El aire aquella mañana en Baddish era denso, cargado con el aroma a incienso residual y el polvo que levantaban miles de pies al transitar por las calles. Amira estaba de pie en la terraza de su casa, un refugio de piedra desde el cual podía observar el pulso de la ciudad.
Tras los siete días del Festival de las Doncellas, Baddish no era la misma; el ambiente festivo se había transformado en una atmósfera de resignación y contratos firmados.
Más de cuatrocientas parejas habían sido unidas durante esa semana. La cifra, que circulaba en los susurros de los mercados y en los informes que Amira había tenido que organizar para el Príncipe, era abrumadora. Cuatrocientas vidas habían sido reconfiguradas en siete días. Desde su posición elevada, Amira veía el resultado: jóvenes doncellas que antes caminaban con paso ligero, ahora
se desplazaban con una pesadez nueva, escoltadas por sus futuros esposos o por guardias que aseguraban que la "mercancía" llegara intacta a sus nuevos hogares.
Los padres, orgullosos de sus alianzas, caminaban con la frente en alto, ajenos a la melancolía que se instalaba en los ojos de sus hijas.
Amira se llevó una mano al pecho, sintiendo el alivio de su propia libertad. Por alguna razón —quizás por su posición como consejera, o quizás porque el Rey Jacob aún no sabía cómo encajarla en su tablero de alianzas sin revelar su origen—, ella seguía siendo una mujer sin dueño.
Era un respiro, una pausa en el tiempo que ella valoraba como el tesoro más preciado.
—Al menos por ahora —susurró para sí misma, viendo cómo un grupo de hombres de la guardia, liderados por un oficial que no reconoció, escoltaba a una joven hacia una de las casas más ricas del distrito central.
La ciudad parecía un tablero de ajedrez donde las piezas
habían sido movidas a la fuerza. Observó a Leyla pasar por la calle de abajo, acompañada por su madre, Sebna. Leyla caminaba con la mirada perdida, como si su espíritu se hubiera quedado atrapado en los días del festival. Amira
sintió un nudo en la garganta; la libertad de la que ella disfrutaba ese día libre se sentía casi como una traición ante el destino de su amiga.
El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo las cúpulas de la ciudad de un color sangre que le recordó, inevitablemente,
a la guerra que siempre acechaba en las fronteras. Baddish estaba siendo reforzada, no solo con muros, sino con lazos de sangre y propiedad.
Amira se apoyó en el barandal de piedra, sintiendo el frío del material bajo sus palmas. El día libre, que debía ser un descanso, se había
convertido en una vigilia. Sabía que, en algún lugar de ese laberinto de casas y contratos, Maroum estaría lidiando con la noticia del compromiso de Leyla, y que el Rey Jacob, desde su trono de oro, estaría contando sus nuevas alianzas como quien cuenta monedas de oro antes de una batalla.
Ella era una anomalía en ese sistema. Una consejera sin esposo, una mujer con un secreto que, de salir a la luz, haría que todos esos cuatrocientos matrimonios parecieran juegos de niños.