Lo que no se perdona 1

Capitulo 42 "Y Pasó El Tiempo..."

Amira ve cómo el humo sube hacia el cielo, llevándose consigo la tensión del día. No hay documentos prohibidos, solo los deseos de un pueblo que busca seguir adelante. Es un momento de purificación colectiva, hermoso y tranquilo.

El Juego de las Máscaras de Hierro...

Para cerrar la tarde-noche, los guardias de la ciudad, incluyendo a algunos hombres de Samgar, realizan una danza ritual usando máscaras de hierro que representan a los guardianes del desierto. Es una danza de movimientos lentos y precisos, un despliegue de disciplina y fuerza. Al terminar, uno de los guardias se acerca a la mesa real y, con una reverencia impecable, entrega a Amira una pequeña flor de desierto, un gesto de cortesía que simboliza el respeto del cuerpo de defensa hacia la nueva consejera. No hay mensajes ocultos, solo el reconocimiento de su nuevo rango.

El cierre de la jornada...

Cuando el fuego de las cenizas se redujo a brasas brillantes, los músicos se prepararon para el acto final. El laúd, que durante el día había sonado con una melancolía desgarradora, cambió su tono. Las cuerdas empezaron a vibrar con una melodía suave, rítmica y profundamente nostálgica: la canción favorita de la difunta Reina Vapsi.

Era una melodía que todos en Baddish conocían, una pieza que hablaba de las dunas bajo la luna y de un amor que desafiaba el paso del tiempo.

El Rey Jacob, que hasta entonces había permanecido hundido en su asiento, se puso en pie con una lentitud que denotaba su fragilidad. No buscó a nadie para bailar; simplemente se colocó en el centro de la plaza, cerró los ojos y comenzó a moverse al compás de la música. Sus pasos eran torpes, marcados por el peso de los años y el cansancio, pero había una gracia fantasmal en su manera de girar, como si estuviera sosteniendo a alguien invisible entre sus brazos.

La multitud, respetuosa, se abrió para dejarle espacio. Algunos cortesanos comenzaron a unirse al baile, formando un círculo amplio alrededor del soberano. Amram y Amira se quedaron donde estaban.

—Dicen q mi madre solía decir que esta canción era la única forma de hablar con el desierto —susurró Amram mientras observaba a Amira—. Dice que, si escuchas con atención, puedes oír su voz en el viento.

Amira se dejó llevar x sus pensamientos. Por primera vez en todo el día, no se sintió como una consejera, ni como una pieza en el juego, ni como un secreto andante. Se sintió parte de la historia de Baddish. A su alrededor, Leyla bailaba con Sebna, y Adira, desde la periferia, observaba la escena con una expresión indescifrable, aunque sus ojos, por un momento, se suavizaron al ver a su hija tranquila y sentada.

El Rey Jacob, en el centro de todo, parecía haber encontrado una paz efímera. Sus lágrimas habían cesado y, mientras la música alcanzaba su clímax, una sonrisa tenue y genuina iluminó su rostro cansado. Por unos minutos, el Rey no era el hombre que temía a la guerra ni el soberano que ocultaba verdades terribles; era simplemente un hombre recordando a la mujer que amó.

Cuando la última nota del laúd se perdió en la inmensidad del desierto, la plaza quedó en un silencio absoluto. Nadie aplaudió. No era necesario. El respeto que flotaba en el aire era un homenaje más grande que cualquier ovación.




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