El banquete de las dudas...
El banquete transcurría bajo el toldo de seda que protegía la mesa real del sol implacable. El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana era el único sonido que rompía la conversación de los cortesanos.
Y Amira portaba una elegancia fingida que no le pertenecía. Mientras que, Leyla se preguntaba si su amiga estaba viviendo un sueño o si, como muchos susurraban, se había convertido en una prisionera de lujo, una pieza más en el juego del Rey Jacob.
—No dejes de comer, Leyla —susurró Sebna, sin mover los labios—. Las paredes tienen oídos y los ojos del Rey están en todas partes.
—¿Crees que es feliz, madre? —preguntó Leyla en un susurro, mirando cómo Amira sostenía la copa con una mano que apenas temblaba—. O es solo una esclava con mejores ropas.
Sebna soltó una risa seca, un sonido desprovisto de alegría.
—En este reino, la diferencia entre una consejera y una esclava es solo el grosor
A unos pasos de la mesa real, entre el grupo de las madres y las doncellas, estaba Leyla. Se mantenía erguida al lado de su madre, Sebna, quien observaba la escena con la mirada afilada de quien sabe leer las intrigas de la corte. Leyla, sin embargo, no podía apartar los ojos de Amira.
No habían crecido juntas, ni compartieron muchos secretos entre los muros de piedra de Baddish, pero hoy, Amira parecía más q una extraña. Sentada a la izquierda del príncipe Amram, con el porte de una consejera, Amira lucía de la cadena. Amira está caminando sobre el filo de una cimitarra. Si sonríe, la llamarán traidora; si llora, la llamarán débil.
Amira bajó la mirada hacia su plato, evitando el contacto visual con el Rey por un segundo, y luego levantó la vista, encontrándose con los ojos de Leyla. En ese breve intercambio, Amira no pudo ocultar la fatiga que sentía. No era felicidad lo que Leyla vio en el rostro de su amiga, sino una determinación fría, la mirada de alguien que ha comprendido que no hay vuelta atrás.
—El pasado es un terreno que no me pertenece, Majestad —respondió Amira finalmente, con voz clara y serena, ignorando el peso de la mirada de Samgar—. Pero las palabras de Baddriyyah tienen una fuerza que nadie puede ignorar. Me han hecho sentir... que el valor de una mujer no se mide por lo que recuerda, sino por lo que es capaz de proteger.
El Rey Jacob se quedó en silencio, observándola. Samgar, a su lado, dejó de comer y se quedó inmóvil, analizando cada palabra. Amram, por su parte, miró a Amira con una mezcla de admiración y preocupación.
Leyla, desde su posición, apretó los dedos contra su vestido. Había escuchado la respuesta. No era la respuesta de una esclava, pero tampoco la de una cortesana. Era la respuesta de alguien que empezaba a entender el poder que tenía entre manos.
El sol comenzó a descender, suavizando la luz blanca de la mañana y tiñendo la plaza de tonos ámbar y ocre. Los sirvientes retiraron los platos de carne y especias, reemplazándolos con bandejas de plata cargadas de delicias: dátiles rellenos de pasta de almendras, pasteles de miel y pistacho, y cuencos de fruta fresca bañada en agua de rosas.
El ambiente, que durante el almuerzo había estado contenido bajo la mirada vigilante del Rey, comenzó a distenderse. El vino, servido con generosidad, empezó a hacer su efecto en los cortesanos, y el murmullo de las conversaciones se elevó hasta convertirse en un zumbido constante y alegre.
Ese día la celebración fue corta y después del banquete todos se marcharon a sus hogares (incluyendo Amira y sus padres).