Lo que no se perdona 1

"Extra Del Capitulo 42"

El Secreto Bajo La Luna De Baddish...

Durante el festival, mientras el reino celebraba, Maroum y Leyla vivieron su propia historia en los márgenes de la plaza.

La plaza estaba inundada de gente, pero para Maroum, el mundo se reducía a la distancia que lo separaba de Leyla. Él estaba apostado en el flanco izquierdo del estrado, una posición estratégica que le permitía vigilar tanto al Rey como a los accesos de la plaza.

Su postura era impecable: los pies ligeramente separados, el peso distribuido con la precisión de un depredador, y la mano derecha descansando sobre el pomo de su espada, un gesto que en él no era de amenaza, sino de contención. Su armadura de cuero endurecido y las placas de bronce bruñido brillaban bajo la luz de los últimos rayos del sol marcándolo como el jefe de los guerreros, el hombre que no podía permitirse un solo error.

Pero sus ojos, a menudo, traicionaban su disciplina. Seguían a Leyla. Ella estaba cerca de las madres, con la mirada baja, fingiendo una devoción que no sentía.

Cuando el sol se ocultaba y las antorchas comenzaban a parpadear, Maroum encontro un momento para desaparecer de la vista de sus hombres. Se reunio con Leyla detrás de los arcos de piedra que daban al jardín privado del palacio, un lugar donde el bullicio de la música llegaba como un eco lejano.

—¿Estás a salvo? —preguntaba Maroum, con la voz despojada de su tono de mando, reemplazado por una ternura que solo ella conocía. Leyla, con el rostro iluminado por el reflejo de la luz de las antorchas, asentía, aunque sus ojos estaban llenos de preocupación.

—Prometimos que nos olvidaríamos, Leyla —dijo Maroum, con la voz tan baja que apenas fue un susurro contra el viento del desierto. Sus ojos, normalmente duros como el pedernal, mostraban una grieta de dolor—. Prometimos que este reino no nos destruiría.

Leyla levantó la vista, y en sus ojos brilló una mezcla de desafío y tristeza.—El olvido es para los que no tienen memoria, Maroum. Y en Baddish, la memoria es lo único que nos queda.

Maroum apretó la mandíbula, sintiendo el peso de su rango como una cadena.

—Si alguien nos ve... si Samgar sospecha... no podré protegerte. Mi lealtad es para el Príncipe, pero mi vida... mi vida es un riesgo constante.

Durante el baile de la canción de Vapsi, cuando todos estaban distraídos por la emoción del Rey, Maroum y Leyla se encontraron en la periferia. No bailaron juntos, pero sus miradas se cruzaron a través de la multitud. Fue un baile silencioso, un intercambio de promesas que solo ellos entendían.

Ahora, cinco días después, ese amor es el ancla de ambos. Maroum sabe que, si protege a Amira, también está protegiendo el mundo en el que Leyla vive. Y Leyla, al ser amiga de Amira, se ha convertido en el puente de información perfecto para Maroum.El juramento de las arenas

el sol,

Cuando el festival alcanzó su punto de mayor bullicio, Maroum logró acercarse a la sombra de un arco, donde Leyla se había refugiado por un momento. No se tocaron. No hubo ni siquiera un roce de dedos. El espacio entre ellos era un campo de batalla de palabras no dichas.

—Entonces deja de intentar protegerme y empieza a vivir —respondió ella, antes de alejarse hacia el grupo de las madres, dejándolo solo en la penumbra del arco.

Maroum se quedó allí, inmóvil, volviendo a su puesto de vigilancia. Su posición era perfecta: un guerrero de treinta y cuatro años, el orgullo de la guardia, el hombre que todos admiraban. Pero mientras observabala plaza, su mente estaba en la promesa rota.

Habían jurado olvidarse, pero cada vez que el viento traía el aroma de las especias o el sonido de la música, el juramento se sentía más como una mentira que como una salvación.La tensión en la plaza era un tejido invisible que Amram, con su intuición de príncipe, comenzó a percibir.

Él conocía a Maroum mejor que a nadie; conocía la rigidez de su postura cuando estaba de servicio y la forma en que sus ojos, normalmente enfocados en el horizonte, se volvían erráticos cuando buscaban a alguien entre la multitud.

Maroum permanecía en su puesto, sus ojos marrones —oscuros y profundos como la tierra del desierto— fijos en un punto específico cerca de las columnas. Leyla, a pocos metros, se había detenido bajo la sombra de un arco.

Sus ojos grises, claros y penetrantes como el cielo antes de una tormenta, estaban clavados en los de él. No había palabras, pero el peso de su mirada compartida era tan denso que parecía detener el aire a su alrededor. Amram, que caminaba unos pasos detrás de Amira, se detuvo.

Observó la escena: la forma en que Maroum, el guerrero más disciplinado del reino, había olvidado por un segundo su entorno, y cómo Leyla, la joven que siempre se mantenía en la periferia, parecía estar sosteniendo el mundo entero con su mirada.

Amram dio un paso hacia ellos, rompiendo el círculo invisible que los rodeaba.

—Maroum —dijo el príncipe, con un tono que no era de reproche, sino de una curiosidad cautelosa—. Se sintio tu pequeña ausencia en el estrado.

Amram no la siguió con la mirada. Se quedó observando a Maroum, quien mantenía la mandíbula tensa.

—Es una joven brillante, la hija de Sebna —comentó Amram, dejando que el silencio se alargara—. Pero el desierto es un lugar peligroso para los secretos, amigo mío. Especialmente cuando el Rey está tan atento a todo lo que se mueve en esta plaza.

Maroum guardó silencio un momento, su mano apretando el pomo de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.Solo estaba asegurándome de que el perímetro estuviera despejado, Alteza —respondió Maroum, con voz firme, aunque sus ojos marrones todavía conservaban el rastro de la tormenta que acababa de vivir.

Maroum se giró bruscamente, su máscara de guerrero volviendo a su lugar con una rapidez casi inhumana. Sus ojos marrones se encontraron con los del príncipe, buscando cualquier rastro de sospecha. Leyla,por su parte, bajó la vista, ocultando el gris de sus ojos tras sus largas pestañas, y realizó una pequeña reverencia antes de retirarse con paso rápido hacia donde estaba su madre.




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