—Disfruta el silencio, Amira —se dijo, cerrando los ojos mientras el viento del desierto le revolvía el cabello—.
Porque cuando el sol salga mañana, el Rey volverá a reclamar su parte.
La mañana en Baddish era inusualmente fresca, pero el aire que rodeaba a Leyla y a su madre, Sebna, era gélido. Caminaban por las calles estrechas, evitando las miradas de los vecinos que, tras el festival, parecían observar cada movimiento con una curiosidad calculadora. Sebna, con su porte impecable y sus joyas tintineando rítmicamente, marcaba el paso con una determinación que no dejaba lugar a dudas.
Leyla, a su lado, parecía una sombra de sí misma. Sus ojos grises, antes llenos de vida, estaban fijos en el suelo,
como si temiera que, al levantar la vista, el mundo le exigiera una sonrisa que ya no podía fingir.
—No digas una palabra sobre el jefe de guerreros, Leyla —susurró Sebna, sin girar la cabeza—. Amira es una mujer inteligente, pero es consejera del Príncipe. No la arrastres a tu deshonra. Solo venimos a despedirnos como amigas, nada más.
Leyla no respondió. Sus manos, ocultas bajo los pliegues de su túnica, estaban apretadas con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos
Sabía que su madre la llevaba a casa de Amira no solo por cortesía, sino para asegurarse de que ella aceptara su destino frente a alguien que, hasta hace poco, era su confidente.
Al llegar a la casa de Amira, Sebna golpeó el aldabón de bronce con autoridad. El sonido resonó en la pequeña calle, seco y definitivo.
Amira, que aún vestía ropa sencilla de descanso, abrió la puerta. Al ver a Leyla, su corazón dio un vuelco. La palidez de su amiga era alarmante, y la mirada de Sebna era una advertencia silenciosa.
Amira —dijo Sebna con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Qué alegría encontrarte en tu día de descanso. Leyla insistió en venir a verte antes de que los preparativos para su enlace nos absorban por completo.
Amira se hizo a un lado, permitiendo que entraran. La casa, que hasta hacía unos momentos era su refugio de paz, se llenó de repente con la tensión de una tragedia inminente.
—Pasad —dijo Amira, tratando de mantener la compostura mientras sus ojos se encontraban con los de Leyla.
En la mirada de su amiga, Amira leyó un mensaje claro: ayúdame. Pero en la mirada de Sebna, leyó una amenaza: no te entrometas.
Amira —comenzó Leyla, con la voz quebrada—, mis padres han decidido que el compromiso se celebre antes de lo previsto. El hombre con el que me casaré... llega a la ciudad mañana.
Sebna interrumpió, colocando una mano firme sobre el hombro de su hija.
Es un hombre de gran fortuna, Amira. Un matrimonio que asegurará el futuro de nuestra familia. Leyla está simplemente abrumada por la rapidez de los eventos. ¿Verdad, hija?
Leyla bajó la cabeza, derrotada. Amira sintió una rabia fría recorrer su espalda. Sabía que, si no hacía algo, su amiga desaparecería en una vida de servidumbre y silencio, y Maroum... Maroum perdería lo único que lo mantenía humano en aquel reino de acero.
La presencia de la madre de Amira en la sala cambió ligeramente el tono de la visita. Ella, ajena a las intrigas políticas que consumían los días de su hija, recibió a Sebna y a Leyla con la calidez propia de una mujer que valoraba las viejas costumbres de Baddish.
—¡Qué grata sorpresa! —exclamó la madre de Amira, haciendo señas para que se sentaran en los cojines de seda—. Justo estaba preparando un poco de infusión de menta fresca. Leyla, querida, te ves un poco pálida, el sol de estos días ha sido implacable, ¿no es así?
"FIN DEL CAPITULO 42"