino blanco, bailan alrededor de un brasero central. Cada una sostiene una vela encendida. El objetivo es bailar sin que ninguna vela se apague.
Y si una vela se apaga, se considera un mal augurio para el reino.
El rito de la luz y la sombra...
El sol de mediodía alcanzaba su cenit, bañando la plaza en una luz blanca y cenital. De repente, dos guardias avanzaron hacia el centro, cargando un brasero de bronce labrado que aún humeaba con brasas recién encendidas. Lo depositaron con un golpe seco sobre las losas, justo frente al estrado. El calor que emanaba era intenso, una barrera invisible entre el Rey y su pueblo.
—Es el momento —murmuró Amram, enderezándose en su asiento.
Siete doncellas aparecieron desde los arcos laterales. Sus movimientos eran fluidos, casi coreografiados por el ritmo de sus propios latidos. Cada una sostenía una vela de cera de abeja, cuya llama danzaba con una fragilidad extrema. Comenzaron a girar alrededor del brasero, un círculo perfecto que parecía aislar el centro de la plaza del resto del mundo.
Amira observaba, fascinada y a la vez aterrada. El Rey Jacob, a su lado, permanecía en un silencio sepulcral, con la mirada perdida en las llamas. Samgar, a su derecha, vigilaba el perímetro con una mano sobre su arma, pero su postura era de una calma profesional, casi monástica.
Entonces, el aire se llenó de una melodía que parecía brotar de la misma tierra. Un músico, sentado a los pies del estrado, comenzó a pulsar las cuerdas de un laúd antiguo; el sonido era profundo, con una vibración que se sentía en los huesos.
Una mujer, con el rostro parcialmente cubierto por un velo de encaje oscuro, se puso en pie entre la multitud. Su voz, una mezcla de lamento y oración, comenzó a elevarse:
"Vapsi, madre de las arenas, el viento te llama por tu nombre...
Tu luz fue el faro que guio nuestras noches de tormenta,
y hoy, en este día de sol, tu recuerdo es el agua que calma nuestra sed."
Mientras la voz de la mujer se entrelazaba con el laúd, ocurrió el cambio de hora. Desde los balcones superiores, un grupo de doncellas comenzó a lanzar pétalos de loto negro. La plaza se vio envuelta en una lluvia oscura y aterciopelada que descendía lentamente, cubriendo el suelo, el oro del trono y los hombros de los presentes.
"FIN DEL CAPITULO 40"