Lo que no se perdona 1

"La Noche Llegará"

El sol comenzó a descender, suavizando la luz blanca de la mañana y tiñendo la plaza de tonos ámbar y ocre. Los sirvientes retiraron los platos de carne y especias, reemplazándolos con bandejas de plata cargadas de delicias: dátiles rellenos de pasta de almendras, pasteles de miel y pistacho, y cuencos de fruta fresca bañada en agua de rosas.

El ambiente, que durante el almuerzo había estado contenido bajo la mirada vigilante del Rey, comenzó a distenderse. El vino, servido con generosidad, empezó a hacer su efecto en los cortesanos, y el murmullo de las conversaciones se elevó hasta convertirse en un zumbido constante y alegre.

—Parece que el Rey ha decidido que el duelo ha terminado por hoy —susurró Amram, tomando un dátil y ofreciéndole uno a Amira—. Mira, la música vuelve a cambiar. Amram extendió su mano y le ofreció un dátil a Amira (ella lo acepto).

En efecto, los músicos habían dejado de lado las melodías fúnebres. Ahora, un grupo de percusionistas tomaba el centro de la plaza, marcando un ritmo vibrante y acelerado. La gente comenzó a levantarse de sus asientos; el Festival de las Doncellas, en su segunda jornada, se transformaba en una celebración de vida.

Leyla, desde su lugar junto a Sebna, observaba cómo la plaza se llenaba de movimiento. Vio a Amira levantarse junto al Príncipe. Por un momento, el miedo de Leyla se disipó, reemplazado por una curiosidad punzante. Amira no parecía una prisionera en ese instante; parecía alguien que, a pesar de todo, estaba empezando a disfrutar de la libertad de su nuevo estatus.

Amira, consciente de que Leyla la observaba desde la distancia, sintió una punzada de nostalgia. Extrañaba la sencillez de sus días juntas, antes de que el peso de la corona y los secretos de su madre la arrastraran a este banquete de máscaras.

Madre, mira —dijo Leyla, señalando hacia el estrado—.

Sebna, que no había dejado de observar como se desarrollaba todo, apretó los labios.

—No es solo un puesto, Leyla. Es una exhibición. El Rey quiere ver cómo se mueve entre la gente. Quiere ver si la "consejera" sabe llevar la carga de Baddish o si sus pies tropiezan con la verdad.

Arriba, en el estrado, Amira sintió el calor de la multitud. El ritmo de los tambores le golpeaba el pecho, una cadencia que le resultaba extrañamente familiar, como si su cuerpo recordara pasos que nunca había aprendido.

Mientras que Samgar permanecía sentado, tenía la mano apoyada en su espada, siguiendo cada uno de sus giros.

—No pienses en ellos —dijo Amram, adivinando su inquietud—. Solo por un momento, olvida que eres observada.

Amira forzó una sonrisa, pero sus ojos buscaron a Leyla entre la gente. Cuando sus miradas se cruzaron, Leyla le dedicó un gesto casi imperceptible, una invitación silenciosa a acercarse.

El festival estaba en su apogeo. Las doncellas bailaban con sus velos al viento, el aroma de la miel y las flores era embriagador, y por primera vez en todo el día, la tensión parecía haberse diluido en el aire cálido de la tarde.

El crepúsculo de las máscaras...

Baddriyyah se alzó sobre el estrado, su voz resonando con una autoridad que hizo que los tambores callaran por un instante.

—¡Hijas de Baddish, ciudadanos del reino! —proclamó, extendiendo sus brazos hacia el sol que propagaba su calor esa tarde como de costumbre—. El rito ha cumplido su propósito. La memoria de nuestra Reina ha sido honrada. ¡Ahora, que el Festival de las Doncellas reclame su derecho a la alegría! ¡Que la música no cese hasta que las estrellas cubran el desierto!

Un rugido de aprobación estalló en la plaza. El ambiente cambió radicalmente: la solemnidad se evaporó, reemplazada por una energía frenética.




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