Lo que no se perdona 1

Capitulo 41 "Comed!"

Amira sintió un pétalo posarse sobre su regazo. Lo tomó con delicadeza, sintiendo su textura fría y seca. A su lado, el Rey Jacob cerró los ojos, y por un breve instante, la tensión en sus hombros pareció disiparse. No hubo gritos, ni accidentes, ni revelaciones. Solo el peso de la tradición y el aroma a especias y flores quemadas.

—Es hermoso —dijo Amram en voz baja, rompiendo el hechizo—. A veces, incluso en Baddish, el pasado nos permite respirar.

Amira asintió, aunque sus ojos buscaban a Adira entre la multitud. Su madre estaba allí, con la mirada fija en el brasero, como si estuviera leyendo en el humo el destino de su hija. Todo estaba en calma, pero Amira sabía que esa paz era solo una tregua. El festival apenas comenzaba, y el secreto que ella cargaba en su sangre seguía allí, latiendo al ritmo de la música, esperando el momento en que el sol dejara de brillar.

El banquete bajo el sol de mediodía...

El último acorde del laúd se desvaneció, dejando tras de sí un silencio reverencial que solo fue interrumpido por el suave crepitar del brasero. La lluvia de pétalos de loto negro había cesado, dejando una alfombra oscura sobre las losas de la plaza que crujía bajo los pies de los cortesanos.

El Rey Jacob, cuya rigidez había sido casi pétrea durante el canto, exhaló un suspiro largo, casi un gemido de alivio. Se apoyó en su bastón y, con un gesto lento, hizo una señal a Samgar. El jefe de defensa se puso en pie al instante, su armadura emitiendo un leve tintineo metálico que cortó el aire.

El rito ha concluido —anunció el Rey, su voz recuperando un tono más firme, aunque carente de calidez—. La memoria de Vapsi ha sido honrada. Ahora, que el hambre de los vivos tome el lugar de la nostalgia de los muertos.

La tensión en el ambiente se transformó. La solemnidad del festival dio paso al bullicio organizado de los sirvientes, que comenzaron a desplegar mesas largas cubiertas con manteles de lino bordado en los laterales de la plaza. El aroma a cordero asado, dátiles rellenos y pan recién horneado empezó a desplazar al incienso del rito.

Amram se puso en pie y Amira le siguio, un gesto que no pasó desapercibido para los nobles cercanos.

Ven, consejera —dijo el príncipe con una sonrisa amable—. Has estado tensa toda la mañana. Un poco de vino de Baddish y algo de comida te ayudarán a ver las cosas con más claridad.

Y así mientras Amira caminaba al lado del principe sus ojos buscaron a Adira. La encontró a unos metros, conversando con otras madres, pero sus ojos se encontraron por un segundo. Adira le dedicó un asentimiento casi imperceptible, una orden silenciosa de mantener la compostura.

El Rey Jacob se sentó a la cabecera de la mesa, con Samgar a su derecha, vigilante incluso mientras se servía el vino. Amira tomó asiento junto a Amram, justo frente al Rey. La mesa estaba dispuesta con una opulencia que contrastaba con la austeridad de plaza: bandejas de plata, copas de cristal tallado y frutas exóticas traídas de las fronteras del reino.

—Comed —ordenó el Rey, señalando la comida con su bastón—. Hoy no hay lugar para las sombras, solo para la gratitud.




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